León XIV habla de humildad para interpelar al poder

El Papa pronuncia uno de los alegatos más sutilmente políticos de su pontificado: una denuncia de la arrogancia de quienes se creen autosuficientes, envuelta en lenguaje teológico pero dirigida con precisión quirúrgica a quienes gobiernan el mundo

11 de Junio de 2026
Actualizado el 12 de junio
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León XIV Estadio Insular

Hay discursos que dicen lo que parecen decir, y hay discursos que dicen otra cosa completamente distinta bajo la misma superficie de palabras. La homilía que León XIV pronunció en el Estadio Gran Canaria, durante la misa vespertina de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, pertenece a la segunda categoría. En apariencia, fue una reflexión sobre el amor divino, la humildad cristiana y la caridad activa. En su trasfondo, fue una interpelación sin concesiones a la cultura política del poder contemporáneo: la arrogancia, la autosuficiencia, la incapacidad de escuchar al otro.

León XIV eligió un estadio de fútbol, el escenario más popular y democrático posible, para hablar de los que viven en pedestales. No fue una elección inocente. Tampoco lo fue el marco litúrgico: toda España está consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, y el Papa lo recordó explícitamente al inicio, estableciendo una continuidad simbólica entre la devoción nacional histórica y el mensaje que venía a traer.

La gratuidad del amor como crítica al cálculo político

El primer bloque teológico de la homilía gira en torno a la gratuidad del amor divino. Dios eligió a los israelitas, recuerda León XIV siguiendo la primera lectura, no por sus méritos ni sus capacidades, sino por puro amor. Y seguirá amándolos incluso cuando, como dice el texto, su corazón endurecido no corresponda a ese amor.

La aplicación política de esa premisa teológica es inmediata, aunque el Papa no la nombra como tal. En un mundo donde la política funciona sobre la lógica del cálculo, la transacción y el interés, la gratuidad del amor aparece como un modelo alternativo de organización de las relaciones humanas. León XIV define ese amor como algo que "no está fundado en el cálculo ni en el mero sentimiento", que "invade todo nuestro ser" y que "involucra a toda la persona". Es, en esencia, lo contrario del lenguaje tecnocrático con que los gobiernos administran la realidad.

La distinción entre caridad auténtica y filantropía no es un matiz menor. La filantropía es el gesto del poderoso que distribuye lo que le sobra desde una posición de superioridad intacta. La caridad cristiana tal como la describe León XIV implica una implicación total, una alteración del propio ser, una pérdida de la distancia cómoda entre quien da y quien recibe. Es una forma de amor que no deja al donante igual que estaba antes.

Esa diferencia tiene consecuencias políticas directas. Muchas de las políticas migratorias, sociales o de cooperación al desarrollo que los estados europeos presentan como caridad son, en realidad, filantropía calculada: gestos que mantienen intacta la jerarquía entre el que ayuda y el que es ayudado, sin ningún compromiso de transformación estructural. El Papa, sin mencionar ningún gobierno en concreto, estaba describiendo exactamente ese mecanismo para desactivarlo.

Contra el asistencialismo: la caridad que levanta en lugar de administrar

El segundo gran eje de la homilía es la distinción entre asistencialismo y caridad transformadora, y es aquí donde León XIV se acerca más a lo que podríamos llamar una propuesta política de fondo.

Citando el Evangelio de Juan, el Papa recuerda que Jesús no vino solo para que los seres humanos sobrevivieran, sino para que tuvieran vida en abundancia. Y apela a la imagen del paralítico al que Cristo cura y le ordena: "Levántate, coge la camilla y echa a andar". La curación no termina en el hecho de sanar. Termina en el movimiento, en la autonomía recuperada, en la persona que vuelve a ser protagonista de su propia existencia.

"Nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas para su plena realización espiritual, intelectual y física", dijo León XIV con una claridad que pocas veces se escucha en los documentos oficiales de la Iglesia con esa crudeza. La palabra asistencialismo, en el vocabulario político europeo, tiene una carga enorme: es la crítica que desde la derecha se hace a los estados del bienestar que crean dependencia, y también la que desde la izquierda se hace a los sistemas de ayuda humanitaria que no abordan las causas estructurales de la pobreza.

León XIV la utiliza para referirse a un modelo de caridad que acomoda el sufrimiento sin transformarlo, que atiende la emergencia sin construir alternativas. Y lo hace en el contexto específico de Canarias, donde la respuesta institucional a la crisis migratoria ha sido precisamente eso: gestión de llegadas, distribución de recursos mínimos, devolución cuando es posible. Administración del dolor sin voluntad de erradicarlo.

El Papa, sin nombrarlo, estaba describiendo la política de acogida europea con exactamente los términos que utilizaría su crítico más severo.

