En el noble teatro del deporte, donde los valores olímpicos deberían brillar, hemos presenciado el acto más predecible: la readmisión de Rusia. El Comité Olímpico Internacional, cual equilibrista en la cuerda floja, ha decidido que, sin antagonistas, el circo pierde su encanto y no pueden cobrar las regalías a las que están acostumbrados. Y lo ha hecho con nocturnidad y alevosía.
Lo que sí queda claro, es que el deporte no es una cuestión de valores, no nos engañemos. Es una cuestión de negocio. La pista sin un villano de peso no vende entradas. Y aquí, con una flexibilidad moral que haría sonrojar a cualquier acróbata, pasamos de “sanciones” a “bienvenidos de nuevo, no nos dejen sin espectáculo”. Putin ha ganado e impondrá sus condiciones, no lo dudemos.
El fair play es una bonita consigna, pero la verdadera medalla de oro es el equilibrio financiero. Sin Rusia, no hay villano. Sin villano, no hay quien pague la entrada. El COI lo sabe bien: no hay valor que iguale al espectáculo. Así que, con una mano se levanta la sanción y con la otra se venden entradas.
¡Aplausos! El show no se detiene.
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