Leo con gran interés el libro de Lorenzo Ramírez, “El Diablo está entre nosotros”, intento de diagnóstico del presente caos global. No es el primer periodista o persona culta no académico profesional que intenta relatar el caos y encontrarle cierto orden o desorden interno. En general el resultado no suele responder a las expectativas que su título o sus ambiciones evocan.
Aquí nos encontramos con un texto de base académica inatacable, ciertamente excepcional en el panorama de la ensayística española no universitaria, ayuna en general del rigor que estos empeños exigen. Pero que por desgracia falla en algunos extremos fundacionales.
Empecemos por la premisa mayor. El mundo padece las consecuencias de un desorden traído por la negativa de los EEUU a aceptar su papel disminuido en la arena global, dice Lorenzo Ramírez. Así es. A los EEUU les cuesta admitir que la ONU ya no tiene 50 miembros sino 190, que el incipiente Bandung no alineado se ha convertido en un Sur Global cada vez mas agresivo con Occidente y que China junto con India han cambiado las reglas del juego global para siempre no solo en lo económico sino también en lo geográfico. Si se combina este cambio estructural con la voluntad USA de dominio global únicamente a través de la fuerza militar tenemos ya un punto de partida incontrovertible.
Pero en el segundo capítulo ya el argumento capota. Ramirez acepta el argumento del francés Phillipe de Villiers, denigratorio de Jean Monnet. Según esta visión la UE desde sus comienzos es una estafa monumental dirigida a poner a Europa y sus Estados nación a disposición irrestricta de los EEUU. No es verdad. Antes que Monnet fue Ventotene, el manifiesto que lleva el nombre de la isla donde Mussolini desterró a los antifascistas mas notorios, entre otros Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni, este último caido en combate contra los squadristas del fascio. En el manifiesto se defiende “abolición definitiva de la división de Europa en Estados nacionales soberanos”, lo que no tiene nada de globalista sino de evidencia. Por aquellos años defendía Churchill una federación franco inglesa y el laborista Clement Attlee aseguraba que o Europa se federaba o desaparecería. Los modelos de federación eran dos. Uno, el defendido por Monnet, que conocía muy bien los EEUU por haber sido viajante de cognac en sus tierras, o el Imperio Austro Húngaro, favorecido por otro personaje transfonterizo, Alcide de Gasperi. Se trataba de trascender la limitada influencia de un estado nación pequeño, que por muy soberano que fuese, no tenía sustancia para oponerse a los designios de los USA o la URSS.
Recomendaría al autor la lectura de una excelente apología de la unidad europea, “The challenge of Europe” a cargo de Lord Heseltine. Y aprovecho para dirigirme a todos los amigos y colegas que insisten en denunciar estos intentos de unión como globalizadores y defienden el Estado nación con fuerzas armadas de 15.000 soldados, y me estoy refiriendo a Francia, gallito afónico de Europa, cuya patética diferencia entre deseos y realidades le condena a un ridículo que solo vemos los extranjeros.
Unirse no es favorecer la globalización de los poderosos sino limitarla. Sería mas adecuado enfocar el problema diciendo que la unidad europea fue un intento fallido y que ha terminado siendo un galimatías y una disfunción. En ese desastre juega un papel definitivo, antes de nada, la ignorancia de los políticos. Querer hacer de Europa una supernación por la via de una Constitución es una locura y no es de extrañar que haya fracasado. Europa ni es un demos ni puede serlo así que no procede una Constitución. Como esto por lo visto no lo saben ni franceses ni alemanes ni nadie, el eje franco alemán se ha dedicado a hacer lo que no debe, por ejemplo, a ponerse del lado de la estrategia de poder absoluto de los USA a través de los acuerdos de Minsk y en definitiva de una estrategia que ya demostró su inoperancia a lo largo de los siglos. Separar a Rusia de Alemania. Esto pudo ser comprensible en tiempos pasados. Ahora mismo ha terminado por conseguir lo contrario. Verdad es que Ucrania ha roto ese vínculo germano ruso, pero ha abierto otro mucho mas peligroso que es el acuerdo chino-ruso, dejando en Europa un rastro de ruina, pues sin las materias primas de Rusia no podemos sobrevivir. Esto en política exterior. En lo interior, a falta de ideas sólidas se defiende la extensión de la UE a todas partes…pero manteniendo un 1% de presupuesto comunitario. La autodestrucción garantizada.
En cuanto a si es o no proamericano basta ver lo que dice Trump sobre la unidad europea. Lo mas peligroso que le puede pasar a los EEUU. Recuérdenlo los que acusan a la UE de proamericana.
Es también dudoso el latigazo que Ramírez propina al cambio climático. Basta ver quien se opone a el con todas sus fuerzas, Trump, el lobby del petróleo (D. Yergin) y la extrema derecha para advertir que el calentamiento global no es un meme. Sin embargo no porfío en este campo porque me faltan datos.
En cuanto a la deudocracia remito al excelente estudio clásico de Reindhart y Rogoff. Pone las cosas en su sitio sin recurrir a conspiraciones.
Tampoco veo como instrumento diabólico al Banco Central USA (la Fed) institución de la que disponen todos los paises y que arrancó con el Banco Central sueco de 1668. En cuanto a Liz Truss, considerarla una víctima de los buitres del sistema y no de su propia incompetencia al intentar aplicar en el Reino Unido el trickle down economics que ya había fracasado con Ronald Reagan me parece incomprensible. Siempre la misma estrategia conservadora: evitar que los ricos paguen impuestos. Se me escapa que esta filosofía merezca el aval de un intelectual como Lorenzo Ramírez.
En cuanto a la enemiga contra la renta básica universal creo que los escritos de Branco Milanovic y Mark Blythe podrían ayudar al autor. Y diría algo parecido de la crítica a la emigración, herramienta de nivelación de desigualdad muy bien estudiada por Milanovic y Stiglitz. Desigualdad, por cierto, que parece no preocupar demasiado al autor. O por lo menos que no denuncia ni menciona.
Hasta aquí la crítica. Ciertamente lamentable que tan importante testimonio y tan excepcional en nuestro idioma esté lastrado por esas limitaciones. Quede claro que el libro ronda las 400 páginas, lo que quiere decir, que en gran medida su contenido es no solo aceptable sino encomiable y valiente. Esperemos que una segunda edición corrija estos desvíos y nos ofrezca, al final, el constructo que el talento del Sr. Ramírez nos autorizaba a imaginar como conceptualmente acabado.