Lo que crea la riqueza de los pueblos es su cultura, porque en ella se forjan las formas de pensar, de convivir y de proyectar el futuro; y no solo genera riqueza espiritual y riqueza cultural, sino también riqueza real, tangible, capaz de transformar la vida material de una sociedad, ya que sin una base cultural sólida no hay innovación, no hay pensamiento crítico ni capacidad para construir instituciones justas y eficientes, de modo que, como advierte Lledó, un pueblo inculto solo produce miseria, no porque carezca de recursos naturales o de talento, sino porque la ausencia de cultura impide que esos recursos se organicen, se compartan y se conviertan en bienestar colectivo."
La cultura produce riqueza real porque es el fundamento invisible que sostiene todas las formas de progreso: de ella nacen la creatividad, la capacidad de organización, la innovación técnica, la convivencia democrática y la visión de futuro que permite a una sociedad transformar sus recursos en bienestar; cuando una comunidad cultiva el conocimiento, la educación y la sensibilidad, genera no solo bienes simbólicos, sino también estructuras económicas más sólidas, instituciones más eficientes y ciudadanos capaces de pensar críticamente y resolver problemas complejos, mientras que la incultura, por el contrario, es siempre una forma de miseria, no solo moral o intelectual, sino también material, porque allí donde falta cultura se deterioran las instituciones, se empobrece el debate público, se frena la productividad y se multiplican las desigualdades, de modo que la ausencia de cultura termina convirtiéndose en un círculo vicioso que impide el desarrollo y condena a los pueblos a repetir sus errores sin comprenderlos ni superarlos.
Afirmar que la cultura produce riqueza real no es una metáfora ni una exageración retórica, sino la constatación de que todo progreso humano nace de la capacidad de aprender, transmitir conocimientos, cuestionar lo establecido y crear nuevas formas de comprender el mundo; allí donde la cultura se convierte en un valor compartido, florecen la innovación, la cooperación social, la creatividad económica y la construcción de instituciones sólidas, porque una sociedad culta no solo acumula saberes, sino que desarrolla habilidades para resolver problemas, anticipar desafíos y generar oportunidades que se traducen en bienestar material, mientras que la incultura, lejos de ser una simple carencia académica, es un obstáculo estructural que empobrece a los pueblos, deteriora la convivencia, limita la productividad y alimenta la desigualdad, ya que sin educación ni pensamiento crítico se debilitan las instituciones, se frena la capacidad de adaptación y se perpetúan errores que impiden el desarrollo; por eso, cuando se afirma que la incultura es miseria, se señala una verdad profunda: un pueblo que no invierte en cultura se condena a vivir por debajo de sus posibilidades, atrapado en la repetición de viejos problemas y sin herramientas para construir un futuro más justo, más próspero y más libre."
Hoy quiero recordar una verdad que a veces olvidamos: la cultura no es un adorno, no es un lujo reservado para unos pocos, ni un complemento prescindible en tiempos de dificultad; la cultura es la base misma de la prosperidad de un pueblo, porque allí donde se cultiva el conocimiento, la educación, la memoria y la creatividad, florecen también la innovación, la convivencia democrática, la capacidad de emprender y la fuerza para transformar los recursos en bienestar real. La cultura produce riqueza porque despierta la inteligencia colectiva, porque impulsa a las personas a pensar, a cuestionar, a imaginar soluciones nuevas y a construir instituciones más justas y más eficaces, y esa riqueza no es solo simbólica o espiritual, sino también material, palpable, visible en la calidad de vida, en la productividad, en la cohesión social y en la capacidad de una comunidad para afrontar los desafíos del presente y del futuro. Por eso debemos decirlo con claridad: la incultura es miseria, no solo porque empobrece el espíritu, sino porque destruye las bases del progreso, debilita las instituciones, alimenta la desigualdad y condena a los pueblos a repetir sus errores sin comprenderlos; un pueblo que renuncia a la cultura renuncia también a su libertad, a su creatividad y a su capacidad de construir un destino mejor. Defender la cultura es defender la dignidad humana, es apostar por un futuro más próspero, más justo y más libre, y es asumir que la verdadera riqueza de una sociedad no se mide solo en cifras económicas, sino en la profundidad de su pensamiento, en la solidez de su educación y en la fuerza de sus valores compartidos. Por eso, hoy más que nunca, debemos afirmar con convicción que la cultura es la mayor inversión que puede hacer un pueblo, porque allí donde hay cultura hay esperanza, hay desarrollo y hay futuro."
Lo que sí podemos analizar son tendencias, hábitos culturales y factores estructurales que influyen en el nivel cultural medio de un país sin caer en estereotipos.
No existe un único indicador que permita afirmar que un país es “culto” o “inculto”. La cultura no es solo leer libros o ir al museo: incluye educación, pensamiento crítico, acceso al conocimiento, participación cultural, hábitos de consumo cultural, inversión pública, desigualdad, etc. Y en España hay luces y sombras.
España tiene una producción cultural grande: literatura, cine, música, artes plásticas, investigación científica, patrimonio histórico.
La asistencia a eventos culturales ha crecido en las últimas décadas.
El nivel educativo medio ha aumentado de forma notable respecto a generaciones anteriores.
La creatividad y la innovación cultural españolas son reconocidas internacionalmente.
Sombras: problemas estructurales que afectan al nivel cultural
Bajas tasas de lectura en comparación con otros países europeos.
Desigualdad educativa: el nivel cultural depende mucho del entorno socioeconómico.
Poca inversión en cultura y ciencia en relación con otros países de la UE.
Brecha digital y brecha educativa que afectan al acceso al conocimiento.
Escaso prestigio social de la cultura en algunos ámbitos: se valora menos que el entretenimiento rápido.
No somos incultos. Pero tampoco podemos decir que seamos un país especialmente culto en términos de hábitos y prioridades colectivas. España tiene un potencial cultural enorme, pero también carencias que frenan su desarrollo. Más que un problema de capacidad, es un problema de prioridades sociales y políticas, de hábitos, y de cómo entendemos la cultura en la vida cotidiana.
No se trata de culpar a “los españoles”, sino de reconocer que la cultura no se improvisa: se construye con educación sólida, acceso universal, inversión sostenida y un cambio de mentalidad que valore el conocimiento como motor de bienestar.