Yo quería una Fanta de 55 pesetas. No exagero: quería esa Fanta más que a los Reyes Magos, más que a los domingos con churros, más que a los cromos de jugadores de la NBA, que me hacían soñar con mundos donde todo era posible y donde las Fantas se compraban sin mirar el monedero. La botella de vidrio pesaba como si llevara dentro magia líquida y un poquito de inocencia infantil.
—¡Mamá, mamá! —grité desde mi habitación—. ¡Que ha llegado la Fanta!
El Renault 4 apareció por la calle como un dragón oxidado que venía de otro planeta. Chirriaba, estornudaba y rugía, y su claxon era como un trueno que anunciaba maravillas que yo todavía no entendía. Cada viernes lo veía llegar, y sentía que mi corazón se hacía más grande, que mis piernas no podían esperar a bajar corriendo, y que todo lo aburrido de la semana desaparecía de golpe.
Mi madre desplegó su superpoder: mirar el monedero con precisión militar. Sus ojos iban de una moneda a otra, calculando, decidiendo. Y la Fanta… no estaba en la lista de lo necesario. Y yo me quedé allí, pegado al cristal, viendo cómo otros niños agarraban su tesoro líquido mientras yo tenía que esperar.
Bajábamos a la calle. Mi madre compraba pan, leche, patatas, verdura… y yo caminaba con las manos vacías, aunque a veces me daba un caramelo el señor del cuatro latas. Pero nada sabía a Fanta de naranja, a burbujas de alegría que solo existían si uno podía tenerla.
Pasaron los años. Ahora puedo elegir entre Fanta de naranja, de cereza, de tutti frutti… pero todavía recuerdo aquella de 55 pesetas que no pude tener. Porque no era solo una bebida: era el tiempo detenido, la pequeña tragedia de un niño, la emoción contenida, la certeza de que algo maravilloso pasaba justo por ahí, por mi barrio, mientras yo solo podía mirar.
La precariedad infantil enseña paciencia, deseo y creatividad para sobrevivir. Esa Fanta me enseñó que la felicidad se mide en momentos diminutos, que lo que parece imposible a veces se puede alcanzar, y que a veces uno necesita años para saborear lo que de niño no podía más que imaginar.
Hoy, cuando descorcho una Fanta cualquiera, sonrío solo. Sí, descorchar, no me he equivocado de verbo. Pienso en la Renault 4 que chirriaba como un ejército de gatos, en el claxon que parecía anunciar la creación del mundo, y en mi yo chiquito, con los ojos enormes, azules y llenos de sorpresa, que solo quería una bebida que era un lujo. Y sé que, aunque fueran solo 55 pesetas, aquella botella me enseñó más que cualquier lección de economía doméstica: me enseñó a soñar, a recordar, y sobre todo, a ser feliz con lo que antes solo podía imaginar.