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Carnaval. Capítulo VII. Akahatá

29 de Diciembre de 2025
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carnaval

La combinación de sonidos festivos que se emitían desde el club social, marcaban el fin del tarde y el inicio de la temporada de carnaval. Tiempo dónde el sacarse o ponerse la careta representaba la acción trascendental de un pueblo, que por un par de fin de semanas, conjuraba de tal manera, su insoportable y anodina forma de ser ante el mundo. 

No había quién, no practicara con enjundia y demoníaca vitalidad los diversos compases, o en su defecto, no confeccionara los trajes, atestados de lentejuelas y plumas, preparara los carruajes adornados y vestidos para la ocasión, o ultimara detalles para dejar engalanada la calle principal para que todos se dieran cita en las noches mágicas en la que los pobladores, abandonaban, obedeciendo el ritual, su carne determinada y habitual, para mostrarse ante sí y ante los otros de una manera distinta y adversarial.  

En tal juego de disfraces, Jorgito entendería que su ropaje natural le había concedido a su piel la tonalidad marrón. A imagen y semejanza del color de la laguna, de la arena mojada y del común de sus deposiciones, que cuando se producían sin control o accidentalmente, su madre le comunicaba, con fútil resignación a su padre "el gurí se desgració". No advertiría nunca que la misma palabra se empleaba cuando una joven perdía la virginidad y casi todo el pueblo daba cuenta de ello, ante la gravidez posterior, y que por tanto, la desgracia se consagraba en un embarazo sin el sacramento previo del casamiento, cómo también en no ser de piel blanca, o ser marrón. 

Para Tomás como para otros, la oportunidad festiva significaba un horizonte válido para tomar con mayor justificación. Luego de faenas vinculadas a embellecer el pueblo, el escape inercial a la opresión, brindaba una ventana segura para que Baco, de quién nunca supo escuchar, hiciera de las suyas, en el cuerpo inundado de alcohol y con ello, el padre de Jorgito, olvidara, al menos por breves instantes que no huiría nunca de su irredento destino de peón o chaperón. 

Para Juan Ramón, el peluquero, sin embargo, el carnaval se constituía en los momentos más felices y dichosos que la existencia le otorgaba. En ese puñado de días, daba rienda suelta a su otro yo, que ocultaba torpemente y sin eficacia, el resto del año, cuando peinaba y maquillaba a las mujeres de Mburucuyá. Sacaba para entonces a "Marilú" del ropero y la convertía en una estrella de la festividad. 

Tanto el Intendente, el comisario, y demás autoridades del pueblo, hacían denodados esfuerzos, para que sus respectivas esposas no notaran las reacciones espontáneas que sus cuerpos emitían ante las seductoras contorsiones del peluquero que dejaba ver al desnudo sus gráciles piernas y glúteo. Responsabilizaban a las copas de más y al ambiente carnavalesco por tamaña afrenta a la hombría y por no poder dejar de mirar aquello que dios y las buenas costumbres determinaban como expresamente vedado. 

Pasaría un nuevo carnaval y con ello el período dónde este tipo de digresiones, como otras, se dejarían pasar anecdóticamente, para que se consolide como máxima irrevocable la permanencia inalterable de la pobreza material y espiritual. 

Estallaban las redes sociales con los respectivos posteos de lo maravilloso que todo había sido. Para Jorgito lo singular fue su encuentro en tal carnaval con Francisco, el hijo del diputado, que por primera y única vez pisó el arenal, ataviado con su remera oficial del equipo de Boca Juniors y unas zapatillas de marca americana, de blanca e inmaculada piel como el vestido de una quinceañera o casamentera, le dijo a Jorgito; "Vení, vamos a jugar". 

Aquellas horas de divertimento infantil entre dos seres únicos e irrepetibles, que de acuerdo a la norma instituida, tendrían los mismos derechos consagrados y con ello, iguales oportunidades quedarían registrados en el espíritu de Jorgito de manera imborrable. 

En lo indómito, impensado y azaroso de tal experiencia de lo humano, que escapó de los procedimientos, de las formas, de lo establecido y normado, se consolidaría la actitud iconoclasta e irreverente de aquel niño huérfano de dioses y padrinazgos que sin saberlo, dejaría un nuevo testimonio de los pasos dados de un nuevo "akahatá" que de tanto en tanto se le escapan de las manos a los celestiales que juegan con nosotros a los dados.

Continuará...

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