Hoy (era domingo), mientras volvía de un paseo por el arroyo cercano a mi casa, en cuyas inmediaciones se extiende un pequeño poblado de chabolas donde habitan familias de chatarreros, probablemente rumanos; mientras volvía, digo, paseando las tranquilas calles del extrarradio en domingo, encontré a una joven rumana empujando su aparatoso carro, en dirección a los contenedores de basura. Era morena, no guapa, pero de rostro simpático y agradable. Vestía, como es costumbre entre las suyas, un chándal, casi pijama, y calzaba chancletas con calcetines de invierno. Algo más adelante, su hijita, de unos cuatro años, como mucho, se movía sobre uno de esos «correpasillos», una minimoto de plástico rescatada de la basura. Tenía una cara tan simpática, tan dulce, con su naricilla aguileña y sus ojillos negros, que no pude despegar los míos de ella, por un buen rato. Después, cuando volví a encontrarla detenida junto a otro grupo de contenedores de basura donde su mami trabajaba, capturando objetos con un gancho, la niña me miró desde el suelo, donde permanecía sentada junto a su juguete, y pronunció un «hola» tan conmovedor, que me dieron ganas de abrazarla.
En ese rostro se concentraba toda la inocencia, la ingenuidad, la autenticidad de la infancia, en estado puro. Aquella expresión me decía todo lo que podía esperar de ella, sin dobleces, sin estafas, sin intereses ocultos. ¿Qué me importan a mí las noticias sobre unas guerras de alto nivel tecnológico donde la gente no tiene nada que decir ni aportar excepto opiniones, en gran número de casos, interesadas, condicionadas por otras opiniones o posturas de partido, sector economicoideológico, maquinaria desinformativa? ¿Qué polémica, que problema nacional, internacional, interestelar, cataclismático, puede ensombrecer el rostro de esa niña (ni mucho menos la de Rajoy), que saluda y sonríe y vive el ya más absoluto, en una gris tarde de domingo, junto a su mami chatarrera, feliz, sana, divertida?
No soy padre, pero sin pensarlo, sin dudarlo elegiría una niña así, una madre así, con un par, que estoy seguro me proporcionarían toda la felicidad que hace falta para seguir adelante en este mundo tonto que hemos creado. ¡Me casaría con esa mujer hoy mismo!
Qué placer, dejar de ser yo, despertar como uno de ellos, sin la memoria de todo lo que atemoriza, condiciona, dirige mis pasos y los de tantos de nosotros, buscando no sé qué. ¿Y qué buscan ellos? Tendría que entrevistarlos, pero me parece que se contentan con lo material y, ¿eso es malo? Salen ahí, a la calle, en domingo, invisibles, y buscan en la basura aquello que nos sobra, las señales de nuestras nuevas adquisiciones. No son más que otro eslabón en esta cadena loca, asesina, del consumismo. Pero al menos ellos no se guían por las modas. Admiro su fortaleza y su libertad; las envidio.