La humildad como categoría política: contra los que creen que no necesitan a nadie

El pasaje más políticamente denso de toda la homilía es el dedicado a la humildad, y es también el más elaborado retóricamente. León XIV parte de una afirmación teológica —el corazón de Cristo es humilde— para derivar de ella una crítica social de alcance mucho mayor.

"El corazón de Jesús es humilde y, por eso, no sienten sus latidos los doctos, los sapientes, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás". La descripción es perfecta. Y es perfectamente aplicable a una clase política y tecnocrática que ha construido su legitimidad precisamente sobre esa autosuficiencia: el experto que sabe, el líder que decide, la institución que administra.

León XIV añade una imagen que no tiene nada de casual: esos hombres y mujeres presuntuosos están "aturdidos por los estruendos de un yo ampuloso, omnipresente y agitado", y por eso "les falta el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor". El ruido del yo omnipresente impide escuchar al otro. Es una descripción de la política mediática contemporánea tan precisa que podría figurar en cualquier análisis de comunicación política sin cambiar una sola palabra.

La frase sobre la riqueza que ciega resulta especialmente significativa en el contexto canario. "No pocas veces la riqueza nos vuelve ciegos hasta el punto de pensar que nuestra felicidad solo puede realizarse si logramos prescindir de los demás." Canarias es, en este momento, el territorio europeo donde esa ceguera se hace más visible: una industria turística que mueve miles de millones de euros convive con un muelle donde llegan personas que han arriesgado la muerte buscando algo parecido a la vida.

La invitación de León XIV a "bajar de los pedestales de la arrogancia que divide para encontrarnos en la humildad que nos hermana" tiene, en ese escenario geográfico y social, una dimensión que va mucho más allá de la espiritualidad personal. Es una interpelación estructural al modelo de desarrollo que hace posible esa contradicción.

San Agustín y la fórmula política: donde hay humildad hay paz

León XIV trae a san Agustín para cerrar el argumento: "Donde está la caridad está la paz y donde está la humildad, ahí está la caridad". La cadena lógica que construye el Papa a partir de esa cita no es una reflexión abstracta sobre virtudes individuales. Es una propuesta de arquitectura política: sin humildad no hay caridad, sin caridad no hay paz, y sin paz no hay nada que merezca ser llamado civilización.

Esa fórmula, aplicada al presente europeo, resulta devastadora. Un continente que lleva décadas proclamando su compromiso con los derechos humanos, la dignidad y la fraternidad, pero que gestiona sus fronteras con alambre de espino y deja morir en el Mediterráneo y el Atlántico a miles de personas cada año, no está en condiciones de invocar a Agustín para legitimarse. La paz que Europa exporta como modelo no es la paz agustiniana que nace de la humildad y la caridad. Es la paz de quien ha conseguido que los problemas ocurran lo suficientemente lejos como para no tener que verlos.

El Papa no dijo nada de esto de forma explícita. Pero eligió decirlo desde Canarias, en la solemnidad del Sagrado Corazón, ante miles de personas que sí viven cerca de esos problemas. Y esa elección de lugar, tiempo y audiencia es, en sí misma, un acto político.

El mandato institucional

El cierre de la homilía contiene lo que puede leerse como una instrucción directa a la Iglesia como institución. "Recordemos que nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo", dijo León XIV. Y añadió el mandato que se sigue de esa afirmación: renovar el compromiso de "realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo por el bien de la Iglesia".

Esa fórmula teológica, tomada de san Pablo, tiene implicaciones organizativas concretas. Si la Iglesia es la presencia viva de Cristo en el mundo, y el corazón de Cristo está del lado de los humildes, los pobres y los que sufren, entonces las opciones pastorales, económicas y políticas de la institución eclesiástica deben reflejar esa preferencia. No como declaración de principios, sino como práctica verificable.

León XIV cerró pidiendo que "en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad reconciliada en el amor". Es la fórmula más ambiciosa que un Papa puede pronunciar, y también la más exigente, porque implica que la Iglesia debe ser parte activa de esa transformación y no solo testigo orante de la historia que otros escriben.

La homilía como documento político: lo que no se dijo pero quedó dicho

Las homilías del pontificado de León XIV están revelando un estilo específico que vale la pena nombrar: el Papa habla en clave teológica con consecuencias políticas, sin hacer explícita la conexión para no reducir el mensaje a un alegato partidista, pero dejando la conexión suficientemente visible para que cualquier oyente atento pueda completarla.

Es una retórica de alta precisión que combina la universalidad del lenguaje evangélico con la especificidad del contexto en que se pronuncia. En Arguineguín habló de monstruos que acechan los mares y de Europa que no puede seguir convirtiendo el Atlántico en un cementerio. En el Estadio Gran Canaria habló de arrogancia, autosuficiencia y ceguera de los ricos. Ni en un caso ni en otro pronunció el nombre de ningún gobierno, ningún partido ni ninguna política concreta.

Pero eligió hacerlo en Canarias. Y esa elección lo dice todo.

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