"Amamos a nuestro país desde la herida, en lugar de amarlo desde la dignidad." Estas palabras de la periodista mexicana Lydia Cacho, una mujer valiente que ha documentado los horrores que preferiríamos no ver, incentivan esta reflexión. Cada mes de septiembre, todo México vuelve a gritar "¡Viva!" desde los balcones, plazas, calles y hogares. Pero ¿qué amamos realmente cuando gritamos?.
El grito que no queremos escuchar
Hace 216 años, el cura Miguel Hidalgo hizo repicar la campana de Dolores, un acto de rebeldía de un descendiente de españoles que había entendido que la libertad no podía ser un privilegio de algunos, sino un derecho de todos, y que ser mexicano era más importante que ser español. Así, bajo el estandarte de la Guadalupana, símbolo de identidad mexicana, mestiza e indígena, miles encontraron una causa común: la libertad y el nacimiento de una nación propia.
Cuando leemos sobre esta fecha histórica nombres como Ignacio Allende, Vicente Guerrero o José María Morelos y Pavón son bien conocidos, pero poco sabemos sobre las mujeres que hicieron posible el movimiento.
Leona Vicario, quien a los 21 años abandonó su comodidad criolla para convertirse en espía de los insurgentes, financiando con sus propios bienes la independencia y escribiendo con seudónimos masculinos. Leona no fue simplemente “la mujer que ayudó a la causa”; fue una heroína y agente de la insurgencia. Cuando fue capturada, enfrentó la cárcel, el destierro, y la persecución.
Josefa Ortiz Téllez-Girón, "La Corregidora", que a los 37 años conspiró activamente contra la Corona española desde Querétaro, escondió armas y provisiones en su casa, reclutó oficiales y enviaba mensajes cifrados planeando la insurrección con la precisión de una estratega. Al ser descubierta, consiguió hacer llegar el aviso a los insurgentes, su acción contribuyó a que el levantamiento que estaba previsto para una fecha posterior comenzara la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Fue encarcelada en un convento, y posteriormente pasó sus últimos años ciega y empobrecida, recordada solo a pie de página junto a un “de Domínguez”.
Gertrudis Bocanegra, quien coordinaba las redes de espionaje desde Pátzcuaro, Michoacán, transportó información y mensajes, participando en la resistencia incluso después de que su esposo y uno de sus hijos murieran en la guerra. Cuando fue capturada, la torturaron e interrogaron para que delatara a sus compañeros insurgentes, pero ella se negó. Fue condenada y fusilada en la plaza pública en 1817 a los 52 años.
María Manuela Medina, “La Capitana”, una mujer indígena de Taxco que se unió a la causa, levantó una compañía y recibió el grado de capitana. Combatió en el campo de batalla, participó en múltiples acciones militares y dirigió tropas insurgentes. Una mujer que no se limitó a apoyar la independencia, tomó las armas y luchó por ella.
Ellas representan solo algunas de las miles de mujeres que murieron anonimizadas, luchando por una nación democrática e independiente. Son el grito que seguimos sin querer escuchar, cada vez que ignoramos y desacreditamos las voces de las mujeres y niñas mexicanas. La mayoría de ellas nunca tendrá un monumento, ni avenidas que lleven sus nombres, pero sin ellas no existiría nuestro país como lo conocemos hoy.
El nuevo colonialismo: cuando el capital reemplaza al cañón
Hoy, en 2026, México enfrenta un colonialismo distinto pero infinitamente más sofisticado que el de 1810. No llegan soldados en barcos, sino algoritmos en servidores. No hay tratados extractivos sobre papel, sino contratos de código abierto donde grandes corporaciones tecnológicas dictaminan qué es verdadero, qué es relevante, y qué historias merecen ser contadas.
La Inteligencia Artificial, esa herramienta que prometía democratizar el conocimiento, está siendo diseñada desde Silicon Valley y Beijing de formas que replican exactamente las mismas jerarquías: lo impuesto como parámetro de verdad, lo "en desarrollo" como problema a resolver, y las culturas no hegemónicas como datos a procesar, manipular y rentabilizar. El mensaje es claro: ni entonces, ni ahora, vendrán a salvarnos.
México en el mundo
Se estima que hay 12 millones de mexicanas y mexicanos viviendo fuera, pero mirando adentro. Sueñan en español, comen nostalgias en las cocinas de apartamentos europeos o norteamericanos, celebran el 16 de septiembre con videos o gritos vistos en streaming. Pero hay un peligro en esa lejanía: la romantización. Desde la distancia es fácil caer en la trampa del folclore: la imagen de México reducida a colores, canciones, y un tequila bien servido.
Porque allá está el verdadero México, el que no viaja en maletas ni se embala en botellas. Es el de las mujeres que no tienen pasaporte, que nunca saldrán de sus pueblos, que cargan con la herida de la desigualdad, del despojo y de la violencia. Son las mujeres indígenas que defienden el territorio mientras el Estado las mata. Son las madres de desaparecidos que llevan décadas gritando en las calles y hundiendo baras metálicas en narcofosas para encontrar al menos los cadáveres de sus hijos e hijas. Son las trabajadoras sexuales, las migrantes, las que lloran cada día sin que nadie las vea.
