Vivas lanza un grito de socorro ante Felipe VI

El presidente de Ceuta pronunció un alegato sin matices contra la agresión híbrida sufrida en julio, retratando a una ciudad herida que exige a Madrid el fin de la dependencia estratégica con Rabat

13 de Octubre de 2026
Actualizado a las 15:12h
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Vivas Felipe VI Ceuta

Cuando don Felipe y doña Letizia cruzaron el umbral del Palacio de Ceuta bajo una lluvia de aplausos y vítores que retumbaban desde la plaza, el ambiente dentro no tenía nada de festivo. Olía a tensión. A esa electricidad estática que se masca en el aire justo antes de que estalle la tormenta.

La visita de los Reyes a Ceuta no es un simple viaje oficial de cortesía. Nada de fotos sonrientes para la hemeroteca ni discursos edulcorados. Es, en verdad, un acto cargado de una gravedad política aplastante. Un escenario donde se juega algo mucho más gordo que el protocolo de la Corona. Cuando Juan Vivas, el veterano presidente ceutí, se subió al estrado para hacer entrega de la Llave de Oro de la ciudad, en los despachos de la Moncloa más de uno se recolocó en la silla. Vivas no leyó una bienvenida al uso. No, señor. Lo que salió de su boca fue una radiografía a tumba abierta, un dardo directo y sin anestesia sobre la brecha más sangrienta que ha sufrido la seguridad nacional española en lo que va de siglo.

Sin paños calientes

Durante semanas, los portavoces oficiales del Gobierno central habían intentado maquillar lo ocurrido en el paso de El Tarajal el verano anterior. Usaron palabras blandas, de esas que gustan en los pasillos de la diplomacia: incidente fronterizo, crisis humanitaria, flujo migratorio atípico. Cuentos chinos. Vivas miró fijamente a los ojos de la Corona y destrozó de un plumazo esa narración edulcorada.

El líder regional recordó que aquellos trágicos días finales de julio no fueron un accidente de la suerte. Fueron una cornada brutal a la soberanía del país. Y lo dijo con la voz firme, sin que le temblara el pulso: "Como todos saben, los pasados 30 y 31 de julio, cerca de 100.000 personas fueron utilizadas para vulnerar nuestras fronteras, nuestra integridad territorial. Una invasión que ha causado la pérdida de al menos 141 vidas, un drama tan doloroso como irreparable".

Escuchar la palabra invasión (que no es lo que sucedió realmente en Ceuta) en la boca del presidente de una comunidad autónoma, pronunciada además a medio metro del Jefe del Estado, resonó como un cañonazo en la línea de flotación de la política exterior española. No eran exageraciones de tertulia. Era el grito desesperado de un gobernante que vio cómo la frontera sur de Europa se desmoronaba en cuestión de horas mientras miles de almas eran empujadas al mar como peones de una partida de ajedrez geopolítico.

Pueblo herido y acorralado

Quien camine hoy por las calles del centro o por los barrios periféricos de la ciudad se da cuenta enseguida. Algo se ha roto. Las conversaciones en las cafeterías de la avenida Sánchez-Prados ya no son las de antes. Hay una mezcla de rabia contenida y cansancio acumulado.

La crisis de seguridad en Ceuta no se limitó a aquellas cuarenta y ocho horas de caos en la playa. No. El veneno penetró hasta las entrañas de la ciudad. Los colegios tuvieron que reorganizarse a toda prisa, los centros sanitarios colapsaron y el pequeño comercio —ese que ya venía tocado de muerte por los cierres fronterizos de Rabat— terminó por morder el polvo. La economía local se quedó congelada, mirando al cielo y preguntándose qué pasaría a la mañana siguiente.

Vivas no buscaba dar pena. Lo que hizo desde la tribuna fue desnudar la realidad de una población que siente que vive con el agua al cuello y la espada de Damocles colgada del techo. Y lo dijo con palabras que helaron el aliento de los asistentes: "Sus efectos así lo indican: en jaque nuestra soberanía, Ceuta desestabilizada en todos los ámbitos y al borde del abismo... Al grave deterioro de la seguridad, de la sanidad, de la educación y de otros servicios fundamentales se une la ruina económica, la incertidumbre de no saber hasta cuándo... En definitiva, una olla a presión que en cualquier momento puede estallar".

Poca broma. Una olla a presión. La metáfora no puede ser más gráfica. Porque si algo ha definido siempre a Ceuta es su capacidad para hacer convivir en el mismo espacio a cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes. Un equilibrio delicado, de encaje de bolillos, que este tipo de embestidas exteriores amenaza con hacer saltar por los aires.

