Más de dos millones de personas tiñen Madrid de rojo

La noche en que un país se reconoció en su Selección: una fiesta generacional, cultural y emocional que consolida a la España de Luis de la Fuente como nuevo mito nacional

21 de Julio de 2026
Actualizado a las 0:12h
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Madrid Celebracion Seleccion

Madrid no fue solo una ciudad; fue un escenario desbordado por la historia. La capital amaneció con la resaca dulce de un sueño cumplido y, al caer la tarde, se convirtió en un océano rojo y gualda que parecía no tener orillas. España entera se echó a la calle, pero el epicentro del temblor emocional estuvo en una ruta muy concreta: de Moncloa a Cibeles, el trayecto que encadenó instituciones, memoria y desahogo popular alrededor de una misma certeza colectiva, la de una selección campeona del mundo por segunda vez y definitivamente instalada en el panteón del deporte universal.

Más de dos millones de personas, llegadas desde todos los rincones del país, convirtieron el asfalto en un río de banderas, bufandas, camisetas y bengalas. No era solo la celebración de un título; era la confirmación de algo más profundo: este equipo no ha ganado únicamente una Copa, ha conquistado el corazón de un país que llevaba dieciséis años imaginando el instante de volver a ver otra estrella bordada sobre el escudo. En el grito colectivo, en los cánticos que se repetían de plaza en plaza, había tanto alegría como alivio, la sensación de cerrar un círculo abierto en 2010 y de abrir, al mismo tiempo, una nueva era.

Un autobús como columna vertebral de un país

El autobús descapotable, convertido en altar rodante, arrancó desde Moncloa y se dejó arrastrar lentamente por la marea humana camino de Cibeles. No había huecos, ni silencios, ni rincones muertos: cada balcón, cada farola, cada portal se transformó en una grada improvisada desde la que salían manos, pancartas y móviles dispuestos a capturarlo todo. Sobre el techo del vehículo, los jugadores parecían moverse a cámara lenta en medio de un ruido ensordecedor, como si cada metro recorrido fuese una coreografía pactada entre ídolos y devotos.

Los campeones, conscientes de que estaban representando algo más que a sí mismos, respondían a la avalancha de cariño agitando la Copa del Mundo por encima de sus cabezas, saludando sin descanso, recogiendo peluches, bufandas, banderas y pequeños regalos que volaban desde las aceras. La selección se había convertido, por unas horas, en una procesión laica que arrastraba detrás de sí una fe transversal: niños con la cara pintada, adolescentes con el nombre de su ídolo a la espalda, abuelos que recordaban Sudáfrica como si hubiese sido ayer.

Buena parte del estruendo tenía un protagonista generacional muy claro. La mayoría de los rostros en primera línea eran de niños y jóvenes que han crecido soñando con ver a España volver a ser campeona. Para ellos, la estrella de 2010 era un recuerdo construido a partir de vídeos y relatos; esta, en cambio, es suya, vivida en tiempo real, coreada en plazas y bares. La imagen de padres levantando a sus hijos sobre los hombros para que pudieran ver el autobús no era solo una cuestión práctica: era un gesto simbólico de traspaso de memoria.

Ferrán, Llorente, Lamine, Nico: la constelación que da rostro a la segunda estrella

En medio del clamor, las figuras más determinantes del Mundial iban recibiendo oleadas específicas de ruido. La imagen del trofeo levantándose una y otra vez sobre el techo del autobús se convirtió en el bucle visual de la tarde, pero había un nombre que se elevaba un poco más sobre el resto: Ferrán, el autor del gol que ya forma parte de la historia del fútbol español. Cada vez que se acercaba al borde del vehículo, la plaza entera parecía contraerse en un grito único, agradecida a ese remate que cambió para siempre la biografía de un país.

A su lado, Marcos Llorente representó otra cara del éxito: la del futbolista que celebra sin complejos, sin camiseta, exhibiendo músculos, sonrisa y una filosofía de vida que combina sudor con hedonismo. Entre la bandera y el champán, con sus gafas de marca y una botella de lujo en la mano, encarnó la figura del campeón que no pide permiso para disfrutar. Sus gestos, multiplicados en redes sociales, simbolizaron esa dimensión pop que siempre acompaña a los grandes títulos.

Mientras tanto, Lamine Yamal y Nico Williams pusieron el movimiento y el ritmo. No dejaron de bailar durante todo el recorrido, regalando una colección interminable de sus ya famosos “pasos prohibidos”. Cada baile suyo encendía una ola de gritos, carcajadas y móviles en alto. Ellos son, quizá como nadie, la representación perfecta de esta nueva España: joven, desinhibida, diversa, conectada con las estéticas de TikTok y de los vestuarios globales. Sus coreografías improvisadas en el techo del autobús no fueron un simple divertimento: marcaron el tono de una celebración que entendió que la alegría también se baila.