La Catrina Garbancera
El hidrocálido José Guadalupe Posada dibujó la Catrina Garbancera como una metáfora mordaz: aquella figura que representaba a quienes se avergonzaban de sus raíces indígenas y aspiraban a adoptar las modas y apariencias de las élites europeas. Era una crítica a la colonización del pensamiento, a la creencia de que lo extranjero siempre es superior, y lo mexicano vulgar.
Cuántas personas se ven tentadas a llevar esa catrina adentro, tomándose un tequila mientras se disculpan por su acento al hablar inglés, y al visitar su país, fingen que olvidaron cómo hablar español, o derrochan dólares para presumir que están viviendo el “sueño americano”. Algunas otras prefieren vivir el “sueño europeo”, y toman fotos “aesthetic” para subir a sus redes, algunas también fingen el acento, aprovechando cada oportunidad para referirse al pariente consanguíneo en cuarto grado con raíces españolas. Ambas saben que detrás de todas esas apariencias, el corazón les sigue latiendo fuerte cada vez que regresan a casa, porque en lo más profundo de sí mismas, reconocen que la calidez de México no lo encontrarán en ningún otro lugar del mundo y que es momento de dejar de observar su país con los ojos críticos del visitante externo, para comenzar a amarlo con los ojos del migrante que allá lejos, y cuando nadie está mirando, pasa dificultades, enfrenta la discriminación y sabe que sin importar lo que haga, siempre será un extranjero en tierras lejanas.
El folclore, el tequila, las flores, Frida Kahlo convertida en bolsa de diseño, todo eso es la Catrina Garbancera del México contemporáneo. Ni siquiera es colonialismo impuesto desde afuera, es el que hemos interiorizado: la creencia de que México es hermoso solo cuando es exótico, cuando es seguro y entretenido, cuando es Coyoacán o Polanco, pero no Ecatepec, cuando es el pasado mítico, pero no el presente sangrante.
Reconocernos
Si vamos a gritar "¡Viva México!" este 16 de septiembre debemos hacerlo con los ojos abiertos. México vive en la resistencia de sus pueblos indígenas que han sostenido la biodiversidad mientras el mundo los ignoraba. Es la dignidad de sus maestras rurales que enseñan a leer a las niñas en sus comunidades. Es la valentía de sus periodistas que escriben sabiendo que pueden morir. Es la labor de sus trabajadoras domésticas que construyen hogares ajenos mientras sus propios hijos las extrañan.
México merece ser amado desde la dignidad, no desde la herida. Y eso significa atrevernos a describirnos desde adentro, no desde la mirada extranjera. Las grandes potencias seguirán dibujándonos a su antojo, con ese sombrero de lado, o detrás de un nopal. Pero nosotros podemos decidir cómo nos autoprecibimos al mirarnos en el espejo.
Los colores de la resistencia
Hay una belleza que no aparece en las postales de turismo: la de las manos de nuestras abuelas, curtidas por el trabajo, sabias por el sufrimiento. La de la piel de las mujeres que siguen labrando la tierra que sus abuelos defendieron. La de los ojos de las niñas indígenas que aprenden a leer en sus lenguas maternas, negándose a ser asimiladas y reclamando el derecho a existir en sus propios términos.
Porque eso es lo que significa ser mujer en México en 2026: resistir, sostener y honrar sin olvidar. Amar desde el conocimiento, y no desde la ingenuidad.
Las Leonas y Corregidoras de nuestro tiempo no están menos vivas que en 1810. Están en los colectivos que buscan desaparecidos, en las defensoras del territorio, en las abogadas que denuncian crímenes, en las maestras que educan desde la dignidad para que aprendamos a pensar y no a obedecer.
Están también en mujeres periodistas como Lydia Cacho, quien a pesar de las amenazas, la tortura y el exilio, sigue escribiendo y alzando la voz contra la injusticia y la violencia. Están en las mujeres que no tienen plataformas, pero tienen coraje.
Un grito diferente
Este 16 de septiembre, cuando suene la campana, y cuando se grite "¡Viva México!", que ese grito honre también a quienes permanecen en el olvido. Que nuestro grito no sea nostalgia turística ni fetichismo político, sino reconocimiento genuino de lo que significa heredar tantos siglos de lucha y resiliencia.
Porque México nunca ha necesitado ser rescatado, simplemente merece ser mirado por sus propias hijas e hijos con los ojos limpios de la dignidad, y no solo con las lágrimas de la herida.
Necesita que las Leonas Vicario de 2026 sepan que su nombre será recordado, que quienes luchan por la tierra, el agua, y la vida, sepan que están escribiendo historia. En especial que cada mujer y niña mexicana, sepa que su existencia es, en sí misma, un acto revolucionario.
Amemos a México desde la dignidad. No desde la herida, sino a través de ella, porque solo así podremos transformarla en el motor indispensable para que algún día podamos estar a la altura de amar a nuestro sangrante y maravilloso país. ¡Viva México!
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