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Ciclos: comienzos y finales

12 de Enero de 2026
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Ciclos  comienzos y finales

El primer día de enero. Para muchos, esta frase evoca cava, resoluciones y un cambio de agenda. Pero esta fecha es sólo un acuerdo, una convención entre muchas.

La sensación de un ciclo que termina y otro que comienza es universal, pero su anclaje en el calendario es profundamente subjetivo, un espejo de cosmologías, religiones y relaciones únicas con la naturaleza.

El concepto de «Año Nuevo» es, en esencia, una narrativa cultural. Es el momento en el que una sociedad colectivamente hace una pausa, marca un límite imaginario en el flujo continuo del tiempo, y se concede la oportunidad del renacimiento. Ese límite, sin embargo, utiliza puntos radicalmente distintos del gran reloj cósmico.

Nuestra referencia occidental más directa nace con el Calendario Juliano. Instituido por Julio César en el 45 a.C., fijó el inicio del año en el 1 de enero, alejándose de los antiguos comienzos romanos vinculados a los equinoccios.

Era un calendario que abarcó todo el imperio y su orden administrativo. Su error de cálculo, sin embargo, hizo que lentamente se desfasara de las estaciones.

Esta deriva llevó a la reforma del Calendario Gregoriano en 1582. Una corrección técnica ordenada por el Papa Gregorio XIII para ajustar la fecha de la Pascua.

Se suprimieron días y se refinó el sistema de años bisiestos. Es el calendario civil que hoy conocemos, un triunfo de la precisión solar y de la influencia cultural europea. Su Año Nuevo, el 1 de enero, carece de significado astronómico o agrícola profundo; sólo es la consecuencia de un consenso.

En marcado contraste, el Calendario Musulmán o Hijri es puramente lunar. Sus meses comienzan con la llegada de la luna nueva. Un año lunar es unos 11 días más corto que el solar.

Por ello, el Año Nuevo islámico retrocede cada año por las estaciones.

No es una fiesta de celebraciones bulliciosas, sino de reflexión y recuerdo de la Hégira de Mahoma, su huida de La Meca a Medina. El ciclo aquí es devocional, y desvinculado de las labores de la tierra.

El Calendario Judío, en cambio, es lunisolar. Combina los meses lunares con ajustes periódicos (añadiendo un mes) para mantener las festividades en sus estaciones bíblicas. El Año Nuevo judío cae generalmente en septiembre u octubre.

Conmemora la creación del mundo y es un día de juicio divino. Es un inicio solemne, introspectivo, que inaugura un período de 10 días de arrepentimiento. El ciclo anual judío está tejido con historia, ley y agricultura.

En el Calendario Chino, también lunisolar, encontramos un Año Nuevo que es sinónimo de transformación. Ocurre entre el 21 de enero y el 20 de febrero, con la segunda luna nueva tras el solsticio de invierno. Celebra el paso del invierno a la primavera, el despertar de la tierra.

En la cultura vasca tenemos por esas fechas (a primeros de febrero) los coros de Santa Águeda. Otra forma de despertar la tierra a golpe de «makilas».

En el calendario chino, cada año se rige por un animal zodiacal y un elemento. Es un reinicio familiar, social y natural, donde se limpia la casa para dar la bienvenida a la nueva fortuna.

El mundo andino, con los incas, tenía un calendario marcado por los solsticios. La Fiesta del Sol, en el solsticio de junio, era un punto crucial. Era el «Año Nuevo» solar, un ritual para asegurar el retorno del Sol y la fertilidad.

El tiempo se medía por la posición de los astros y las necesidades agrícolas. El ciclo era una conversación sagrada con el cosmos, de la que dependía la supervivencia.

La cosmovisión maya nos legó varios calendarios de asombrosa complejidad. Un calendario solar de 365 días para la agricultura.

Otro de 260 días, que combinaba 20 días con 13 números, para propósitos rituales y adivinatorios…

El ciclo de 52 años, donde coincidían ambos, era un «siglo» mesoamericano de gran significado. Para los mayas, el tiempo no era lineal, sino cíclico y cargado de cualidades espirituales. Cada día tenía una esencia. El «Año Nuevo» era una renovación de estos ciclos entrelazados, un reajuste de las energías del tiempo.

El Calendario Astrológico occidental, por su parte, comienza de manera no oficial con Aries en el equinoccio de primavera (alrededor del 21 de marzo en el hemisferio norte). Este punto, cuando el día y la noche se equilibran, se siente para muchos como un inicio más «natural» y dinámico. Es el renacer de la luz, un símbolo potente de nuevos comienzos personales y proyectos.

En la era contemporánea, han surgido sistemas como el Diseño Humano, que también aporta su calendario. Además del Año Nuevo individual, el «cumpleaños solar», cuando el Sol vuelve a colocarse en la posición exacta de nacimiento, Diseño Humano coloca el comienzo de un nuevo ciclo anual de experiencias en el momento en el que el Sol activa la puerta 41, alrededor del 22 de enero.

Algo debe ser dejado atrás para que otra realidad emerja. La semilla de una nueva posibilidad, de un nuevo anhelo, se implanta en la psique del ser humano. La tensión de la ausencia o del vacío busca alivio a través de un sueño, una visión, una fantasía que aún no tiene forma.

¿Qué revela toda esta diversidad a la hora de contemplar los ciclos? Que la necesidad de marcar un final y un principio es humana, pero su ubicación es cultural.

Para un agricultor, el ciclo termina con la cosecha. Para un estudiante, en junio. Para un gestor, el 31 de diciembre. Para una persona devota de una religión, un hecho crucial de ese credo.

La emoción del «Año Nuevo» es transportable. Podemos sentirla al mirar la primera luna creciente de los musulmanes, al escuchar el shofar de los judíos, al ver los fuegos artificiales sobre Sidney, al limpiar la casa antes del Año Nuevo chino, o en el silencio introspectivo de un cumpleaños solar.

El tiempo objetivo es uno: la Tierra orbitando al Sol y la Luna a la Tierra. Pero el tiempo vivido, el tiempo subjetivo, es otro. Está tejido con historias, dioses, estaciones, miedos y esperanzas. Cada cultura corta, de la tela continua del cosmos, un vestido de tiempo a su medida.

Celebrar un Año Nuevo es, en el fondo, un acto de fe en el futuro y de narrativa. Es decir: «Aquí, en este punto que nosotros elegimos como significativo, la historia se reinicia. Lo pasado termina y lo nuevo es posible».

Ya sea bajo la nieve de enero, la luna creciente de la Hégira, o el Sol renaciente del Inti Raymi, el corazón humano anhela ese punto de inflexión, ese portal simbólico hacia la renovación.

Hace pocos días, hemos brindado la venida del 1 de enero. Valdrá la pena recordar, entonces, que estamos participando en sólo una de las muchas formas en las que la humanidad dibuja círculos en el tiempo. Y que, en algún otro lugar, alguien está esperando, con igual esperanza y con igual derecho, la próxima luna, el próximo solsticio, para volver a empezar.

Salud para ti y los tuyos.

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