La Transición transformó España a una velocidad extraordinaria, pero los prejuicios no siempre avanzan al ritmo de las instituciones. Cuando los antiguos mercheros comenzaban a abandonar definitivamente el nomadismo y los oficios ambulantes, la palabra que durante décadas los había acompañado emprendió una trayectoria propia.
A finales de los años setenta apareció un género cinematográfico que terminaría siendo conocido precisamente como cine quinqui. Perros callejeros, dirigida por José Antonio de la Loma y estrenada en 1977, abrió una etapa a la que posteriormente se incorporarían títulos como Navajeros, Colegas, El pico, Deprisa, deprisa o Yo, el Vaquilla. Aquellas películas retrataron una España que también existía, la de los jóvenes de las periferias urbanas, la delincuencia juvenil, las drogas, los robos, las cárceles y una exclusión social que el desarrollo económico no había conseguido eliminar.
Pero para entonces había ocurrido algo fundamental. El quinqui cinematográfico ya no tenía necesariamente ninguna relación con la comunidad merchera histórica. La palabra se había emancipado de su origen.
Podía denominar a cualquier muchacho marginal de un suburbio relacionado con la delincuencia, independientemente de su ascendencia. El antiguo quincallero de los caminos había desaparecido del significado cotidiano del término y en su lugar aparecía el joven delincuente urbano.
La transformación lingüística quedaba completada. Lo que había comenzado como abreviatura de un oficio terminó convertido en categoría social. Y después la sociedad realizó el camino inverso, atribuyendo a los mercheros todo aquello que había incorporado al nuevo significado de quinqui.
El estereotipo había conseguido sobrevivir incluso después de perder su relación con la realidad que supuestamente describía.
Los mercheros después de los carros
Los carros desaparecieron, pero los mercheros no. La sedentarización transformó profundamente su forma de vida y familias que durante generaciones habían recorrido los caminos terminaron estableciéndose en pueblos y, especialmente, en las periferias de numerosas ciudades.
Todavía en 2018, RTVE localizó familias que conservaban claramente la identidad merchera y documentó la permanencia de algunos vínculos con actividades como las ferias, las antigüedades o la chatarra. Otros testimonios recogidos por la prensa mostraban una realidad mucho más diversa, con descendientes dedicados a la fontanería, la venta ambulante, los mercadillos, la ropa, las antigüedades y numerosas profesiones completamente desvinculadas de los antiguos oficios.
Hablar hoy de «los mercheros» como si constituyeran un grupo homogéneo sería reproducir, bajo una apariencia diferente, el mismo mecanismo que alimentó el prejuicio. Décadas de sedentarización, escolarización, integración laboral, matrimonios con personas ajenas a la comunidad y abandono de los antiguos oficios han difuminado enormemente sus fronteras.
Algunos descendientes continúan reivindicando orgullosamente esa identidad. Para otros constituye simplemente una parte de su historia familiar. Y hubo también quienes durante años prefirieron ocultarla.
Una de las mujeres entrevistadas por El País, Remedios García Grande, explicaba precisamente que muchos dejaron de decir públicamente que eran mercheros como una forma de protegerse frente al rechazo. Pocas cosas explican mejor la profundidad de un estigma que la necesidad de esconder el propio origen para evitar que los demás decidan quién eres antes de conocerte.
La mala fama sobrevivió al mundo que la creó
La España de los carros, los quincalleros ambulantes y los caminos recorridos de pueblo en pueblo prácticamente ha desaparecido. También desapareció la dictadura que los persiguió y quedó atrás aquella explosión de delincuencia juvenil y heroína que proporcionó al cine quinqui sus personajes, sus escenarios y buena parte de su mitología.
Algunas palabras, sin embargo, sobreviven durante mucho tiempo a las sociedades que les dieron su significado. Quinqui sigue siendo una de ellas.
Detrás permanece oculta la historia de una comunidad española que durante décadas fue conocida menos por aquello que era que por aquello que los demás decidieron que representaba. Los mercheros conocieron la pobreza, la marginalidad y también tuvieron delincuentes entre sus miembros, como ocurre en cualquier población sometida además a condiciones extremas. Convertir esos delitos en la definición de toda una identidad significa aceptar exactamente el prejuicio que los acompañó durante generaciones.
Ahí reside probablemente el aspecto más interesante de su historia. No estamos hablando únicamente de una pequeña comunidad itinerante que recorría España reparando utensilios y comerciando con quincalla. Estamos hablando también de los mecanismos mediante los cuales una sociedad construye categorías para quienes viven en sus márgenes y después consigue que esas categorías parezcan naturales.
Primero hubo un oficio. Después una palabra. Más tarde llegó el prejuicio y, finalmente, el prejuicio encontró imágenes, personajes y relatos capaces de perpetuarlo cuando el mundo que lo había originado ya estaba desapareciendo.
Una sociedad puede transformar un oficio en una identidad, una identidad en un estereotipo y un estereotipo en una condena colectiva.
Por eso, en pleno siglo XXI, personas que nunca recorrieron España en un carro, nunca vendieron quincalla y nunca cometieron un delito pueden seguir cargando con la mala fama de una palabra que empezó designando, sencillamente, a quienes se ganaban la vida trabajando en los caminos
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.