El obispo que ve fantasmas de control mientras bendice su propio púlpito

Argüello acusa al Gobierno de intervenir la sociedad desde una institución que lleva siglos haciéndolo sin pedir permiso

23 de Abril de 2026
Actualizado el 24 de abril
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El obispo que ve fantasmas de control mientras bendice su propio púlpito

Hay algo profundamente irónico en escuchar a un obispo hablar de injerencias, de control y de tentaciones de poder. No tanto por lo que dice, sino por el lugar desde el que lo dice, como si la memoria tuviera la mala costumbre de borrarse justo cuando más convendría consultarla. Luis Argüello ha decidido levantar la voz.

Lo hace con ese tono solemne que tienen algunos prelados cuando creen que están diciendo algo importante, aunque lo que salga sea una mezcla de advertencia y reproche, envuelta en palabras que suenan graves pero que, si se miran despacio, empiezan a perder consistencia. Habla de un Gobierno con un “deseo desmedido de intervenir”, de controlar instituciones, de influir en la sociedad civil.

Y uno no sabe muy bien si está describiendo una realidad o proyectando un reflejo bastante antiguo. Porque resulta difícil no percibir cierta ironía en el gesto. La Iglesia hablando de control.

La misma Iglesia que durante siglos no necesitó demasiadas explicaciones para ocupar espacios, orientar conciencias y marcar límites. La misma que no siempre distinguió con claridad entre lo espiritual y lo terrenal, entre lo que correspondía al altar y lo que pertenecía a la plaza pública. Pero ahora el problema parece ser otro.

Ahora resulta que el peligro viene de un Gobierno que, según Argüello, quiere intervenir más de la cuenta. Y lo dice sin pestañear, como si no hubiera una historia detrás, como si las palabras no arrastraran ecos.

Mientras tanto, desde el otro lado, Félix Bolaños responde con una mezcla de sorpresa y cortesía institucional, recordando acuerdos, enumerando pactos, hablando de diálogo. Un lenguaje más administrativo, más terrenal, que contrasta con la gravedad casi litúrgica del reproche episcopal. Cuatro acuerdos en cinco años no parece exactamente un escenario de confrontación, más bien lo contrario. Pero eso no impide que el discurso se tense, que se construya una narrativa donde el Gobierno aparece como una fuerza invasiva, casi intrusiva, frente a una Iglesia que se presenta, curiosamente, como garante de una cierta neutralidad. Una neutralidad bastante selectiva, por lo demás.

Patxi López lo dice de otra manera, más directa, más política, señalando que gobernar no es controlar, sino decidir. Algo bastante básico en una democracia, pero que en este contexto parece necesitar explicación. Porque en el fondo, lo que molesta no es tanto la intervención, sino quién interviene. Y ahí el discurso cambia, se vuelve más incómodo., más revelador.

Argüello no habla solo de poder, habla también de espacio. De quién ocupa qué lugar, de quién marca los límites, de quién define lo que es aceptable. Y en ese terreno, la Iglesia no ha sido precisamente una espectadora pasiva. 

Por eso sorprende, o quizá ya no tanto,  esa facilidad para denunciar lo que durante mucho tiempo se ejerció sin demasiadas dudas. Hay en todo esto una sensación de desplazamiento mal digerido.

Como si algunos no terminaran de aceptar que el centro de gravedad ha cambiado, que las decisiones ya no pasan por donde pasaban antes, que la política, con todos sus defectos, sigue siendo el lugar donde se dirimen esas cuestiones, y entonces aparece el reproche. Envuelto en palabras grandes, en conceptos amplios, en una cierta dramatización que intenta elevar el tono del debate, aunque en el fondo lo que deje sea más ruido que claridad.

Lo curioso es que todo esto sucede en un momento en el que el propio Gobierno ha buscado acuerdos con la Iglesia, ha tendido puentes, ha negociado cuestiones sensibles. No parece, precisamente, la actitud de quien quiere arrasar con todo.

Pero el relato va por otro lado. Va hacia la sospecha, hacia la advertencia. Hacia esa idea de que alguien está cruzando una línea invisible. Quizá el problema es que esa línea ya no la dibujan los mismos de siempre y eso, para algunos, resulta difícil de aceptar.

Así que se levanta la voz, se habla de control, se agitan conceptos y se confía en que el tono haga el trabajo. Pero el tono, por sí solo, no sostiene el argumento. Y cuando se desvanece, lo que queda es algo bastante más simple: una institución acostumbrada a señalar desde arriba que empieza a sentirse incómoda cuando alguien le responde desde abajo.

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