Una de los aspectos basales de nuestros estudios, diagnósticos, realizaciones teóricas y prácticas, a los efectos de contribuir con un pueblo, que se constituya en sociedad, y redefina su integración e integralidad desde su consideración republicana y democrática, tiene que ver con la instancia electoral, que vuelve a ser noticia, cíclicamente, en distintas partes del globo, en relación a sus resultantes (Perú) o sus pretendidas modificatorias (Argentina). Recordamos, el presente aporte que guía a los que puedan leer, en dónde radica el principal poder de los estados occidentales, a ser resignificados a los efectos de el tan ansiado "estado democrático" que creemos aún no hubo de verse reflejado.
Diagnóstico: La democracia fenomenológica. Desde la etimología del concepto fenomenología (que podría ser transliterado como manifestación) hasta su conversión en una de las corrientes filosóficas más debatidas y extrapoladas del ámbito académico, podemos inferir, que el sistema político impuesto en todo Occidente, es un sucedáneo de la intención (este es un término eminentemente fenomenológico) de ciertos ciudadanos de autogobernarse y que para ello, establecieron lo democrático como la relación legítima entre representantes y representados, mediante unas reglas de juego que oscilan entre gradaciones de nociones como igualdad, libertad y derechos. El entramado filosófico en lo que está acendrada esta corriente, es en la relación entre el sujeto y el objeto o la cosa, determinando que nuestras perspectivas existen en cuanto toman contacto con lo dado, y que para una relación más auténtica, precisamos escindirnos de elaboraciones que interfieren la relación primigenia, más pura o intuitiva. En términos políticos, inferimos que la democracia es sola o eminentemente fenomenológica, porque únicamente existe, sólo se da, sólo se cumple (de allí que hemos expresado también de la condición desiderativa de lo democrático) en la vinculación con lo electoral, en la manifestación del voto, en el sucedáneo electoral. Por esta razón, es que las democracias actuales, en verdad sean el patronazgo de autoritarismos electorales, y que más allá de que prometan, extender esa democratización a otros ámbitos de la comunidad (familia, trabajo, cultura, religión, economía) nunca lo consigue, ni lo conseguirá. Fijémonos, la cuestión en el campo filosófico, acerca de las limitaciones o las complejidades mismas que ofrece para tal campo la fenomenología.
"No queremos saber históricamente de qué se trata en el caso de la orientación filosófica moderna llamada fenomenología. No tratamos de la fenomenología sino de lo que ésta tiene como objeto." (Heidegger, M. "Problemas fundamentales de la fenomenología". 1927).
En la arena política, ocurre exactamente lo mismo, en forma calcada, el fenómeno democrático ha sido analizado y trabajado desde ópticas y perspectivas varias, pero la clave está en encontrar qué es lo que tiene como objeto la democracia en cuanto tal.
Sería harto complejo que podamos realizar una síntesis de la fenomenología o reducirla a una definición que resulte atractiva o al menos sostenible, para las conciencias lectoras (que cada vez son más escasas en proporción al aumento de población) que podrán tener la posibilidad y sobre todo el interés, de traducir para sí y para otros, esto mismo que consideramos un aporte, para entendernos en la actualidad de nuestro mundo que nos encierra en su complejidad de grado y nivel básico e instintivo, del que parece que, muy a nuestro pesar, estaríamos regresando, casi suicidamente (habría que rever la connotación de lo suicida, pues tal vez, esa fuerza aún incompresible que nos estaría arrastrando, a reducirnos a polvo, y que tal vez no sea tan deseada, nos exceda y tenga más que ver con una suerte de destino del que no podríamos desertar, de todas maneras, como se verá esto mismo resulta harina de otro costal).
Recurrimos a los estudiosos de la fenomenología, no como necesidad de fuerza argumental, o por entender que el presente será sopesado con rigor académico o científico, sino simplemente por entender, que una de las razones de nuestras incomprensiones tiene que ver con esto mismo. Con esta suerte de torre de babel, en donde hemos abandonado o la ninguneamos, la sometemos a escarnio y difamación, a la lectura, a la comprensión de lo escrito, como el testimonio del logos o la razón ejercida. Lo que queremos expresar, es que, está suerte de festival vanidoso de la época de la imagen, de la multiplicación al absurdo de lo inexpresivo de una foto o instantánea que encarcela el tiempo y la libertad y que nos conduce a la persecución estúpida, de pulgares arriba (cómo en los tiempos del Imperio Romano, en donde esta gestualidad significaba la vida para el gladiador y el pulgar hacia abajo su muerte) en la cosificación de amasar y acopiar, elementos, efímeros e innecesarios que sólo nos conducen a engolosinar nuestro ego, y cegarnos en la posibilidad de mirar al otro, tiene como elemento primordial, como batalla madre y primigenia, que no leamos, para que no razones y simplemente seamos autómatas; esclavos de nuestros instintos más irracionales y despresurizados de nuestras características humanas más fundamentales (esto se observa claramente en las producciones cinematográficas, que auguran un futuro en donde somos esclavizados, por una inteligencia artificial que creamos para que satisfaga nuestro egolotraismo, al costo de qué dejamos de pensar por el temor de que no se nos garantice que seamos felices mientras lo hacemos).
