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De la contracultura a la melancolía neoliberal

31 de Diciembre de 2025
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De la contracultura a la melancolía neoliberal

Durante décadas, el arte moderno fue el rebelde oficial del sistema. Su estrategia era ingeniosa: mientras el capitalismo convertía todo en producto de consumo, el arte se declaraba autónomo, puro, ajeno al mercado. El cine exploraba lo cinematográfico puro, la pintura lo pictórico, la literatura lo literario. Como decía Adorno, el arte era político simplemente por existir, sin necesidad de pancartas ni manifiestos explícitos.

Pero ese elitismo tuvo su precio. La brecha entre el arte experimental y la cultura popular se convirtió en un abismo. Adorno soñaba con obreros que salieran de las fábricas silbando composiciones de Schönberg. La realidad era otra: ¿quién puede imaginarse a una limpiadora fregando al ritmo de Stockhausen?

Ahí es donde entra Mark Fisher, el pensador que conectó los puntos. No era un académico encorsetado, sino un profesor de instituto de origen obrero, bloguero, alguien que entendía tanto a Derrida como a Joy Division. Fisher teorizó lo que ya estaba pasando en las calles: la contracultura posmoderna—el punk, el techno, la electrónica oscura—heredaba el espíritu crítico de las vanguardias, pero sin su clasismo. Tal vez la limpiadora no escuchaba música experimental, pero su hijo, encerrado en su habitación, sí ponía a Joy Division. Y eso cambiaba todo.

Tanto Fisher como la contracultura que él analizaba eran "hauntológicos"—un término que tomó de Derrida para hablar de fantasmas que nos persiguen. Mantenían viva la memoria de las promesas incumplidas, como el fantasma del padre de Hamlet que se niega a olvidar el asesinato. No aceptaban el "esto es lo que hay" del realismo capitalista.

Pero hay que ser honestos: Fisher y la contracultura de los boomers pertenecen a una época específica. Surgieron cuando el Estado del bienestar se desmantelaba, pero aún no había desaparecido del todo. Todavía existían instituciones públicas de calidad, la BBC mantenía su vocación educativa, había subvenciones culturales. Las clases trabajadoras podían culturizarse y crear. Ese era el mundo donde el punk podía gritar "no future" porque, irónicamente, aún había futuro.

Hoy ese contexto ha desaparecido. Estamos todos atrapados en el scroll infinito, convirtiendo nuestra mirada en trabajo gratuito para las plataformas, endeudados y sin tiempo para parar.

Como Ian Curtis y Kurt Cobain antes que él, Fisher terminó suicidándose. Los tres entendieron algo fundamental: el sistema neoliberal se alimenta de nuestros deseos más urgentes. "Haz lo que amas" suena bonito, pero te convierte en combustible del sistema. La melancolía que emanaba de los ritmos crepitantes de Burial—esa música electrónica oscura y melancólica—Rosalía ahora la vende mejor, empaquetada para Instagram con imagen pobre pero efectiva.

Julia Kristeva dice que el melancólico es alguien que no sabe perder. Y aquí radica algo crucial: lo que se perdió en la batalla cultural nunca fue realmente nuestro, solo podíamos sostenerlo temporalmente. Pero no saber perder es, paradójicamente, la única forma de resistir. Fisher nos enseñó a no renunciar jamás a lo perdido.

Hoy, la hegemonía cultural europea se ha desvanecido. Los ritmos que resuenan en las calles vienen de otros lugares: reguetón, dancehall, trap. De los barrios latinos y negros, de los suburbios racializados. ¿El twerking frenético "incita más al revolcón que a la revolución", como pregunta Iván de la Nuez? ¿Las referencias a Dios, la familia, el chándal de Versace y "el papi que me va a hacer mujer" recogen algo del espíritu contracultural? No lo sabemos. Pero merece la pena pensarlo.

Nuestro trabajo es pensar lo que resiste. Ahora que no hay tiempo para hacer nada, nos queda pensar. Y pensar es otra forma de hacer nada, otra forma de resistir. Las imágenes pobres que compartimos en redes son siempre índices de lo irreal. Así será hasta que, como la contracultura en su momento, hallemos otro camino.

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