La violencia que demasiadas veces nadie quiere ver

El maltrato a las personas mayores continúa siendo una de las formas de violencia más invisibles de nuestra sociedad

15 de Junio de 2026
Actualizado a la 13:34h
Guardar
La violencia que demasiadas veces nadie quiere ver

Hay violencias que ocupan portadas y generan una inmediata reacción social. Otras permanecen escondidas bajo una capa de silencio, dependencia y resignación que las hace especialmente difíciles de detectar. El maltrato a las personas mayores pertenece a esta segunda categoría.

Cada año, el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez vuelve a recordarnos una realidad que resulta tan dolorosa como incómoda. Miles de personas mayores sufren situaciones de violencia física, psicológica, económica o de abandono sin que apenas exista una conversación pública proporcional a la magnitud del problema.

Los datos deberían bastar para encender todas las alarmas. Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada seis personas mayores de 60 años ha sufrido algún tipo de maltrato. Cruz Roja atendió durante el último año a más de dos mil personas mayores en situación de riesgo o víctimas de abuso. Ocho de cada diez eran mujeres.

La desigualdad que acompaña a muchas mujeres durante toda su vida no desaparece al llegar a la vejez. Con frecuencia se agrava. Pensiones más bajas, mayor dependencia económica y situaciones de soledad más acusadas terminan convirtiéndose en factores de vulnerabilidad añadidos.

Sin embargo, el aspecto más inquietante de esta realidad es otro. El maltrato rara vez llega de la mano de desconocidos. En numerosas ocasiones surge precisamente en aquellos entornos donde debería existir protección. Hijos, familiares, cuidadores o personas cercanas forman parte de muchos de los casos detectados.

El miedo, la dependencia emocional, la culpa o la vergüenza levantan un muro que impide denunciar. Muchas víctimas terminan convencidas de que no tienen alternativa. O peor aún, llegan a normalizar situaciones que jamás deberían considerarse aceptables.

Controlar el dinero de una persona mayor sin su consentimiento es violencia. Ignorar sistemáticamente sus decisiones también lo es. Aislarla de su entorno, infantilizarla o privarla de autonomía constituye una forma de maltrato que demasiadas veces pasa inadvertida.

La sociedad española suele abordar el envejecimiento desde una mirada contradictoria. Por un lado, se reivindica el respeto hacia quienes construyeron el país que hoy disfrutamos. Por otro, persisten prejuicios que reducen a las personas mayores a una posición secundaria, como si su opinión, sus deseos o sus derechos fueran menos relevantes que los del resto de la ciudadanía.

Y ese fenómeno tiene nombre. Se llama edadismo. Y constituye uno de los principales aliados del maltrato. Cuando una sociedad empieza a asumir que las personas mayores son incapaces de decidir sobre su propia vida, se abre la puerta a que otros decidan por ellas. Cuando se considera normal hablarles como si fueran menores de edad, controlar sus recursos o apartarlas de los espacios de participación, la vulneración de derechos deja de percibirse como una anomalía.

La dignidad no disminuye con los años y los derechos tampoco. Por eso resulta tan importante el trabajo que desarrollan organizaciones sociales, asociaciones de mayores y entidades de apoyo. La detección temprana, la formación de profesionales y la creación de redes de acompañamiento constituyen herramientas esenciales para combatir una violencia que suele desarrollarse lejos de los focos.

Pero la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre el tercer sector. Las administraciones públicas tienen la obligación de reforzar los sistemas de protección, mejorar los mecanismos de denuncia y garantizar recursos suficientes para atender a quienes sufren estas situaciones.

La protección de las personas mayores no debería depender del código postal, de la capacidad económica de cada familia o de la suerte de encontrarse con un profesional que detecte el problema a tiempo. Existe además una cuestión de fondo que trasciende las estadísticas. La manera en que una sociedad trata a sus mayores dice mucho sobre sus valores democráticos.

Porque la calidad de una democracia no se mide únicamente por sus instituciones o por sus resultados económicos. También se refleja en la protección que ofrece a quienes se encuentran en una posición más vulnerable. Y pocas vulnerabilidades resultan tan silenciosas como la de quienes sufren maltrato precisamente en la etapa de la vida en la que deberían sentirse más protegidos.

Lo + leído