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Cortina de lluvia

10 de Febrero de 2026
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lluvia

El Homo andalucensis, por genética, no tolera más de una semana de nubarrones y chubascos sin caer en semidepresión. No es lo suyo. Precisa de y busca el sol, y abandona el domicilio en cuanto se abre un claro, como los caracoles, para salir a la calle sin excusa ni plan definido. Dicho esto, y teniendo en cuenta el duro trance meteorológico que hemos sufrido, ningún vecino podrá negar la endémica necesidad de lluvia que azota estas tierras cada dos años. Nada que ver con cambios cataclismáticos ni otras novedades. Repasemos.

Titular de mediados de abril de 2025: “El anticiclón por fin bloqueará las borrascas”. Eso, a meses, por no decir semanas, de clamar justicia y dimisiones ante una sequía asesina, la cual hoy, a principios de 2026, con el agua al cuello, nadie recuerda, nadie nombra, hasta que aterrice la siguiente.

Por más que la cosa haya sido seria y catastrófica para mucha gente, he de proclamar, obligadamente, “¡que viva la lluvia!”. Y que se moderen los ingratos, aquellos que ni la sufren ni la disfrutan, aquellos que simplemente la precisan con urgencia como arma electoral arrojadiza cuando les mandan una restricción, achaque igualmente válido en inundaciones. Muchos de ellos derrochan agua a diario, y la seguirán malgastando hasta y durante nueva sequía.

Digámoslo ahora que no toca, porque llegará el momento. Escucho demasiadas quejas y promesas en este sur de España de canales descuidados y acequias rotas, desértico y maltratado, horripilantemente urbanizado, prostituido a inversores e industriales extranjeros, que quieren barrer paisaje, agua (precisamente), formas de vida, para inundarlo de placas solares y abrirle las entrañas con minas de “tierras raras” y demás basuras. Circulo por la deseada costa y descubro una aglomeración de urbanizaciones de muy mal gusto, dañinas a la vista, crecidas como setas en el último metro cuadrado, con sus correspondientes privadísimas piscinas, monstruos de cemento que directamente dan asco por el egoísmo y la sociopatía invertidos en toda su cadena de producción, desde la licencia hasta el estreno, listos para que un hombre o una mujer “de éxito” los habite con su familia y chupe hasta la última gota de esa agua que pertenece a los pueblitos del interior, regalo de esa lluvia que tanto incordia al personal, incluso cuando no llega a los niveles actuales, ya antes de ser excesiva, igual que molestan el canto de los pájaros, sus nidos, los comentarios de las graciosas palomas, los árboles urbanos de gran tamaño, tan “peligrosos”. Todo sirve de excusa para talar, manipular, implantar, dejando los defectos de fondo sin solución.

Si el frío cruza la estandarizada línea del veintidós de marzo, ya están impacientes y juran que el mes se presenta “más frío de lo normal”, poco antes de asegurar, a mediados de abril, que este ya es “el mes de abril más caluroso en diez años”. Y detrás de otra declaración de las suyas no hay más que una excusa para sus planes, sus negocios, y más restricciones llegada la hora, los mismos canales de riego agrietados, igual falta de agua a ocho meses de las inundaciones. El agua es un problema y una necesidad, según toque, mientras nadie hace nada, en la práctica, para ajustar las cosas al justo medio. Y venga a presumir de “última tecnología” de “innovación”. Qué bien lo hacemos. Qué grasia. ¡Viva yo!

“¡Viva el agua!”, que gritaba mi amigo Francisco, al cual llamaban loco. Bienvenida sea la lluvia, en este desierto andaluz donde los políticos se dedican a distraer la atención mediante “medidas extraordinarias”, centrándose en la meteorología en tanto descuidan los sistemas de riego (yo mismo he denunciado, en odisea burocrática, auténticos despilfarros) y siguen otorgando licencias, tragando fondos europeos, inaugurando infraestructuras imposibles, calzando primeras piedras, haciéndose fotos con buen y mal tiempo: colgándose medallas, hablando y prometiendo y, a la hora de la verdad, dejando tirado al personal.

Nos vemos en la siguiente sequía, tras el conocido despilfarro, donde unos y otras volverán a plantear el problema crónico de moda, sin previsible solución, mientras hacen de las suyas, como en este preciso instante, cuando todos miran al cielo y se centran en las “predicciones”. Cortina de lluvia. “Esto es lo que pasa. Lo que importa a los andaluces. Nadie puede negarlo. Lluvia mala. ¿Quién se atrevería?”. Se acabó.

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