Ya no hay límites para el insulto, la mentira y la bajeza moral puesta de manifiesto, una vez más, hace unos días en el Pleno de la Asamblea de Madrid por el consejero de cultura, Mariano de Paco, donde dijo que el calor puede ser fuente de inspiración, para respaldar a la consejera de educación, Mercedes Zarzalejo, quien afirmó que cuando hace calor, hace calor, como réplica a las denuncias de la oposición y de numerosos AMPAS, por la falta de climatización en las aulas de los colegios que ha provocado numerosos golpes de calor entre los alumnos. Desdén inhumano por los problemas que padecen los súbditos, en línea con el discurso de la Presidenta Ayuso cuando se encuentra entre la espada y la pared. La actitud más despreciativa es la que mantiene con las familias de los 7.291 fallecidos en las residencias públicas durante la pandemia del COVID, por los protocolos de la vergüenza aplicados por su Gobierno que prohibían derivar a los ancianos con una segunda enfermedad a los hospitales.
Ayuso aún no ha recibido a las familiares a los que dedicó en tono despiadado la famosa frase de: no se salvaban en ningún sitio. El epítome del tono altanero y ultrajante que gasta la derecha madrileña cuando se siente acorralada, fue la declaración, en 2022, del entonces portavoz del Gobierno madrileño y hoy presidente de la Asamblea, Enrique Ossorio, cuando en tono jocoso lanzó la pregunta al aire de ¿Dónde están los pobres, que yo los vea?, como repuesta al informe de Cáritas sobre el aumento de la exclusión social.
En el ámbito de la política nacional el desbarre verbal comenzó con la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa, al amparo del concepto de Posverdad que alcanzo relevancia mundial en 2016, cuando el diccionario de Oxford lo catalogó como palabra del año, aunque surgió en 1992, en un artículo firmado por el dramaturgo Steve Tesich publicado por la revista The Nation, donde apuntaba que la verdad objetiva tiene menos influencia en la formación de la opinión pública, que las apelaciones a las emociones y las creencias. En decir, que la Posverdad borra de un plumazo la distinción entre lo verdadero y lo falso, para priorizar el mensaje, el relato, emocional.
Éste mimbre teórico abrió la espita para la mentira y la hipérbole interesadas y propició el discurso simple, vacío de argumentos, que viene sirviendo a la derecha y ultraderecha para sumergirse en un crescendo que ha derivado en el insulto descarado—me gusta la fruta de Ayuso—, o falaz expresado en un comunicado reciente del PP donde afirma, sin prueba alguna, que existe una delincuencia de Estado que persigue al que estorba, para evitar que se investiguen los delitos del entorno del presidente. Por no mentar los de Abascal que buscan, directamente el enfrentamiento: el suyo es un Gobierno ilegítimo, negligente, criminal, mafia, y otras lindezas más.
Ilegitimidad del Gobierno progresista de la que acusó y acusa Feijoo a Sánchez, que degrada del sistema de democracia parlamentaria y ha ido subiendo de grado en vileza de baja estofa cuando, por ejemplo, en una intervención parlamentaria en 2025 lanzó al Presidente esta infame diatriba: ¿De qué prostíbulos ha vivido usted? Ha sido partícipe a título lucrativo del abominable negocio de la prostitución, haciéndose eco de las informaciones sesgadas de su brazo mediático sobre los negocios de saunas, legales, que tuvo su suegro. Días antes, en el Congreso del PP de Baleares, afirmó que el actual Ejecutivo es peor que la mafia. Acusación que amplio en una sesión de control parlamentario: Usted no ha llegado al poder para limpiar nada, sino para saquearlo todo, incluso la decencia.
No puede extrañar qué si el jefe lanza estas acusaciones faltonas y sin pruebas, sus voceros, para hacer méritos, no se paren en barras a la hora de llenar sus declaraciones de mentiras e insultos cada vez más hiperbólicos, como la afirmación del pasado mes de abril, del vocero Miguel Tellado: El poder no hizo corrupto a Sánchez, el poder ha sido un lugar más donde ejercerla. Este es el panorama político en el que nos ha metido la derecha, la ultraderecha y sus poderes fácticos que, de tanto repetir el mismo mantra de mentiras y falsas acusaciones sin pruebas termina por aburrir, por hartar, a la ciudadanía que puede desencadenar el efecto bumerán para los concernidos en el empeño de derribar, como sea, al Gobierno.