Tras los procesos electorales autonómicos que hemos vivido, la elección del Presidente de Andalucía cierra el ciclo y confirma que la derecha articulada en torno al PP ha aceptado a la ultraderecha como animal de compañía, sin otra alternativa posible y sin solución alguna de continuidad.
La derecha española ha cerrado una etapa histórica surgida de la Transición española, a la que algunos han dado en llamar Régimen del 78, para abrir un nuevo escenario político en el que los derechos pactados entre aquellos que dieron en ser denominados padres de la Constitución, son puestos en cuestión en nombre del ultraliberalismo rampante.
Es curioso que ese ultraliberalismo sea aplicado con mano de hierro con los trabajadores y las clases populares, a los que se les priva de derechos esenciales, mientras que quienes ostentan el poder y quienes manejan el dinero trabajan en connivencia absoluta y se benefician de todo tipo de concesiones y sangrías que llenan sus bolsillos y engordan su personalidad deformada y ególatra.
En Andalucía hemos asistido al crecimiento de esas nuevas realidades identitarias, que propician el deterioro de los derechos sociales, para convertirlo en agravio territorial y entre sectores sociales que tienen los mismos problemas, pero son fácilmente víctimas de ese simplismo que nos hace ver al enemigo a nuestro lado.
VOX se ha aupado hasta casi el 14 por ciento de los votos y vuelve a ser determinante para que el PP obtenga una mayoría cómoda de gobierno, a costa de ceder al centralismo, al nacionalismo rancio, a conceptos aparentemente inocuos como el de prioridad nacional. Cesiones olíticas que alimentan la exclusión, la confrontación, la división y la fractura social.
En el lado opuesto se contempla como un éxito inusitado el que Adelante Andalucía se alce con la mitad de los diputados que llegó a en anteriores convocatorias, por más que casi duplique los que obtuvo en la convocatoria inmediatamente anterior. Así, gracias al fracaso de la sopa de siglas de IU, Podemos y Sumar, han quedado investidos como herederos del andalucismo, del nacionalismo y de la izquierda “progresista”, tan partidaria de los agravios comparativos como la derecha ultramontana.
Lo cierto y verdadero es que lo que suele denominarse fuerzas de progreso obtienen 41 de los 109 escaños posibles. El desastre para la izquierda es indiscutible, por más que haya quienes se empeñen en disfrazarlo. El vaso no está ni medio lleno, ni medio vacío, sino muy por debajo de los niveles aceptables.
Mientras la derecha, pese a todas sus discrepancias está dispuesta a entenderse, la izquierda se pierde en todas sus diferencias identitarias que difuminan cualquier intento de unidad. Además, mucha gente en la izquierda empieza a cuestionar que cualquier intento de unidad se intente ventilar en torno a las personas que lideran y los puestos pactados en las listas, en lugar de en torno a ideas fuerza que construyan tendencias sólidas de gobierno.
Para Adelante Andalucía el resto de la izquierda son sucursales de fuerzas políticas con sede en Madrid. Nada de coaliciones, ni cooperación, ni nada que se le parezca. Las limitaciones de estas posiciones son evidentes. A las izquierdas andaluzas no parecen preocuparles los problemas laborales, sociales, o económicos de los andaluces. Todos somos conscientes de los problemas reales pero no podemos ponernos de acuerdo porque unos somos andalucistas y otros no.
La izquierda ha concurrido en tres bloques, tres marcas distintas. Eso permite que muchos votos acaben estancados y no beneficiando a nadie, o aún mejor, beneficiando a la derecha. Andalucía viene así a confirmar que se abre un escenario político tremendamente complicado que nos obliga a replegarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestras individualidades, con identidades irreconciliables.
España se cantonaliza, no sólo territorialmente, sino que también se balcaniza social y económicamente y hasta por opciones y orientaciones sexuales. Para la izquierda esta situación es desastrosa, porque dificulta e impide no sólo la obtención de las mayorías políticas necesarias, sino entendernos como colectivos cohesionados y unidos en torno a proyectos que podemos compartir.
Los tiempos confusos en los que vivimos, de cambios que dan un vuelco al mundo en el que hemos vivido a lo largo de las últimas décadas, harían necesario que la izquierda se lo hiciera mirar, porque lo que está proponiendo en estos momentos conduce directamente al desastre.
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