Todos sabían en el pueblo, surcado por las casas humildes enmarcadas por los senderos de arena, que el brillo de la laguna limpia, escondía un ancestral misterio, que ni siquiera los "arandú" habían podido develar.
Crecía en forma alocada una planta silvestre, cuyos frutos eran el manjar de los animales, y que más allá de su nombre, desnudaba la pasión de un espacio, bendecido por los dioses que pretendían legar a los humanos una tierra sin mal.
Una soporífera tarde de noviembre, Emilce rompió bolsa y ahí nomás llegó Virginia, la partera, que al cabo de un rato de su oficio, gritó: "Macho".
Acababa de nacer "Jorgito" y con él la esperanza de su abnegado padre Tomás, para que trajera un pan bajo el brazo, dado que la cosecha "no venía buena" de acuerdo a lo le decía y pagaba, su Patrón, el temerario Julio de cinto ancho y sonrisa procaz.
La alambrada de la pobreza se extendía sin parar. Con ella, la resignación de quiénes dentro del cerco, no dejaban de campear el temporal.
Con el privilegio de los que no se detienen a pensar, Jorgito dió sus primeros pasos, dos semanas después de decir por primera vez la palabra "papá".
La tía Beatriz organizó la ceremonia del baño, en la laguna limpia, para que a Jorgito le acompañe por siempre la dicha y que nunca deje su tierra natal.
El tiempo detenido en tal pintura celestial, no podía retratar que el "cunumí" iba siempre detrás, junto a los pollitos de las gallinas, de la pollera de su mamá.
Luego de la tormenta de Agosto, se presentó en el rancho, la señora Estela, esposa del patrón. Con ropas de ciudad y gesto adusto, luego de sentar a Emilce y Tomás les advirtió: "O la criatura comienza la escuela o me lo voy a llevar".
Caía la noche en Mburucuyá y a Jorgito, sin que se diera cuenta, le habían arrebatado la inocencia y mucho más...
Continuará....