Leemos y en esa lectura, nos comunicamos con quiénes no están o no conocemos, pero que forman parte de lo humano, y que refieren, en esa comunidad de lenguaje o de comunicación a algo en donde podemos departir, con cierta lógica o sentido común. Dado que se apunta a que esté bien que no se lea, para algunos la palabra "poder" por citar un ejemplo, puede significar golpear a otro, entonces, prescindiendo de las lecturas, dejamos de lado el piso común, cómo para seguir en la comunidad y con ello entendernos y más luego ponernos de acuerdo (está es una de las razones, por lo que en diferentes países, se habla, de que los ciudadanos no se entienden, están enfrentados o viven en una grieta confrontativa, culpan, erróneamente a políticas agonales que propician esto como método, sin embargo tiene más que ver con el "babelismo" del que referimos anteriormente).
Nuestra lectura fenomenológica nos lleva a lo siguiente: "Sí la fenomenología encontró su propia consigna, entonces ésta consiste en la afirmación muchas veces citada; volvamos a las cosas mismas." (Waldenfels, B. "De Husserl a Derrida", Pág 20. Paidos. Barcelona. 1997).
Volver a las cosas, tendría que ver con pasar del diagnóstico a la propuesta. Ésta tendría que ver con pasar de un estado judicial, histórico y actual, a un estado democrático.
Hobbes, sin pretenderlo, otorga a los actuales sistemas imperantes, la columna vertebral de las formas de gobierno occidentales, que se sostienen en el eje, semi-oculto, de un poder judicial que supuestamente compensa o se interrelaciona, bajo una paradoja metodológica o instrumental de independencia, pero que en verdad, bajo esa lógica diabólico de hacernos creer que no existe, o que influye en grado mínimo en la constitución del poder real, pero que es en verdad el poder principal por antonomasia, animándonos a decir, que en verdad lo que tenemos, no es un estado de derecho, ni mucho menos un estado democrático, sino un estado judicial. "De las leyes civiles" del Leviatán (Capítulo 26) a las que considera un mandato, que emana de ese soberano, del cuál dirá después que no puede subdividirse en poderes, dado que terminarán confrontando entre sí. Esta noción clara de poder concentrado, en donde, se establece hasta las condiciones que debe tener un juez, no se hacen con otro fin u otra primordialidad que la de garantizar la paz y la seguridad entre los subiditos que acuerden subyugarse a este dios mortal, leviatán o estado judicial.
Debemos ejemplificar lo que sostenemos. Sí nosotros, en cualquier aldea que se precie de republicana, pretendemos, realizar una modificación nodal, de raíz, sustancial al sistema político imperante, pretendiéndolo o ejecutándolo, por la vía de los poderes ejecutivos o legislativos, no lograremos más que fracasos, con diferentes gradaciones en cuánto a lo rotundo, intenso y colorido de los mismos (en el último lustro podemos acopiar en cantidades industriales desde las más comunes hasta las más exóticas experiencias que culminaron en el mismo muladar de la imposibilidad del cambio y con ello la resignación y la desesperanza en distintas partes del globo), ahora, sí nos aventuramos a transigir el sendero de exigirle las respuestas institucionales, al principal poder que sostiene los dos restantes, que en esa estratagema de la política se nos presentaban (escolar y académicamente se nos presentan así) como en un mismo nivel y en una misma línea, cuando en cambio, tanto el legislativo como el ejecutivo, son en verdad apéndices del poder real que está asentado y acendrado en un poder judicial, que no casualmente se nos muestra, ante la sociedad civil, como oculto, inaccesible o solamente necesario ante el conflicto, la realidad será, necesaria y formalmente diferente.
Para finalizar, sí un conjunto de ciudadanos, en un grado significativo, le solicita al ámbito del poder judicial que corresponda, valiéndose de argumentos y pruebas (que abundan y sobreabundan, con respecto a todo lo que no cumple lo democrático en cuanto a lo que promete en palabra y norma) que declare, invalido, nulo de nulidad absoluta o ilegítimo, una asamblea de representantes, un parlamento, un congreso, sea por la corrupción manifiesta, obvia y probada de sus integrantes, por el incumplimiento de sus promesas electorales, por el arribo a tales lugares de representación por valores reprochables y antidemocráticos como el nepotismo, el amiguismo o la constitución de una cofradía o una asociación facciosa, rayano con lo ilícito, será el principal poder de los estados occidentales actuales los que tendrán que brindar una respuesta.
El contenido de la misma, será lo de menos. Habilitar la vía, conducir los reproches, las manifestaciones, las protestas y los desacuerdos ciudadanos, al ámbito en donde se determina la validez o la invalidez de los actos republicanos, será el gran paso, el paso necesario. De lo contrario, y tal como está ocurriendo en algunos lugares, sobre todo de Latinoamérica, el supuesto avance, desde la lógica intra-poderes, del poder judicial, sobre otros poderes, como para sanearlos, en una suerte de gatopardismo (de que todo cambie para que nada cambie) no conducirá a nada que determine una real y necesaria mejora en la institucionalidad política. En Argentina, el primer golpe de estado fue validado por una acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que ratifica lo que exponemos.
La última ratio de nuestras democracias occidentales, no están a resguardo en el poder judicial, en todo caso, el poder judicial es la principal razón por las que aún, países con niveles escandalosos de pobreza y marginalidad, se mantienen en una legalidad-legitimidad-democrática, este principio, de injusticia, neta y abyecta, es la criminalidad más grande, que en nombre de la democracia, tres poderes del estado, con la principal responsabilidad del judicial, le perpetran a diario y en lo cotidiano al ciudadano, con la perversidad de hacerle creer que debe direccionar sus protestas al legislativo y ejecutivo, porque son los que supuestamente elige con su voto, cuando en verdad es al revés; al primer lugar que debe peticionar un ciudadano al que su sistema de gobierno lo subyuga a niveles pauperizados de civilidad e inequidad, es al poder judicial y de acuerdo a lo que este dictamine, actuar en consecuencia.