Ni tutelas ni chantajes de Rabat

Pero el plato fuerte del discurso estaba por llegar. Si alguien pensaba que Vivas se iba a limitar a poner encima de la mesa una nómina de lamentos y quejas, se equivocaba de cabo a cabo. Lo que vino después fue una enmienda a la totalidad a la política de apaciguamiento que tradicionalmente se ha desplegado desde Madrid con el Reino de Marruecos.

El mensaje que viajó hasta la Moncloa fue transparente: basta ya. Se acabó lo de mirar para otro lado. La estabilidad de una ciudad de más de ochenta mil ciudadanos españoles no puede seguir dependiendo del humor con el que se levanten los generales o los diplomáticos al otro lado del muro.

El presidente reclamó sin rodeos la devolución de todos aquellos que cruzaron de manera ilegal en las jornadas de julio. Pero fue más allá. Exigió blindar la ciudad de forma que ni los suministros, ni el comercio, ni la vigilancia de las vallas sigan estando atados a los caprichos del país vecino. "Ceuta demanda la adopción de las iniciativas que sean necesarias para que ni el control de la frontera, ni el modelo económico, ni nada que sea vital para Ceuta dependan de un tercero... decisiones soberanas que, en relación con nuestras dos ciudades autónomas, corresponden exclusivamente a España".

Pues bien, ahí queda eso. Se puede decir más alto, pero difícilmente más claro. La soberanía nacional sobre Ceuta no se negocia en despachos a oscuras ni se somete a chantajes de buena vecindad. Se ejerce. O al menos, eso es lo que exige la gente que custodia el Estrecho a diario.

Lección de la historia y el pacto de 1640

Para desmontar el relato revisionista que periódicamente lanzan las agencias de noticias de Rabat, ese que insiste en calificar a las dos ciudades autónomas de "presidios ocupados", el mandatario ceutí echó mano de la memoria. Y no por un afán académico ni por dar una clase de historia patria, qué va, sino para recordar algo que a veces en la península se olvida con sorprendente facilidad.

Vivas repasó la huella indeleble que dejaron en la roca los romanos, la Hispania visigoda y los siglos de esplendor de Al-Ándalus. Recordó la entrada lusitana en 1415, que trajo los fueros, la bandera y la patrona. Pero se detuvo, con intención manifiesta, en una fecha grabada a fuego en el corazón de la ciudad: el año 1640.

Aquel año, cuando Portugal y España rompieron sus vínculos dinásticos y tomaron caminos separados, los habitantes de Ceuta no dudaron. Pudieron haberse ido con Lisboa. Tenían todo a favor para hacerlo. Sin embargo, en la decisión más trascendental de su historia, escogieron quedarse con la Corona española. Por eso el rey Felipe IV les concedió el título que hoy luce con orgullo su escudo: Muy Noble, Leal y Fidelísima.

Aquella lealtad de hace casi cuatro siglos no es una pieza de museo. Es el cimiento sobre el que se levanta el sentimiento de un pueblo que se sabe frontera y escudo.

Españoles recen como recen

Cuando el acto llegaba a su fin y las cámaras de televisión buscaban la foto del monarca sosteniendo la codiciada Llave de Oro, el presidente de la ciudad lanzó el cierre de su alegato. No usó la jerga de los abogados ni el tono estirado de los parlamentarios. Habló desde las tripas. Recordó que ser español en la orilla sur del Estrecho no depende del apellido, de la raza ni de la fe que cada uno profese en la intimidad de su casa. En una ciudad golpeada pero en pie, el patriotismo se mide por la determinación de resistir juntos.

"España hasta la médula, Majestades, por los cuatro costados, se mire por donde se mire. Lo acredita el derecho, lo avala la historia y lo quieren los ceutíes, todos los ceutíes, recen como recen y se llamen como se llamen".

El aplauso que quebró el silencio del salón tras esas palabras no fue un gesto de cortesía hacia los Reyes. Fue un desahogo colectivo. El eco de un pueblo que sabe que está navegando en aguas turbulentas, pero que se niega rotundamente a soltar el timón. La entrega de la Llave de Oro dejó de ser un adorno de protocolo para convertirse en el símbolo de una trinchera constitucional. Quien quiera entender lo que se juega España en el norte de África, solo tiene que volver a escuchar lo que se dijo aquella tarde en el Palacio Municipal. Allí no había diplomacia; había la cruda verdad de la frontera.

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