El DJ y el Balón de Oro

La banda sonora del trayecto tuvo nombre propio: Borja Iglesias. El delantero se convirtió en el DJ oficial de la selección, dueño de los altavoces y del ritmo de la fiesta. Desde su improvisada cabina, fue alternando éxitos del momento, clásicos del vestuario y canciones que ya se han instalado en la memoria reciente de los aficionados. La música nunca dejó de sonar; era el hilo invisible que mantenía la temperatura emocional del recorrido por encima del umbral del puro delirio.

El micrófono, sin embargo, fue un objeto itinerante. Cambiaba de manos con la misma rapidez con la que cambiaba la panorámica del autobús. Incluso Rodri, habitualmente uno de los rostros más serios y contenidos del grupo, asumió por momentos el mando de la fiesta. El centrocampista, Balón de Oro del Mundial, demostró que también sabe soltar el freno cuando el contexto lo permite. Lejos del mapa táctico, se sentó junto a Gavi en la parte delantera del vehículo, con las piernas colgando al vacío, en una imagen que mezclaba inconsciencia juvenil y confianza absoluta en el momento.

El gesto provocó incluso algún amago de preocupación en quienes seguían el recorrido por televisión, pero nada podía competir con esa impresión general de felicidad indestructible. El equipo que había gestionado con madurez las noches más difíciles del torneo se permitía, por fin, una pequeña licencia de riesgo controlado. Era como si los jugadores quisieran recordar que, bajo las medallas y los análisis tácticos, siguen siendo chicos que celebran como siempre se ha celebrado el fútbol: con exceso, con cierta temeridad, con una alegría que empuja hasta el borde.

Clubes, colores y una foto

En medio de una marea en la que el rojo de la selección lo cubría casi todo, también hubo lugar para pequeñas declaraciones de pertenencia. Baena, Llorente y Pubill aprovecharon el paseo para colocarse una bandera del Atlético de Madrid, presumiendo de sentimiento rojiblanco en la celebración de la Roja. Fueron los únicos internacionales que exhibieron con tanta claridad los colores de su club durante el recorrido, un gesto que no pasó desapercibido entre los miles de aficionados presentes y que encendió especialmente a los seguidores colchoneros.

La foto se completó cuando Rodri se sumó al guiño, compartiendo imagen con la bandera rojiblanca y recordando, implícitamente, sus propios orígenes de club. El mensaje era claro: el éxito de la selección no borra las raíces, las matiza. Los clubes siguen siendo la patria cotidiana de estos jugadores, el lugar donde entrenan, crecen y, muchas veces, sufren. Pero en noches como esta, la camiseta de España actúa como un manto que lo envuelve todo. La coexistencia de ambos niveles de identidad se exhibió con naturalidad, sin tensión aparente.

Cibeles, convertida en estadio y templo colectivo

El final del viaje fue, en realidad, el principio de otra fase de la fiesta. La plaza de Cibeles, abarrotada hasta donde alcanzaba la vista, se transformó en un enorme estadio al aire libre. Una estructura de escenario, pantallas y luces completaba la mutación: allí donde otras noches se han celebrado ligas y copas de clubes, hoy se celebraba algo que excedía cualquier sigla particular. Cibeles era, por unas horas, el centro simbólico de un país que se sabía observado desde todo el mundo.

Llegó entonces el momento de la presentación uno por uno de los campeones. Cada nombre arrancaba una ovación propia, cada futbolista tenía su canción, su pequeño ritual escénico. Sobre el escenario sonaron Julio Iglesias, Bad Bunny, el Waka-Waka de Shakira, Quevedo, Dani Martín, El Barrio… Una playlist generacionalmente mestiza que mezclaba nostalgias, himnos de vestuario y éxitos recientes. Los jugadores bailaban sus propias elecciones, pero también se sumaban a las de sus compañeros, componiendo una imagen de grupo donde las diferencias de edades y estilos se diluían en una misma coreografía.

En medio de tanta música y tanto grito, hubo también espacio para el recogimiento. No faltó el recuerdo a María Caamaño, fallecida en abril, cuya sonrisa se había convertido en uno de los símbolos más luminosos del apoyo social a la selección durante el Mundial. Su nombre, mencionado desde el escenario, detuvo por un momento el ruido y encendió un aplauso denso, agradecido, que miraba hacia arriba. Fue el recordatorio de que este título también pertenece a quienes lo han vivido desde la distancia definitiva, a los que no pudieron llegar a ver el trofeo alzado pero formaron parte del camino.

