Julián Arroyo Pomeda

Dudar, acto de valentía intelectual: el camino cartesiano hacia la verdad

29 de Enero de 2026
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Gestionar la verdad. Dudar, acto de valentía intelectual: el camino cartesiano hacia la verdad

Siempre tratamos los seres humanos de encontrar la verdad. Más todavía los jueces.  Un buen recurso para ello nos lo proporciona el filósofo clásico francés. Lo tomamos como modelo.

Cuando Descartes formula su célebre criterio de evidencia, lo hace precisamente para escapar de la confusión que generan las opiniones, las tradiciones y las creencias heredadas. Para él, la verdad no puede depender del consenso ni de la costumbre, porque ambas cosas son frágiles, cambiantes y, sobre todo, engañosas. La única base sólida para el conocimiento es aquello que se presenta a la mente con tal claridad y distinción que resulte imposible dudar de ello.

Descartes parte de una sospecha radical: la mayoría de las ideas que aceptamos como verdaderas provienen de la educación, de la autoridad o del simple hábito. En ese sentido, la “multitud de opiniones” no solo no garantiza la verdad, sino que puede alejar de ella. Por eso propone un criterio mucho más exigente: aceptar como verdadero únicamente aquello que resista la duda metódica. La evidencia, en su sentido cartesiano, no es una simple impresión subjetiva de certeza, sino una forma de intuición intelectual que se impone por su propia fuerza. Cuando una idea es clara —es decir, presente y manifiesta a la mente— y distinta —separada de cualquier otro elemento que pueda confundirla—, entonces puede ser tomada como fundamento firme.

Este criterio tiene un valor grande en la historia del pensamiento porque desplaza el centro de gravedad del conocimiento hacia la razón individual. No se trata de creer porque otros creen, sino de examinar por uno mismo. La evidencia se convierte en un filtro que obliga a revisar críticamente todo lo que se da por sentado. En ese sentido, el método cartesiano inaugura una actitud intelectual moderna: la confianza en la capacidad racional del sujeto para descubrir la verdad sin depender de la autoridad externa.

Sin embargo, el criterio de evidencia también ha sido objeto de debate. Su fuerza radica en su rigor, pero ese mismo rigor puede conducir a un aislamiento excesivo del pensamiento. La exigencia de claridad y distinción deja fuera muchos ámbitos de la experiencia humana que no se ajustan a ese molde: las emociones, la vida social, la historia, incluso ciertos aspectos de la ciencia empírica que no pueden reducirse a intuiciones evidentes. Aun así, el aporte de Descartes sigue siendo decisivo: nos recuerda que la verdad no se mide por la cantidad de voces que la repiten, sino por la solidez de las razones que la sostienen.

La duda, para Descartes, no es un obstáculo para encontrar la evidencia, sino el camino necesario para llegar a ella. Su proyecto filosófico parte justamente de la idea de que solo sometiendo todas nuestras creencias a una duda rigurosa podemos descubrir cuáles resisten ese examen y, por tanto, cuáles pueden considerarse verdadera. La duda metódica elimina lo inseguro.

Descartes propone dudar de todo aquello que pueda ser puesto en cuestión: los sentidos, las opiniones comunes, incluso las demostraciones matemáticas. Esta duda no es desesperación ni escepticismo definitivo; es una herramienta para limpiar el terreno.

Lo que sobrevive a la duda se vuelve evidente.

Cuando una idea permanece firme incluso después de haber sido sometida a la duda más radical, entonces se presenta con claridad y distinción. Esa resistencia es lo que la convierte en evidencia. El ejemplo más famoso es el cogito: aunque dude de todo, no puedo dudar de que estoy dudando, y por tanto de que existo como ser pensante.

La evidencia no se encuentra antes de dudar, sino después.

La duda es el filtro que permite separar lo verdadero de lo meramente probable. Sin ese proceso, la mente queda atrapada en opiniones heredadas o creencias poco examinadas.

La evidencia se revela gracias a la duda. La duda metódica actúa como una especie de luz que ilumina aquello que es absolutamente cierto y deja en la sombra lo que no lo es. Para Descartes, la duda no destruye la verdad; la purifica.

La influencia del método cartesiano en la ciencia moderna es profunda, decisiva y, en muchos sentidos, estructural. No porque Descartes haya inventado la ciencia, sino porque introdujo una forma de pensar que reorganizó la manera en que Occidente entiende el conocimiento, la demostración y la investigación racional.

La duda como motor de investigación

La ciencia moderna nace cuando se deja de aceptar explicaciones por autoridad —ya sea religiosa, filosófica o tradicional— y se exige justificación racional.

La duda metódica de Descartes funciona como un filtro epistemológico: obliga a no aceptar nada que no pueda ser fundamentado. Esta actitud crítica se convirtió en el espíritu mismo de la ciencia: cuestionar, verificar, repetir, contrastar.

La búsqueda de principios firmes. Descartes quería encontrar verdades indudables para construir sobre ellas. La ciencia moderna adopta esta idea al buscar leyes universales, principios matemáticos y modelos que no dependan de opiniones, sino de pruebas.

Newton, por ejemplo, hereda esta aspiración: formular leyes claras, simples y universales que expliquen fenómenos complejos.

La ciencia moderna —física, química, biología molecular— sigue esta línea: lo que puede medirse y expresarse matemáticamente puede conocerse con rigor.

La autonomía de la razón. La ciencia moderna se apoya en la idea de que la razón humana puede descubrir las leyes del mundo sin depender de dogmas. Descartes legitima esta autonomía: Este gesto intelectual abrió la puerta a una ciencia libre, crítica y progresiva.

Un nuevo concepto de realidad. Descartes distingue entre la res extensa (la materia, cuantificable) y la res cogitans (la mente). Esta separación permitió estudiar la naturaleza como un mecanismo, sin necesidad de recurrir a explicaciones sobrenaturales. La física moderna, desde Galileo hasta la ingeniería contemporánea, se apoya en esta visión mecanicista del mundo.

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