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Capítulo II "Akahatá"

30 de Noviembre de 2025
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España vaciada. Capítulo II "Akahatá" pueblo

Las campanas de la Iglesia anunciaban las horas últimas del domingo largo. Para Tomás era la señal inequívoca que debía dejar de beber, Emilce sin embargo, tenía que estar más atenta que en ningún otro momento de la jornada, dado que Jorgito, al escucharlas, salía sin remedio, en dirección a la plaza principal. 

El padre Mario, había dormido mal, pensando en las palabras justas y adecuadas que usaría en el sermón. Entendía, con cristiana resignación, que eran las afrentas demoníacas que combatía cotidianamente y por ello aferrándose a una estampita de San Benito, tomó valor sagrado, nuevamente, para que nada malo sucediera. 

El comisario, el juez de paz y el dueño del mayorista, ya estaban en la primera fila de los bancos, acompañados de sus respectivas esposas que libraban una batalla silente, sórdida y subrepticia, para destacarse en vestimentas y peinados. 

En la plaza, aguardaba el inicio de la liturgia la Señorita Carmen, solterona y con la inveterada costumbre de entender el tiempo a su manera, contaba con la personalidad suficiente para no dar importancia a los comentarios insidiosos que pululaban sobre ella y su determinante rol como maestra de escuela. 

La tropilla de caballos, levantaba polvareda al caer la tarde, se complementaba tal espectáculo con el inicio de la misa, a su raudo paso, se topó la misma con la ebullición infantil de Jorgito, que en su afán de encontrarse con el sonido del campanario, en enredó con el trote de los animales y con ello se aseguró por vez primera, ver las estrellas en sentido lato. 

Se despertó, luego de un indeterminado tiempo, bajo el mismo sonido de campanas, pero esta vez dentro de la escuela. La señorita Carmen tomaba asistencia. A Jorgito le costaba seguir el curso de la clase. Muchos dirían, que se debía al golpazo de aquella tarde cuando el canto de los sirirí anunciaron algo más que la tormenta. Cuando en el pizarrón la maestra escribía los números y signos, Jorgito buscaba entre el dulzor del ñangapirí, las hojas del Ambay o las ramas del Timbó, esas extrañas expresiones, que eran fundamentales para la vida, tal como recordaba con insistente autoridad Carmen, quién acalorada por la menopausia, canjeaba falta de paciencia por firmeza ejemplar. 

La niña María de las Mercedes, la única con doble nombre y doble apellido, hija del doctor, de piel blanca como la pureza de la virgen, cumplía años y festejaría en el club social. Su "santo ara" se celebraba a toda gala y orquesta incorporándose al calendario de las fiestas oficiales de uno de los tantos pueblos, bajo el patronazgo de San Antonio. 

Emilce, en pleno uso de su instinto maternal, sentía, con la fuerza de las intuiciones sin explicación racional, que Jorgito no tendría que estar en la celebración, pese a los deseos fervientes del niño que jugaba con María de las Mercedes, a las sonrisas y miradas entrecruzadas, en medio de los números, las fechas de batallas y los límites geográficos que ofrecía la escolaridad. 

Aquella noche, llegó Tomás, luego de revocar las paredes del comité. "En unos meses se va a votar y vamos a volver a ganar" fue la frase que fungió como orden por parte del patrón, que acomodado siempre con los ganadores, conocía a la perfección el arte de no perder. Jorgito, cumpliendo el ritual ante la llegada de su padre, fue impulsivamente a sus brazos, para jugar a la "luchita". Abortó Emilce la rutina, tal como la naturaleza cuando interrumpió su segundo embarazo y la dejó yerma. "Caté de ma´la guaynita, no va a ir a la fiesta" expresó con frialdad. 

La calle principal del pueblo, cortada por la camioneta de la policía, se engalanaba con la banda musical oficial. El club social decorado por elementos varios llegados especialmente de la capital, aguardaban la llegada de los gurises. La fiesta se extendía hasta el mundo virtual. El intendente municipal había subido los saludos oficiales a María de las Mercedes. Nunca nadie supo como, Jorgito se las ingenio para estar. Llevaba en sus roídos bolsillos unas plumas de cabureí a modo de regalo. Sin embargo e inesperadamente, la sorpresa sería otra y mayor. Mabel, la hermana de Carmen y curandera del pueblo, vió por primera vez en los ojos del niño, la señal que esperaba durante años...Jorgito mediante, los arcanos se abrieron, para nunca más cerrarse y con ello la historia tomaría otro rumbo, otro color, de exigencia y sacrificios, inusitados...

Continuará....

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