Salgo de casa con el pantalón del pijama y una camisa blanca de lino. Al final hemos visto el partido en casa, tras descartar la cafetería del Canoe y el agradabilísimo hotel Catalonia Retiro, porque como diría Carmen, el ama de mi madre: A cada uno en su casa hasta el culo le descansa (y mejor que en ningún sitio a veces se lo pasa, añado yo).
El partido, mejor que ninguna película de misterio, pero aquí no vamos a comentarlo porque doctores tiene la iglesia del deporte y son muy especializados. Tampoco voy a dar caña con árbitros ni comportamientos descontrolados. Aunque sí voy a citar a mi tía Maricarmen que en el grupo de guasap creado por JE y bautizado como MERIENDA NIÑAS escribe:
“He visto por primera vez un partido y ha sido de infarto. Nos han anulado 2 goles el árbitro… puf y los argentinos han jugado muy sucio. Pero hemos ganado”.
Mi tía Maricarmen tiene 93 o 94 años y no voy a explicaros más, porque os gustaría demasiado, y además se merece como mínimo una novela y no un simple artículo, pero su guasap resume perfectamente la película de suspense que acabábamos de ver.
Lo de que llevo el pantalón del pijama puesto cuando salgo a la calle sí puedo explicarlo: el verano, las cervezas y sus etcéteras…, en suma, que me apretaban demasiado los pantalones y ya que estaba en casa, why not?
Max, la fotografía que ilustra el texto es suya, en cuanto termina el match, dice se iba a ver si encontraba a sus colegas en la Plaza de Colón, y la Rubia, la madre de Max, so pretexto de tirar los cartones de las pizzas que a la sazón habíamos encargado, decide que se baja inmediatamente a la calle. No podía hacerles esperar cambiándome de ropa. En pijama o vestido de romano, ¡qué diablos!
-¿Tienes llaves? -pregunté a la Rubia.
-Tengo -respondió la Rubia.
Y allí que nos bajamos. ¡Qué espectáculo! ¡Qué maravilla, qué alegría, qué buen rollito! Ninguna agresividad, ni una sola mala cara…. y ruido a punta pala. Gritos, claxons, motores, gente jugando al fútbol en los pasos de cebra cuando se ponían en rojo los semáforos… No he estado nunca ni en el Carnaval de Río ni en las Fallas de Valencia, pero no creo que ni siquiera en tan míticos templos la alegría pueda subir más alto.
Estuve paseando por la ciudad, Mad Madrid, hasta el filo de las cuatro. Me gustó especialmente que hubiera tantas niñas, en pequeños grupos, hablando de Cucurella, Dani Olmo, Curbasí, Lamine, Oyarzabal… Acompasaba mi paso al suyo para escucharlas. Felices como pájaros. Y los autobuses reventados de gente con la camiseta y la bandera. Los motores de las motos roncos y aullando. Gritos y más gritos, un chaval toreando coches con una bandera en Menéndez Pelayo, todos borrachos de entusiasmo. ¡Dale tú también al claxon! Son casi las cuatro de la noche, pero no importa, le doy al claxon.
España es una fiesta. España somos todos los que queremos serlo. Hayamos nacido en Madrid, Medellín, Barcelona o El Cairo. Todos. Felices. La sonrisa en la cara: desbordando. Va más allá de lo racional. Es corazón y es salvaje. España es campeona del mundo y todos lo somos con ella. Es una locura, es una pasada, es un milagro. Esa es la palabra: milagro. Aplaudimos. Celebramos. Vamos a darle duro al claxon:
-¡Piiiii, piiii!
-¡Mook, mooc!
-¡Pooo, poo!
-¡Tuuuu, tuuuuu!
España era una fiesta.
Una fiesta y un milagro.
Excelsior.
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