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Empujones para ver al Papa

16 de Junio de 2026
Actualizado a las 10:25h
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Pilarin Bayes Empujones Papa
Pilarín Bayes en 2025 | Foto: La Setmana from Barcelona, Catalunya

Hay frases que no necesitan editorial. Las dice alguien con cara de haber visto mucho, con una sonrisa limpia y un lápiz invisible en la mano, y ya está: queda dibujado el país entero.

Pilarín Bayés, la ninotaire de las mejillas rojas y las verdades sin solemnidad, soltó en TV3 una de esas frases que valen más que tres tesis sobre sociología religiosa, dos barómetros del CIS y una tertulia de tertulianos con acreditación:

Fa gràcia, perquè figura que som un país tan laic, tan descregut. Quan és l'hora d'anar a veure el Papa hi ha unes empentes!”

Traducido al castellano peninsular contemporáneo: “qué cosa más curiosa, este país tan descreído, tan moderno, tan laico, tan mayor de edad, tan de vuelta de todo, que en cuanto aterriza el Papa empieza a abrirse paso a codazos como si repartieran indulgencias plenarias con los canapés”.

Y ahí, sin levantar la voz, Pilarín hizo lo que mejor hacen los buenos dibujantes: captar el gesto exacto. No el discurso oficial, no la pancarta, no la foto protocolaria, sino el movimiento real del cuerpo. Las empentes. Los empujones. Esa liturgia civil española que consiste en despreciar públicamente lo que se desea en privado. O al revés, que para el caso es lo mismo.

España es un país laico de boquilla, católico de reflejo y cortesano de convicción profunda. Puede pasarse media vida denunciando los privilegios de la Iglesia y la otra media buscando una silla en primera fila cuando aparece el Pontífice. Puede reclamar separación entre Iglesia y Estado, pero solo hasta que el Estado monta el photocall. Entonces la separación se vuelve flexible, como tantas otras cosas en este país: la ética, la memoria, el reglamento y la cola.

La escena de la Sagrada Familia tuvo algo de sainete perfecto. Allí estaba Barcelona, ciudad descreída por vocación, modernísima por folleto turístico, laica por declaración municipal, convertida durante unas horas en capital mundial del “yo solo pasaba por aquí”. Nadie quería parecer demasiado devoto, por supuesto. Eso queda antiguo. Pero todos querían estar lo bastante cerca como para salir en plano, saludar, asentir con gravedad o comentar luego que aquello fue “histórico”.

Y en medio de esa coreografía de fervor administrado, Pilarín, entrañable pero no ingenua, lo resumió con una precisión casi cruel. Porque la gracia no estaba en que hubiera creyentes esperando al Papa. Eso sería normal. La gracia estaba en la multitud de descreídos profesionales, laicos de sobremesa, anticlericales de perfil bajo y agnósticos con acreditación VIP que, llegado el momento, parecían dispuestos a perder la compostura por un centímetro de cercanía pontificia.

La visita de León XIV tuvo su otro gran momento en el Congreso de los Diputados, que es la catedral civil donde España convierte cualquier reprimenda en aplauso institucional. Allí el Papa habló de dignidad, de migraciones, de pobreza, de vida, de crispación, de lenguaje público y de la obligación de no humillar al adversario. Es decir, habló de casi todo aquello que el sistema político español lleva años utilizando como material inflamable.

El resultado fue admirable: todos aplaudieron.

Nadie se sintió aludido.

La derecha escuchó al Papa hablar de la vida y pensó que el sermón iba contra la izquierda. La izquierda escuchó al Papa hablar de migrantes y pensó que el sermón iba contra la derecha. Los partidos que viven de fabricar enemigos oyeron hablar de concordia y concluyeron que, efectivamente, los demás, y no ellos, deberían moderarse. Los que han convertido el Congreso en una fábrica de desprecio entendieron que el Pontífice venía a confirmarles lo que ya sabían: que el problema son los otros.

España posee una habilidad extraordinaria para convertir cualquier mensaje moral en munición partidista. Si el Papa habla de los pobres, se cita contra el neoliberalismo. Si habla del aborto o la eutanasia, se cita contra el progresismo. Si habla de migración, se cita contra Vox. Si habla de familia, se cita contra Sumar. Si habla de paz, se cita contra quien toque esa semana. Y si habla contra la soberbia, contra la hipocresía o contra el uso del prójimo como arma política, entonces se aplaude mucho, se sonríe a cámara y se pasa a la siguiente recepción.

El Congreso entero pareció descubrir una fórmula magnífica: el Papa siempre interpela, pero nunca interpela a uno mismo.

Es la misma España que presume de secularización mientras mantiene procesiones de Estado, funerales con jerarquía institucional y una extraña querencia por el incienso cuando el incienso viene con protocolo. La misma que se indigna por los privilegios eclesiásticos, pero organiza recepciones donde todo el mundo compite por parecer más cercano al representante de Dios en la Tierra. La misma que grita “Estado laico” hasta que aparece una visita papal, momento en que media clase dirigente se transforma en figuración de película vaticana.

No es fe. Es instinto de palco.

Por eso la frase de Pilarín Bayés funciona tan bien. Porque no acusa desde la superioridad moral. No pontifica, que sería competencia desleal ese día. Simplemente observa. Y al observar, desnuda. La ninotaire ve las empentes y entiende el país: un lugar donde todos dicen no creer demasiado, salvo en la foto, el rango, la proximidad al poder y la posibilidad de contar luego que uno estuvo allí.

Quizá esa sea nuestra religión civil más estable: estar cerca. Cerca del rey, cerca del Papa, cerca del ministro, cerca del micrófono, cerca del foco, cerca del que manda o bendice, que a veces en España han sido categorías peligrosamente parecidas. Luego ya vendrán las declaraciones de independencia ideológica, la defensa del pensamiento crítico y la solemne proclamación de que aquí nadie se arrodilla ante nadie.

Por supuesto que no. Aquí solo nos inclinamos un poco para salir bien en la foto.

León XIV vino, habló, bendijo, advirtió y se marchó. Cada cual se quedará con la parte del discurso que le convenga. Unos citarán al Papa contra los inmigrófobos. Otros contra los abortistas. Otros contra los materialistas. Otros contra los políticos. Y todos, absolutamente todos, encontrarán el modo de seguir exactamente igual que antes, pero con una frase papal en el bolsillo.

Mientras tanto, quedará Pilarín Bayés, que sin necesidad de púlpito ni tribuna parlamentaria dijo lo esencial. Que este país tan laico, tan descreído y tan moderno, cuando huele a sotana con galones, se pone nervioso, empuja y busca sitio.

Y eso sí que tiene gracia.

Aunque, bien mirado, quizás no tanta.

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