En La Vanguardia sale un artículo muy interesante: “Perversiones del cristianismo” de Xavier Morlans,
El autor critica una interpretación individualista de la salvación cristiana, entendida como algo puramente personal y desligado de la comunidad, la justicia social, la responsabilidad ecológica. Esta visión habría sido reforzada históricamente por ciertos énfasis del protestantismo en la “salvación personal”.
El artículo sostiene que, cuando esta idea se separa de otras dimensiones esenciales del cristianismo —como la teología de la creación o la dignidad humana— puede terminar justificando graves injusticias históricas, el genocidio de pueblos nativos en Norteamérica, la esclavitud de millones de africanos.
Y afirma que hoy sigue alimentando políticas hostiles hacia inmigrantes latinoamericanos, acciones militares como bombardeos en Oriente Medio, discursos religiosos que legitiman estas decisiones políticas.
No está atacando a una confesión concreta, sino mostrando cómo ciertas interpretaciones —cuando se aíslan de otras verdades teológicas— pueden derivar en: una espiritualidad desconectada de la justicia, una religión usada para legitimar poder político, una pérdida del sentido comunitario del Evangelio.
El texto sostiene que una visión individualista de la salvación cristiana —entendida como algo exclusivamente personal y desligado de la comunidad, de la justicia social y de la responsabilidad ecológica— es, en parte, fruto del énfasis protestante en la salvación individual. Cuando esta idea se separa de otras dimensiones esenciales del cristianismo, como la teología de la creación o la teología de los derechos humanos, puede convertirse en una justificación religiosa para graves injusticias históricas.
Según el autor, esta concepción contribuyó a legitimar el genocidio de los pueblos nativos de Norteamérica y la esclavitud de millones de africanos. Además, afirma que la misma lógica continúa operando hoy, sirviendo de base espiritual para la persecución de inmigrantes latinoamericanos y para acciones militares como el bombardeo de poblaciones iraníes, todo ello acompañado por oraciones de intercesión que, en su opinión, resultan blasfemas al pretender avalar religiosamente decisiones políticas violentas.
El artículo es, ante todo, una crítica interna al cristianismo desde categorías teológicas clásicas. Morlans no cuestiona el núcleo de la fe cristiana, sino ciertas interpretaciones históricas que, según él, se alejaron del Evangelio.
El análisis ético es probablemente el más contundente del artículo. Morlans sostiene que estas distorsiones no son solo errores conceptuales, sino que han tenido consecuencias morales devastadoras.
Desde esta perspectiva, es una llamada ética a desenmascarar los usos ideológicos de la religión y a recuperar un cristianismo centrado en la dignidad humana, la justicia y la misericordia.
Propone una purificación del cristianismo desde dentro: volver al Jesús histórico y al Evangelio para corregir desviaciones que surgieron por influencias culturales, filosóficas o políticas. Teológicamente, es una defensa de un cristianismo encarnado, misericordioso y comunitario. Históricamente, es un ejercicio de autocrítica. Éticamente, es una denuncia de cómo ciertas interpretaciones religiosas han servido para justificar violencia, opresión y exclusión.
El artículo expone que, a lo largo de dos mil años, el cristianismo ha conservado lo esencial del mensaje de Jesús, pero también ha sufrido desviaciones profundas respecto a su sentido original. La primera es la separación entre alma y cuerpo, introducida en el siglo III, que llevó a una visión negativa del cuerpo a pesar de que la Encarnación afirma la unidad de la persona.
La segunda es la distinción entre puro e impuro aplicada al matrimonio de los clérigos, que desde el siglo IV impuso la continencia obligatoria sin fundamento en la enseñanza de Jesús.
La tercera es la faraonización de Dios, es decir, la tendencia a imaginarlo como un monarca absoluto y no como una fuente de amor generoso, algo denunciado por teólogos y místicos.
La cuarta es la concepción jurídica de la salvación, nacida en la Edad Media, que presenta a Dios como un señor feudal ofendido que exige la muerte de su Hijo, cuando la salvación cristiana consiste en recibir el Espíritu Santo que perdona y transforma, y los sufrimientos de Cristo son redentores solo en cuanto conducen a la Resurrección.
La quinta es la santidad entendida como perfección moral individual, influida por el estoicismo, que pervierte la experiencia cristiana de la misericordia y reproduce actitudes farisaicas.
La sexta es la concepción individualista de la salvación, desconectada de su dimensión comunitaria, social y ecológica, que en parte proviene del énfasis protestante en la salvación personal y que, separada de otras verdades como la teología de la creación y los derechos humanos, llegó a justificar el genocidio de los nativos de Norteamérica, la esclavitud de millones de africanos y, en la actualidad, la persecución de inmigrantes latinos y bombardeos en Irán legitimados mediante discursos religiosos.