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Georgia: El destino entrelazado de dos familias

18 de Marzo de 2026
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El 27 de enero de 1921, cuando las potencias aliadas reconocieron oficialmente la República Democrática de Georgia, los Zurabishvili celebraron con una alegría que no tardaría en truncarse. "¡Por fin somos ciudadanos de un país libre!", anotó Iván en su diario. Apenas un mes después, el Ejército Rojo soviético cruzó las fronteras georgianas, y el 25 de febrero la bandera roja ondeaba sobre el Parlamento de Tiflis.

Lo que Vano (Ivane) y Nino, abuelos maternos de Salomé Zurabishvili, no podían imaginar era que aquella bandera permanecería allí durante siete décadas. Sí comprendieron, en cambio, que el peligro era inmediato. El 19 de marzo se embarcaron en el Anatolia junto a sus hijos Georges y el pequeño Levan —quien sería años después el padre de Salomé— y zarparon desde Batumi, el gran puerto georgiano en el mar Negro, rumbo a Constantinopla. Se marcharon dejándolo casi todo atrás, salvo el contenido de una gran maleta marrón que los acompañaría durante el resto de sus vidas. Se convencieron de que regresarían.

Mientras los Zurabishvili emprendían ese camino del exilio, la historia de Georgia también latía en otro destino: el de Iósif Stalin. Como ellos, Stalin era georgiano de nacimiento, oriundo de Gori, una ciudad a menos de ochenta kilómetros de Tiflis. Pero a diferencia de los Zurabishvili, que huían del poder soviético, Stalin era ese poder. Desde Georgia había escalado hasta convertirse en el arquitecto del mismo régimen que obligó a los Zurabishvili a abandonar su patria.

La vida privada de Stalin tejía sus propias historias de fuga y rebeldía. A principios de la década de 1890, Olga, la abuela alemana de su futura hija Svetlana, siendo aún adolescente, se escapó por una ventana de su casa en Georgia para fugarse con el hombre que amaba. Su hija Nadya Alliluyeva repetiría años después ese mismo impulso cuando, con apenas dieciséis años, se fugó con el propio Stalin —entonces un seminarista reconvertido en poeta y líder revolucionario, treinta y ocho años—, a quien conocía como amigo de la familia. Stalin ya tenía un hijo, Yakov, de un matrimonio anterior. Con Nadya tendría dos más: Vasily y Svetlana, quien se convertiría en la favorita del dictador.

El 21 de abril de 1967, Svetlana Alliluyeva, hija de Stalin, bajó corriendo las escaleras de un avión de Swissair en el Aeropuerto Kennedy. Tenía cuarenta y un años, vestía una elegante chaqueta blanca cruzada y, al ver la multitud de periodistas reunida en la pista, exclamó con una sonrisa: "¡Hola a todos! Estoy muy contenta de estar aquí". Era su propia fuga, la de la hija del hombre que había encadenado a Georgia durante generaciones.

Ninguno de los Zurabishvili volvió. Pero ochenta años después de aquella partida desde Batumi, Salomé Zurabishvili, nieta de Vano y Nino e hija de Levan, pisó de nuevo la tierra georgiana: primero como embajadora de Francia, luego como ministra de Asuntos Exteriores y, finalmente, como presidenta de Georgia. Dos familias georgianas, dos exilios, dos destinos opuestos: uno que construyó el poder que destruyó a su propio pueblo; otro que, desde la diáspora, acabó por devolverle a ese pueblo su voz.

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