Hoy ni los pobres comen sencillo. En La Nava, camino ya de Badajoz desde Huelva, visité al documentalista y fotógrafo de trayectoria internacional Daniel Lagares (Wändari, La búsqueda, Asina, El poeta en el arca... ), íntimo observador y colaborador de la saga artística los Corcuera Arturo, Javier y Rosamar en Perú, y comimos con un poco de vino platos de milagro sin dioses que los elaboraran, comida de verdad y no la ilusión frustrada del rico pobre que algunos pagan ahora en todos lados.
Daniel es moreno, delgado, no alto pero lo parece un poco a lo Greco, ya manchada la barba de blanco y alguna arruga en torno a ojos que llevan tiempo mirando. Volvió de Perú y quiso vida en vez de mundo; La Nava, rodeada de monte, bordeada por la ribera y la rivera del Múrtiga acogió a su compañera y a su hija, que traían el rasgo y la piel bellísimo y finísima del Sur de América, sonrisas puras y bondades en el gesto, prueba de que la raza, la frontera, el país se difuminan con la voluntad de querer y de apreciar lo hermoso sin prioridades.
Hablamos de su último proyecto, un trabajo en marcha sobre las conexiones entre la guitarra flamenca y la guitarra ayacuchana (andina), ahora mismo ralentizado por la causas contra las que lucha siempre el Arte de verdad: la falta de atención y el puto dinero, pero como el Arte de verdad está vivo: lucha por sobrevivir y nacerá. Arte, política, edad y trabajo llenaron la conversación, distraída como los platos y el rioja.
En la sobremesa atravesamos el pueblo callado, blanco, y caminamos hacia la Ermita reconstruida de la Virtudes. La primavera zumbaba en cada insecto y el sol amenazaba con apretar, aunque el aire fresco lo atenuaba. No era aquello el mundo, sino la vida desplegándose con toda su fuerza y su belleza, mantos de alcornoques y olivos en ladera, el ganado paciendo o durmiendo, el arroyo despierto corriendo a no sé dónde y un cielo celeste como cúpula de quintaesencia divina.
Al llegar a la finca de la Ermita nos recibieron los siglos que desde el XIII han lamido su piedra, piedra fuerte y resistente más que Dios, ornamentada con la Flor de la Vida y sus 19 pétalos, plenos de Virtudes. Una vez dentro, no nos esperaba exactamente una exposición sino una prolongación del espacio sagrado acogido por el edificio antiguo, pinturas de Patricio Cabrera y esculturas móviles de Goyo Rubio expandían la simbología de los frescos conservados en el ábside, geométrica flor que como la pentalfa en su matemática reproduce el milagro de nacer, recreando a través del color en las telas enormes de Patricio las Virtudes epónimas del templo, fundiendo paredes con pinturas que retratan la esencia inocente del humano, sobrecogido por su docta ignorancia; misteriosos, los móviles de Goyo flotan, colgados de una viga construida exprofeso por el montador de la exhibición Richard Harrison, semejando el Loreto volante o casa celestial de la Virgen titular de las Virtudes.
Acaba el día 9 de mayo, pero podría ser perfectamente mobiliario permanente de esta preciosidad de La Nava. Al salir, parecía haber uno renacido al mundo; nos esperaba otra vez la sobremesa de primavera, y volvimos paseando al pueblo, un burro evidentemente entero se acercó buscando, quizá, la golosina que no teníamos; dócil en apariencia, se dejó acariciar, el burro es leal pero no pacífico. Era un animal de porte grande, noble, perla. La vía de vuelta nos devolvió el paisaje del pueblo, reavivó la amistad, entramos y callejeamos entre la lentitud y completud de lo rural, auténtico frente al espejismo urbano, y la víspera ya nos esperaba en una terraza con la vista en las huertas y un café solo, sin azúcar, en un paraíso abierto cerrado para muchos.
Fotografía de Javier Calvo.







