El asunto Zapatero es una gota más en el vaso de todos aquellos que quieren que en España no exista la izquierda gobernando.
Hasta EE. UU. aporta un artilugio contra el expresidente. ¿Cómo se atreve la ultraderecha, sin pruebas, y algunos programas basura fachas a intentar difundir maledicencias, bulos e insultos contra Zapatero? ¿Por qué solo con indicios, pero sin ninguna prueba, el juez imputa al expresidente Zapatero?
Programas basura fachas, al igual que los políticos ultras sin pruebas. ¿Por qué hay que quitar del Gobierno a Sánchez? Dicen que el fracaso de Andalucía es el disparo. Creo que no habrá moción de censura porque no suman. En unas elecciones generales un partido puede pactar con socios, con partidos, en este caso de izquierdas. La ultraderecha agita las calles y ataca al Gobierno de corrupto sin pruebas.
Pero no. Desde que inició esta legislatura no han hecho otra cosa que el PP (Feijóo bronco, insultó, sin ideas ni soluciones; Ayuso faltona; a Abascal le dio por decir que Pedro Sánchez está rompiendo España), con el efecto llamada y que los inmigrantes sobran y quitan a los españoles puestos de trabajo, sin darse cuenta de que, gracias a la inmigración, la agricultura funciona, la construcción lo mismo y que trabajan en los lugares donde la mano de obra española no quiere. Como Abascal, Feijóo, Ayuso y la corte que les rodea no tienen tiempo para leer, por eso meten la pata constantemente. Solo critican e insultan en el Congreso y fuera de él.
Aquí les dejo un fragmento de la emigración española en tiempos de la dictadura que añoran tanto; léanlo si llega a sus manos o a las de sus secuaces. Y como dice el escritor Paco Arenas, seudónimo de Francisco Martínez López, ya que firma sus libros como Paco Arenas:
«Con Franco, los españoles cogíamos la maleta de cartón y nos miraban mal. En los años 50, 60 y 70 más de dos millones de españoles —algunas fuentes hablan de hasta cuatro— cruzaron la frontera buscando lo que aquí se les negaba: pan, salario y un mínimo de dignidad. La España franquista presumía de orden y grandeza, pero se sostenía, en buena parte, sobre las remesas de quienes se dejaban la espalda en fábricas suizas, obras alemanas o vendimias francesas.
Se iban como se van ahora muchos que cruzan el Estrecho: con miedo, con rabia, con una maleta pobre y la cabeza llena de esperanza. La mayoría, contra lo que ahora sermonea la extrema derecha, se marchaba sin papeles en regla, con contratos dudosos o directamente sin ellos. Llegaban a Francia, Alemania o Suiza y descubrían que, como ya se decía entonces, «allí tampoco hartaban los perros con longanizas»: cada franco, cada marco, cada franco suizo había que sudarlo.
Muchos se iban seis meses a Suiza y, trabajando ocho horas al día, cinco días a la semana, lograban reunir lo suficiente para dar la entrada de un piso en España. En aquella España que presumía de ser la séptima potencia económica mundial —siendo mentira, pues era profundamente tercermundista— habrían necesitado años de salarios de miseria para conseguir lo mismo.
“De España para los españoles” se llamaba un programa diario dedicado a aquella diáspora. Era casi una metáfora involuntaria: España para los españoles… siempre que fuera a distancia, mandando el dinero desde fuera.
En esos países hacían el trabajo que no querían hacer ni los franceses, ni los alemanes, ni los suizos: minas, siderurgia, construcción, turnos de noche, habitaciones que olían a lejía y a soledad. Y, aun así, muchos eran acusados —sin pruebas, con el veneno de siempre— de ser ladrones, violadores, problemáticos. Para cierta derecha europea, África empezaba en los Pirineos; los «panchitos», «moros» o «negros» de entonces se llamaban Manolo o María y hablaban castellano, o cualquiera de las otras lenguas de la piel de toro.
Por eso resulta tan obsceno escuchar hoy a los herederos ideológicos de aquellos que expulsaban a su pueblo por hambre decir que «nos invaden» quienes llegan ahora a nuestra tierra a trabajar. Olvidan que si los españoles buscaron el pan en el extranjero fue porque allí la economía iba bien. Exactamente lo mismo que sucede hoy aquí: quienes llegan no lo hacen por turismo, sino porque en sus países el futuro está hipotecado y aquí, a pesar de todo, hay una oportunidad de trabajar y de vivir. A nadie le gusta abandonar su tierra para ir a limpiar la basura ajena.
