Nadie desconocía en las oficinas superpobladas del funcionariado estatal, que programar una actividad en un pueblo del interior, no llevaba más que escasos segundos para organizarlo y ejecutarlo.
Ese 13 de junio, desde el ministerio de educación y el instituto de cultura, enviarían especialmente a un funcionario, para festejar al patrono de Mburucuyá, con la performance artística "Jorgito en el pueblo de las maravillas".
Antes del amanecer llegó el profesor Cáceres al salón de usos múltiples, dónde lo esperaban todos los alumnos de todas las categorías y divisiones. Más preocupado por regresar, antes de haber llegado, dió curso a su intervención.
Este cuento actuado, nace de haber leído "Alicia en el país de las maravillas". Esta reversión, en homenaje a mi hijo Jorge, se las ofrezco con todo corazón para ustedes.
En el principado filosófico de la Boca, por instrucción de su gobernante el tiempo no transcurría. Bajo una disposición oficial, el calendario se había detenido el 22 de noviembre. Todos los días eran ese día y para diferenciarlos, cada tanto y en caso de extrema necesidad, se le agregaban nombres de cosas. Por ejemplo, sí el príncipe a cargo consideraba que sus gobernados en ese momento debían dar cuenta del malhumor, regía entonces el 22 de noviembre-frutilla. En cambio, sí debían exteriorizar amor, encanto o gratitud, se consideraba el 22 de noviembre-almíbar.
La hechicera y esposa del príncipe, era la única que sabía la verdadera razón de semejante decisión.
En los tiempos que el tiempo transcurría, habían tenido un hijo, precisamente un 22 de noviembre. Criado con mucho amor y ternura, se cuenta incluso con exceso e intolerable intensidad, el niño al cumplir la mayoría de edad, tomó la decisión de partir del principado, para seguir tomando decisiones, alejado de la mirada de sus padres.
Desde ese entonces, en el principado filosófico de la Boca, todos los días eran ese día. El tiempo quedo detenido, no transcurría, los que transcurrían eran los habitantes de allí que no tuvieron demasiados problemas o preocupaciones para adaptarse a la medida de gobierno.
En el afán de seguir de cerca a su hijo, por más que estuviese lejos, el príncipe estableció tal medida, para que en el momento que deseara regresar, sea siempre su cumpleaños y de tal manera brindarle el festejo a toda pompa y orquesta.
La hechicera, había creado un método, por intermedio de pájaros que establecían una comunicación con el heredero, y durante mucho tiempo, tanto ella como su esposo el príncipe, pudieron sobrellevar la ausencia.
Llegaban noticias de todo tipo, de los diversos lugares y de las tantas acciones que llevaba a cabo el nacido el 22 de noviembre.
El principado en verdad, dependía de las aventuras y desventuras del evadido. Sí a este le había ido bien, La Boca era una fiesta, caso contrario, se disponía el cierre de parques, plazas y demás espacios públicos, como confiterías y espacios privados.
Un 22 de noviembre, el transcurrir en el tiempo, afectó al príncipe especialmente. Ni él mismo lograba distinguir todo el momento, cada vez más extenso de la partida de su hijo, con quién sólo mantenía vínculos mediante el canto de los pájaros. Sin decirle nada a la hechicera, algo muy poco habitual, resolvió juntar a sus principales asesores en el Palacio de Plácido Martínez que era la sede de gobierno. Allí los integrantes de la secretaria de inteligencia, conformados en el grupo "Santa Clara" crearon un plan, a consideración de ellos, infalible.
Se ponía en marcha el operativo "Conejo Blanco" que regresaría, en el tiempo que fuese al evadido.
El plan establecía que rigieran en la mayor cantidad de países del mundo, la "otrocracia" que era el sistema de gobierno que imperaba en el principado filosófico de la Boca. De esta manera, ante tal amenaza, los distintos organismos internacionales en los que se agrupaban los países, solicitarían al hijo díscolo que fuera hasta su tierra a convencer a su padre, o en el peor de los casos, destronarlo.
A todas luces el operativo, más allá de las dificultades de su estricto cumplimiento, conllevaba la única alternativa certera para que, otra cosa sucediera, que incluso era más importante y determinante que el regreso del hijo y que los deseos de sus padres.
Los dioses, que, sin regir los destinos de los mortales en la tierra, tenían además del poder de observación, la facultad, de intermediar, cada tanto, de intervenir, sin que nadie supiera a ciencia cierta, ni pudiera confirmar, la existencia, incluso, de los mismos.
La extraña disposición, de que un lugar dado, el tiempo no transcurriera, sino que los humanos lo hagan en tal concepto detenido, en este caso en una fecha, el 22 de noviembre, tenía más que preocupados a todas las entidades divinas. Los mortales, mediante tal disposición, empezaban a pensar más de la cuenta y de acuerdo a la sospecha de varios dioses, esto les podría permitir en breve, llegar a la condición divina, creando con tal posibilidad la finalización de los mundos, tanto el terrenal como el divino.
Finalizó el profesor Cáceres el cuento, con el reparto de bolsitas con golosinas. Quedó perplejo, cuando el hijo de Tomás y Emilse, no aceptó el regalo y sin haber entendido nada o habiéndolo entendido todo, le dijo con enojo y determinación: ¡Jorgito soy yo!
Continuará....