Nos hemos acostumbrado a una idea bastante curiosa de la seguridad: cuando sucede algo, ponemos una cámara. Si vuelve a suceder, ponemos dos. Y si seguimos sin resolver el problema, instalamos otra con más resolución.
El resultado son ciudades con miles de ojos electrónicos mirando permanentemente. El problema es que mirar no equivale necesariamente a ver y entender y, mucho menos, a anticiparse.
La videovigilancia es útil. Sería absurdo negarlo. Permite comprobar qué ocurrió, reconstruir incidentes, identificar determinados comportamientos, hacer seguimientos y aportar evidencia. Pero tiene una limitación bastante elemental: una cámara registra aquello que puede ver. Y para que esa imagen sirva para intervenir en tiempo real hace falta, además, que alguien, una persona o un sistema automatizado, la esté analizando cuando ocurre el incidente, y con mil cámaras conectadas a la vez, eso nunca pasa.
Hay otra cuestión menos visible. Una imagen en la que una persona resulta identificada o identificable constituye un dato personal. La Agencia Española de Protección de Datos lo recuerda expresamente y exige que la videovigilancia respete, entre otros, los principios de proporcionalidad y minimización. Es más: la propia AEPD señala que debería acudirse a la videovigilancia cuando no sea posible utilizar medios menos intrusivos para la privacidad.
Quizá convendría tomarnos en serio esa última frase.
Porque no todo lo que necesitamos conocer sobre una ciudad requiere saber quién está allí.
Necesitamos saber si aumenta bruscamente la concentración de personas. Si alguien entra en una zona restringida. Si aparece un ruido anómalo. Si se produce una vibración donde no debería existir. Si cambian determinadas condiciones ambientales. Si una infraestructura está comportándose de manera extraña. Si un flujo de personas cambia súbitamente de dirección.
Eso es información situacional.
Y ahí entra la sensórica.
Un sensor puede decirnos mucho sobre lo que está ocurriendo sin necesidad de saber que la señora que pasa por delante se llama María, que el señor que está a su lado es Antonio o cómo son sus caras. Esa diferencia no es menor. Es otra manera de diseñar la seguridad: obtener la información necesaria intentando reducir la captación de datos personales. Encaja, además, con la lógica de protección de datos por defecto que exige minimizar cantidad, extensión, conservación y accesibilidad de los datos personales tratados.
También obliga a reconocer los límites. Un sensor convencional no descubre mágicamente una pistola oculta bajo una chaqueta o un machete en la pernera de un pantalón, del mismo modo que una cámara convencional tampoco ve necesariamente lo que está oculto. Pero sí lo hace un sensor especializado. Detectar armas escondidas exige tecnologías específicas y plantea sus propios problemas técnicos, jurídicos y de proporcionalidad. Vender lo contrario sería hacer publicidad, no ingeniería.
Lo interesante aparece cuando dejamos de preguntar «¿qué cámara ponemos?» y empezamos preguntando «¿qué necesitamos detectar?».
En Magenta Technologies estamos desarrollando SENSE precisamente desde esa lógica. Es una arquitectura de sensorización distribuida orientada a generar conciencia situacional, comunicaciones resilientes y alerta temprana, incluso en escenarios donde la conectividad convencional está degradada o no está disponible. En una validación municipal propuesta para el proyecto ya se contemplaban usos como protección civil, emergencias, monitorización de zonas sensibles, detección temprana de incidencias y despliegues temporales. Carta de Interés Magenta, además, plantea su desarrollo combinando tecnología, seguridad, protección de datos, cumplimiento y capacidad operativa, no como compartimentos separados.
No se trata, por tanto, de declarar la guerra a las cámaras. Se trata de dejar de utilizarlas como respuesta automática a cualquier problema de seguridad.
La arquitectura más inteligente probablemente sea híbrida: sensores para detectar y alertar; cámaras para verificar cuando resulte necesario; y personas para decidir.
Si un conjunto de sensores detecta una anomalía relevante, el sistema puede generar una alerta. Entonces, cuando exista base jurídica y sea técnicamente apropiado, la videovigilancia puede aportar contexto visual. No hace falta convertir cada minuto de vida urbana en imágenes por si algún día ocurre algo.
Llevamos años intentando construir ciudades inteligentes llenándolas de cámaras.
Quizá la ciudad verdaderamente inteligente sea la que sepa cuándo necesita mirar.
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