Los migrantes de ahora hacen el trabajo que muchos españoles ya no quieren hacer: recoger fruta al sol, limpiar hoteles a destajo, cuidar ancianos que levantaron el país con sus manos. Y, como antes nuestros abuelos, escuchan que «vienen a quitarnos algo», mientras sostienen parcelas enteras de la economía. La historia tiene muy mala leche cuando se repite, pero es todavía peor cuando se repite con amnesia.
Mira otra vez la foto: ese hombre podría ser tu abuelo, tu padre, tu tío. Podría estar saliendo de una casa de Jaén, Galicia o Cuenca para irse a Lyon, Zúrich o Essen. Hoy, esa misma imagen se puede tomar en cualquier punto del Mediterráneo: cambia el color de la piel, el idioma y la barca por el tren, pero el gesto es el mismo. Una mano en la maleta, otra aferrada a la familia, los ojos puestos en un horizonte que siempre parece más lejos de lo que marca el mapa.
Sería de justicia que la España que un día fue expulsada por el hambre fuese hoy refugio digno para quienes huyen de otras hambres. Que el país de las maletas de cartón y los «manolos» en Alemania no se convierta en el país que levanta muros contra los nuevos «manolos» de otras geografías.
Porque aquella familia de la foto —él, ella y los tres críos— no son solo pasado. Siguen caminando: ahora hablan castellano, portugués, árabe, quechua, francés o ucraniano, pero llevan en la mirada el mismo miedo y la misma esperanza. Cuando los vemos llegar y solo vemos «extranjeros» o, peor aún, «problemas», estamos olvidando algo sencillo y rotundo: durante décadas, los migrantes fuimos nosotros. Y no hay frontera más decente, ni más justa, que la memoria.
Los españoles de entonces, cuando llegaban a esos países, igual que los migrantes que hoy llegan a España, no podían votar. Por mucho que mienta la marioneta de Ayuso. En realidad, aquellos españoles tampoco podían votar en su propia tierra».
Cortesía de Ramón Arrué Pinto, que señala: «Hay toda una campaña orquestada para derrocar al Gobierno de Sánchez y compañía; una campaña verbalizada, aireada, vitoreada, auspiciada por el señor Aznar (el más “listo” del PP), que la secundan las FF. CC. S. E., la materializan los jueces (esos que se controlan por la puerta de atrás…), la indiferencia cómplice del rey y, a más a más, “admitida” por un PSOE al que, por lo que sea, no le conviene poner pie en pared ante esta realidad y surfea con dificultad la ola de la izquierda.
Por tanto, nada nos puede extrañar, al margen de lo que en el futuro, judicialmente hablando, le espere al señor Zapatero, y del que personalmente espero sea capaz de defenderse, poner negro sobre blanco su inocencia ante cualquier sospecha y se libere de la condena a la que la derecha entera hoy se entrega sin haberse demostrado aún nada.
La derecha maneja todo, incluso los tiempos, y en esa cruzada de derrocar al Gobierno y recuperar su tóxico poder emplea, por un lado, toda su artillería hiperbolizada de mentiras e intoxicaciones hacia los adversarios y, por otro, difuminando, escondiendo, alargando en el tiempo por ver si prescribe, con la inestimable ayuda de jueces, poder mediático, Guardia Civil y Policía, toda su historia reconocida y reconocible de corrupción dentro y fuera de la política, dentro de lo privado y de lo público y, en algunos casos, juzgado y condena.
La duda está no en si Zapatero es o no culpable, que también, sino en que se traten todos los temas con el mismo rasero y diligencia y, en caso negativo (como vemos que ocurre…), si la ciudadanía tomará cartas en el asunto o sigue anestesiada el curso de los acontecimientos.
Como dice Rufián, debemos salirnos de esta mierda a la que nos tienen sometidos o convertirnos en moscas y alimentarnos de ella».
Sí, hay que luchar en la calle y pedir un nuevo jefe o jefa de Estado...