Luis de la Fuente, elevado por sus jugadores y por la gente

Si hubo un instante que condensó la relación entre este grupo y su seleccionador, fue el momento en que Luis de la Fuente subió al escenario. Su nombre retumbó en Cibeles, y antes de que pudiera articular una sola palabra, sus futbolistas corrieron a rodearlo y lo levantaron por los aires en un manteo espectacular. La imagen es ya uno de los iconos de esta segunda estrella: un entrenador veterano, que llegó entre dudas al banquillo, elevado literalmente por aquellos a quienes ha guiado hasta la cima.

De la Fuente, visiblemente emocionado, no se refugió en la solemnidad. Todo lo contrario: se entregó a la fiesta. Micrófono en mano, se arrancó a cantar una canción de Julio Iglesias, desatando las carcajadas, los saltos y los aplausos de sus jugadores y de la multitud. Fue un momento de descompresión absoluta, el instante en que el técnico que había dirigido con pulso firme un torneo larguísimo se permitió ser, simplemente, un aficionado más coreando un clásico en mitad de una plaza rendida.

La escena decía tanto de táctica como de carácter. Este grupo no solo respeta a su seleccionador; lo admira y lo quiere. El manteo, la complicidad, la forma en que le dejaron ocupar el centro del escenario sin reservas, todo hablaba de una conexión rara vez vista en la selección. El entrenador que llevó a España hasta su segunda estrella demostró que también sabe leer el otro tipo de partido: el que se juega en la cabeza y el corazón de sus futbolistas.

Rodri, Cucurella y los gritos que se quedan

La noche tuvo más voces propias. Rodri, más acostumbrado a ordenar el juego que a animar multitudes, se reveló como uno de los grandes agitadores del micrófono. Puso en valor a Ferran y encadenó gritos que destilaban tanto espontaneidad como síntesis política y emocional: “¡Viva España, viva el Rey y no sé qué más decir!”. En una sola frase cabían la nación, la institución y el reconocimiento de que, a partir de cierto nivel de euforia, sobran las palabras.

Cucurella tuvo también su propio momento estelar con su ya célebre “¡Cucu, Cucu, Cucurella…!”, coreado al unísono por la plaza. Ese cántico, nacido casi como una broma de vestuario, ha terminado convirtiéndose en símbolo de esa mezcla de entrega y desenfado que caracteriza a esta selección. La grada, convertida en un mar de brazos levantados, respondió con una complicidad que habla de un rasgo fundamental de este grupo: ha sabido crear un lenguaje propio, un repertorio de gestos y guiños que los aficionados sienten como suyos.

España celebró así, dieciséis años después del primero, un nuevo Mundial con las calles completamente teñidas de rojo. Dos millones de gargantas cantando al unísono, un cielo atravesado por bengalas de colores y un grupo de futbolistas que ya pertenece para siempre a la historia del deporte español. La noche no fue solo una celebración; fue una especie de pacto renovado entre equipo y país.

'Superestrella', el himno oficioso

Cuando el autobús se detuvo definitivamente, la fiesta cambió de forma, pero no de intensidad. El escenario de Cibeles se transformó en un festival de primer nivel para rematar la jornada. Un cartel a la altura del momento puso banda sonora al éxtasis: Lola Índigo, Ana Mena, Aitana, Arde Bogotá y Viva Suecia se fueron alternando ante decenas de miles de aficionados que no daban síntomas de agotamiento.

Cada artista aportó su propio registro, pero había una actuación que todos esperaban: la de Aitana. Su tema Superestrella se había convertido, casi sin que nadie lo decidiera oficialmente, en el himno oficioso de la selección durante el Mundial. Tras cada victoria, había sonado en vestuarios, vídeos y celebraciones, instalándose como un código compartido entre jugadores y afición. Cuando empezó a sonar en Cibeles, el efecto fue inmediato: un estallido simultáneo en el escenario y en la plaza.

Los campeones, abrazados, cantaron el tema saltando y señalando la Copa, mientras la multitud repetía el estribillo como si llevase años asociado a la camiseta roja. Ese momento selló el vínculo entre fútbol y cultura pop que ha atravesado todo el torneo. No se trataba solo de ganar; se trataba de crear una atmósfera, un universo simbólico donde canciones, bailes y gestos se entrelazan con goles y paradas para construir una memoria emocional compartida.

La sensación final, cuando las luces comenzaron a descender lentamente y las canciones dieron paso al murmullo disperso de la retirada, era unánime: lo vivido en Madrid no fue una celebración más, sino la fiesta más grande de la historia del fútbol español. Una jornada irrepetible en la que un país entero se reconoció en la imagen de un equipo que, al alzar su segunda estrella, no solo levantó una Copa, sino también una forma de estar juntos, al menos por una noche, bajo los mismos colores y la misma canción.

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