Acabo de entrar, con una mezcla de esperanza y aprensión, en mi último mes completo de trabajo tras un continuado ejercicio de 39 años en el transcurso de los cuales el ejercicio de mi profesión como médico, ha cambiado tanto que ya ni la reconozco, a la profesión me refiero, transformada en una extraña mezcla de propaganda, negocio, informática y técnica revestida de un barniz de buenas intenciones. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino de una película que la casualidad ha hecho llegar a los cines en esta particular etapa de mi vida. El cine ha sido para mí un fiel compañero siempre dispuesto a enseñarme cosas útiles. Y, al parecer, también en los prolegómenos de la jubilación. Me refiero a " La Grazia", la última cinta de Paolo Sorrentino, que ya ganó un Oscar a la mejor película extranjera por "La gran belleza" hace ya 13 años. De nuevo el protagonista es un inmenso actor, Toni Servillo, que se mete en la piel de un presidente de la República italiana en sus últimos días de mandato y al que apodan "hormigón armado" por su tendencia al inmovilismo y su dificultad para tomar decisiones. Y el caso es que debe enfrentarse a la aprobación de una ley sobre la eutanasia y a la concesión de dos indultos a sendos asesinos.
La película es un drama con algunos tintes cómicos y múltiples niveles de reflexión sobre la vida, la existencia, el amor, la compasión, la lealtad o la muerte. Yo por mi parte diría que es de ciencia ficción ya que nos habla de un político con principios, que en la actualidad es una especie tan extinta como los dinosaurios. La mera comparación de este hombre que lleno de dudas afirma sobre la eutanasia : "si no firmo me llamarán torturador y si lo hago asesino" reflejando su propio conflicto interno que se manifiesta en toda su crudeza con la muerte del caballo "Elvis", la mera comparación digo, con lo que a diario oímos en los mediáticos juicios protagonizados por Koldo y compañía producen vergüenza de nuestra clase dirigente. La diferencia entre el lenguaje de la moral con el de la caradura y la desfachatez de quienes se creen impunes en sus cargos.
Sorrentino juega a la vez con los conceptos teológicos y jurídicos de La Gracia. Tiene que valorar conceder dos indultos por un lado y por el otro decidir moralmente sobre la eutanasia lejos de las grotescas simplificaciones que nos venden los políticos actuales. Y todo ello a la vez que realiza un balance de su vida e intenta resolver una complicada relación con sus hijos y con la memoria de su esposa muerta a la que continúa amando por encima de una espina emocional que no quiero explicar para no reventar la película. Porque al final, todo depende le La Gracia, esa atención, ese inmerecido amor de Dios hacia las personas, ese regalo divino en el que creemos hasta los ateos como yo. En las dudas y en la moral de ese presidente de la República se encuentra La Gracia, totalmente ausente ahora mismo en los dirigentes actuales de la inmensa mayoría de las instituciones occidentales. ¿ Pues no éramos los buenos?
Porque uno llega a la jubilación lleno de dudas. El horizonte es distinto cuando lo alcanzas. ¡Vaya por Dios! Nada es lo que uno pensaba que era y casi parece preferible no reflexionar demasiado sobre todo lo que te rodea no ocurra que te aproximes a verdades distintas a tus certezas de toda la vida. Inquieta mucho.
Reconozco no haber alcanzado La Gracia. Tampoco el protagonista de la película de Sorrentino. Pero se esfuerza en ello. A ver si al final Dios existe y nos ayuda un poquito, que buena falta nos hace. Al menos a madurar que es, en definitiva, lo que más se parece a La Gracia. Como decía el rey Lear " la madurez lo es todo".
Y un consejo, no se pierdan la película.