Se denomina "paradoja de Fermi" a una gran incógnita. ¿Cómo siendo el Universo tan vasto y poblado de miles de millones de estrellas, planetas y galaxias íbamos a ser los seres humanos las únicas inteligencias en su seno? Por una mera cuestión de probabilidad deberían existir otros mundos con vida en sus superficies. Considerarnos únicos sería tan solo una muestra más de nuestro estúpido orgullo.
Pensaba en ello terminando de ver una serie de ciencia ficción titulada " El problema de los tres cuerpos". Vaya por delante que me ha resultado muy entretenida. En ella, unos alienígenas llamados " San-Ti" ( o Trisolarianos según las novelas de la autora china) se disponen a colonizar la Tierra y presumiblemente aniquilar a todo el género humano porque no se fían de nosotros ( bajo mi punto de vista hacen bien, en no fiarse, me refiero, no en aniquilarnos) Pero la gracia es que no alcanzarán nuestro planeta hasta dentro de cuatrocientos años. Dicho de otro modo, cuatro siglos de temerosa espera. Y consideré que sin duda se trata de una magnífica idea para perfeccionar el control que los oligarcas tecnofuturistas actuales ejercen sobre nuestras insignificantes y prescindibles vidas y de paso exprimirnos todavía más para sacarnos unos cuantos miles de millones de dólares o de euros con la excusa de preparar nuestra defensa en los próximos cuatro siglos. También está la variante de acusar a Putin de ser una avanzadilla extraterrestre, pero, pese a la credulidad de la población general, pienso que no colaría.
En la literatura y posteriormente en el cine de ciencia ficción, el género de los extraterrestres ha sido un clásico. Todos hemos disfrutado con escritores como Herbert Wells, Robert Heinlein, Arthur C. Clarke y Stephen King o directores como Steven Spielberg, Lawrence Kasdan, Philip Kaufman, Paul Verhoeven o Ridley Scott. Los alienígenas han sido presentados de todas las formas posibles, desde feroces y despiadados invasores dotados de armas de destrucción inimaginablemente avanzadas, hasta simpáticos muñequitos perdidos y deseosos de volver a su mundo. A veces los hemos visto como humanoides de piel gris o verde con ojos oscuros y enormes insertados en un gran cabezón y otras como agresivos insectos que trabajan colectivamente en su lucha contra nuestra especie. En ocasiones adoptaban un aspecto idéntico al de las personas normales solo que sin sentimientos, lo que los hacía particularmente siniestros como en " La invasión de los ultracuerpos" ( metáfora de la infiltración comunista durante la Guerra Fría). Incluso han sido portadores de mensajes apocalípticos caso de " Ultimátum a La Tierra" película de la que existen dos versiones. Los extraterrestres siempre llegan a La Tierra en sus aparatosos "OVNIS" y, aunque nadie explica el modo en que con unas tecnologías tan avanzadas que desafían todas las leyes físicas terminan siendo tan torpes de estrellarse en nuestro planeta los conspiranoicos del mundo entero saben con seguridad que los gobiernos ocultan la información sensible de su existencia en la famosa "Área 51".
Si, lo hemos pasado muy bien con todas estas historias. De los cómics ni hablamos. Tendríamos que hablar de grandes protectores de la Humanidad como Supermán o Estela Plateada exiliados ambos en nuestras latitudes y siempre prestos a enfrentarse a razas alienígenas enemigas o a todopoderosos entes espaciales.
Pero a lo que iba, los extraterrestres poseen un extraordinario potencial para provocarnos miedo, el sueño húmedo de nuestras élites debido a la capacidad que el terror tiene de nublarnos el juicio. Hay pruebas de ello. El 30 de octubre de 1938 el pánico hizo presa de miles de norteamericanos. El motivo no fue otro que la emisión de un programa de radio con la suficiente fuerza expresiva de convertir la fantasía en realidad. Todo se trataba de una broma de Orson Welles dando a conocer " La guerra de los mundos" la novela en la que nuestro planeta es invadido por marcianos dispuestos a exterminar la Humanidad. Orson Welles y su equipo lograron una versión tan fascinante que muchos oyentes se olvidaron de lo que realmente era y lo tomaron por una trágica realidad. Voces dramáticas acompañadas de efectos sonoros engañaron completamente a muchos estadounidenses transformándolos en una masa aterrorizada y poniendo al descubierto los terrores primitivos que yacen bajo la delgada capa de civilizados y neuróticos consumidores (un poco más bobos ahora que en 1938 todo hay que decirlo). Aunque resulte grotesco, aquella gente, aterrorizada por un programa de radio, alucinaba con bombas sobre Nueva York y humo sobre los cielos, salía a la calle tapando sus rostros con pañuelos y toallas húmedas tratando de escapar de un imaginario ataque con gases para vagar presas de pánico de un lado para otro o saturaba las centralitas telefónicas con llamadas angustiosas sobre destrucción de ciudades indefensas por parte de los marcianos. Naturalmente todo era una expresión de histeria colectiva. El miedo y la irracionalidad son más contagiosos que es más virulento de los gérmenes. Ya ven, un fin del mundo de mentira lanzó a la fama a Orson Welles.
Muy bien, pues si todo esto logró Orson Welles con un primitivo programa radiofónico pueden imaginar lo que provocaría la acción combinada de los actuales medios de propaganda enriquecidos por imágenes creadas mediante IA y unos gobiernos deseosos de aterrorizar a la población para controlarla y sacarle los cuartos en colaboración con las élites transnacionales, más siniestras que cualquier marciano. Y todo esto durante cuatrocientos años. Sería algo así como la espera del Mesías pero al revés. Como poner fecha al Apocalipsis una vez que las pamplinadas del cambio climático han perdido parte de su efectividad. De nuevo se manifestarían los científicos y expertos en alienígenas futuristas, una vez más aparecerían los negacionistas de la invasión extraterrestre y por supuesto los adoradores de un futuro marciano. ¡ Que fantasía! Tendríamos controversias aseguradas durante un montón de tiempo. Yo, por mi parte, estoy casi seguro de que Irene Montero y María Jesús, también Montero, son venusianas. Se les nota a la legua.