Los datos mejoran, sí. Pero lo hacen tan despacio que cuesta percibirlo en la vida real. Mientras tanto, hay una infancia que sigue creciendo en desventaja, con menos margen, menos recursos y más incertidumbre. Hay cifras que se leen rápido y se olvidan aún más rápido. Pero hay otras que se quedan. El 33,2%. Es el porcentaje de niños en España en riesgo de pobreza o exclusión social. Uno de cada tres.
No es un dato nuevo. Tampoco es una sorpresa. Pero sigue siendo incómodo. Porque aunque la estadística diga que hay una leve mejoría, la sensación general es otra. Que las cosas cambian, pero no lo suficiente como para cambiar vidas.
No todos los niños parten del mismo sitio. Eso se ve claro cuando se afinan los datos. Los hijos de familias monoparentales —la mayoría encabezadas por mujeres— superan el 50% de riesgo de pobreza. En las familias numerosas, la cifra se dispara por encima del 68%. Y entre los menores con padres de origen extranjero, el porcentaje roza el 70%. No son matices. Son diferencias muy profundas. Crecer en uno u otro tipo de hogar sigue marcando, demasiado, el punto de partida.
Hay una idea que atraviesa todo el informe y que cuesta asumir. Tener hijos, en España, aumenta el riesgo de pobreza. No es una frase hecha. Es una realidad que se repite en los datos. Hogares con niños tienen más dificultades para llegar a fin de mes, más pobreza severa y menos margen económico.
Más de la mitad reconoce que no llega con facilidad a final de mes. Uno de cada diez vive en pobreza severa. Y eso tiene consecuencias que van más allá de lo económico. Se traduce en oportunidades perdidas, en limitaciones que empiezan muy pronto.
Hay otra capa que suele pasar desapercibida. La edad. El mayor riesgo no está en los más pequeños, sino en los adolescentes. Entre los 13 y los 17 años. Una etapa donde las ayudas llegan menos o no llegan. La política pública se ha concentrado mucho en los primeros años. Pero después, el acompañamiento se diluye. Y ahí se abre otro hueco. Más silencioso, pero igual de importante.
La vivienda como frontera
El acceso a la vivienda se ha convertido en un factor decisivo. No solo por el precio, sino por lo que arrastra detrás. En los hogares con menos ingresos, uno de cada cuatro niños vive en familias que destinan una parte excesiva de sus recursos a pagar la vivienda. Eso obliga a recortar en todo lo demás.
Y también está provocando algo que ya empieza a notarse. Familias que se van de las ciudades en busca de alquileres más bajos, pero a cambio pierden acceso a empleo, servicios, transporte. Se abarata el techo, pero se encarece todo lo demás.
La distancia entre comunidades también pesa. Hay territorios donde la pobreza infantil se concentra más y otros donde resiste mejor. Pero la diferencia es grande. Más de 25 puntos entre unas regiones y otras. Eso significa que el lugar donde naces también importa. Y mucho.
Desde la Plataforma de Infancia lo dicen sin rodeos. Los datos van en la buena dirección, pero demasiado despacio. A este ritmo, alcanzar los niveles actuales de Europa llevaría más de una década. Doce años. Una generación entera. Y mientras tanto, la pobreza se consolida como algo estructural en muchos hogares.
Las soluciones que se plantean no son nuevas. Ayudas a la crianza, refuerzo de ingresos, políticas de vivienda más ambiciosas. El debate no está tanto en qué hacer, sino en hasta qué punto se hace y con qué intensidad. Porque lo que reflejan los datos no es solo una situación difícil. Es una tendencia que se repite año tras año. Y eso ya no es coyuntural. Es un problema de fondo. La pobreza infantil no siempre se ve. No ocupa titulares cada día. No genera urgencias políticas inmediatas. Pero está ahí. En cada familia que ajusta, en cada niño que crece con menos. Y en un país donde uno de cada tres empieza la vida con desventaja, la pregunta ya no es si hay que actuar. Es cuánto tiempo más se puede esperar.