Si alguien hubiese escrito un libro o hecho una película en la cual un personaje, dirigente de un imperio, que hablase y se comportase con formas soeces, agresividad y la ausencia de las más mínimas formas de cortesía, educación y hasta de diplomacia, que hubiese bombardeado a diestro y siniestro, incluido el ataque a mercantes y pesqueros en aguas internacionales con más de un centenar de muertos, bajo la acusación de narcotráfico sin exponer ninguna prueba ante tribunal alguno y finalmente secuestrado al presidente de un país en una operación relámpago para ser juzgado en el propio imperio sin garantía alguna. Y sí además se hubiese jactado de ello proclamándolo desde uno de sus residencias privadas, en el que expusiese de forma chulesca que va a regir los destinos del país del secuestrado, incluyendo los recursos del mismo, los cuales pudieran ser privatizados y vendidos a los capitalistas del imperio… Se habría situado tal libro o película en el género fantástico o de ciencia ficción, en particular aquel que ahonda en un futuro poblado de distopías. Se habría dicho que tal escenario era imposible en un mundo civilizado como el nuestro, Occidente, en el que nos hemos dotado de reglas y normas, leyes y legislaciones, que, habiendo aprendido del pasado, nos protegen. Pues ese ser existe, tiene nombre y rostro, y aunque apenas nos percatamos de ello, estamos y habitamos en una distopía o en la antesala de la misma.
Y para que tal escenario se imponga como algo que fuese normal, hay un medio del que apenas nos percatamos: el lenguaje. Las palabras y definiciones no son inocentes, existe un lenguaje de dominación que el dominado termina por emplear cuando la mayoría de voces que le rodean la emplean. Así la acción llevada a cabo bajo mandato de Donal Trump en Venezuela, se ha terminado por denominar como la “detención” de Nicolás Maduro. ¿Qué juez ha dictado tal detención? ¿Qué cuerpo policial legalmente habilitado ha llevado a cabo la detención? ¿Dónde están los derechos que se le han garantizado al detenido? ¿Por qué se ha detenido a la esposa del mismo? Si está claro que ha sido una violación del derecho internacional, un acto ilegal, porque no se considera que el hecho delictivo es un secuestro, pues ni siquiera se puede hablar de una detención ilegal, porque eso se puede atribuir a un estado o entidad internacional que, teniendo mandato para ejercer detenciones, no hubiese cumplido las normas necesarias. No, Nicolás Maduro y su esposa han sido secuestrados por un acto que se puede denominar como terrorismo, o terrorismo de estado si se quiere para ser más exactos. Y no existe ninguna legitimidad, ni base legal para que sean juzgados ante un tribunal que no tiene competencias. Y esto independientemente de lo que se puede opinar sobre Maduro y la legitimidad de su presidencia. Ni siquiera se puede emplear el término “captura”, por cuanto y según la RAE, al tratarse de personas, se referiría a “el acto de detener a una persona”. Igualmente, los bombardeos sobre barcos acusándolos de narcotraficantes son acciones de terrorismo de estado que pueden haber provocado más de un centenar de muertos, es decir asesinados.
Pero la actividad terrorista de estado de Trump no acaba ahí y algunas son sumamente peligrosas, aunque no hayan tenido el foco mediático de las de Venezuela. Los bombardeos sobre Nigeria bajo el pretexto de combatir a los grupos armados fundamentalistas, puede llevar a que un país con 240 millones de habitantes, con diversas facciones enfrentadas, termine por estallar, provocando a parte de miles de muertes, un movimiento de millones de personas que huyendo del conflicto busquen refugio en nuestro querido Occidente. Entonces los cayucos y pequeñas embarcaciones que hoy llegan a nuestras costas, nos van a parecer poco con lo que puede venir. Y no por casualidad, Nigeria tiene una importante producción petrolífera.
La reactivación de la Doctrina Monroe que pobló el continente americano de terribles dictaduras, destrozó países y provocó miles de muertos, produce escalofríos. Por eso el aval o condescendencia que se da a la “ley del más fuerte”, supone un peligro para toda la humanidad independientemente del crédito político, social o religioso que se tenga. Quizás necesitamos un Charlot que nos ponga en alerta.