León XIV condena la violencia machista: "No debemos espiritualizar el dolor"

El Pontífice aprovechó la vigilia del Estadio Olímpico de Montjuïc para lanzar un mensaje sin precedentes en una cita de esta naturaleza: la violencia contra las mujeres es una responsabilidad colectiva que no puede seguir siendo ignorada

09 de Junio de 2026
Actualizado el 10 de junio
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León XIV Barcelona

El mundo vive en un escenario en el que la polarización y la irrupción de movimientos ultraconservadores, en muchos casos ultracatólicos, pretenden normalizar la violencia contra las mujeres y los feminicidios. Sin embargo, hoy, León XIV, el líder del catolicismo lo ha dejado muy claro con su condena de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas.  La luz del atardecer teñía de amarillo cálido las gradas del Estadio Olímpico Lluís Companys cuando León XIV hizo su entrada ante 40.000 jóvenes congregados en Montjuïc para la vigilia previa a la Santa Misa. El ambiente vibraba con los acordes de Alzad la mirada y una brisa inusual aliviaba la humedad acumulada durante toda la jornada barcelonesa. Pero lo que estaba a punto de suceder trascendería con mucho la emoción de un acto multitudinario: el Papa iba a pronunciar, ante una generación que lo escuchaba con devoción, palabras que raramente se oyen en un estadio repleto de fieles. Palabras sobre los feminicidios.

Lo que diferenció esta vigilia barcelonesa de la celebrada días antes en Madrid fue, precisamente, la voluntad del Pontífice de escuchar antes de predicar. León XIV eligió el diálogo con los más frágiles: un joven recién bautizado que atravesaba una crisis de fe, una chica que había intentado quitarse la vida tras una depresión severa, y una joven que había crecido entre la violencia de un padre maltratador y la adicción a las drogas de su madre, y que terminó siendo acogida en un centro de menores. Tres historias que, lejos de ser excepciones, cartografían el sufrimiento contemporáneo de millones de personas.

Ante esos testimonios, el Papa articuló una posición teológica que supone una ruptura significativa con ciertos sectores más conservadores de la Iglesia. «No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la "voluntad de Dios" o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas», afirmó. La frase no es menor: el Pontífice rechaza explícitamente el consuelo fácil que convierte el dolor ajeno en designio divino y que, durante décadas, ha servido para acallar a víctimas de los más diversos tipos de violencia.

La condena de los feminicidios no estaba en el guión esperado

Pero fue en otro momento de la velada cuando León XIV pronunció las palabras que ya recorren los titulares de medio mundo. El Papa alertó contra la violencia machista que, según sus propias palabras, «a menudo desemboca lamentablemente también en feminicidios», y afirmó que «esta realidad dramática estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad, porque a nosotros nos corresponde afrontarla en todas sus dimensiones».

La elección del término feminicidio en un acto de estas características no es un detalle menor. Se trata de una palabra cargada de contenido político, jurídico y feminista, que durante años ha suscitado debates incluso dentro de las propias instituciones democráticas. Que el máximo representante de la Iglesia Católica la emplee ante decenas de miles de jóvenes, y que lo haga subrayando la responsabilidad colectiva y social —no solo individual o espiritual— en su erradicación, constituye un posicionamiento con implicaciones que van mucho más allá de lo pastoral.

El mensaje, además, iba acompañado de otra demanda de carácter estructural que había lanzado esa misma jornada: la necesidad de un sistema sanitario que incorpore entre sus prioridades el malestar psicológico invisible y generalizado, especialmente entre los jóvenes. La salud mental y la violencia de género, dos de las grandes crisis silenciadas del siglo XXI, quedaban así situadas en el centro del discurso papal.

El gozo y la fragilidad, dos caras de la misma generación

A las puertas del estadio, poco antes de que comenzara la vigilia, Sofía, de 17 años, y May, de 18, ambas del grupo juvenil de la parroquia San Juan María Vianney —en el límite entre Sants y Les Corts— aguardaban «con mucha emoción» enfundadas en la bandera vaticana. «Venimos a vivir el gozo de Jesús en un tiempo que parece mal visto creer en Dios», decía Sofía con una naturalidad que resume bien la paradoja de esta generación: criada en la hiperconectividad y el escepticismo posmoderno, y sin embargo capaz de llenar un estadio olímpico por fe.

Miguel, de 20 años y feligrés de la parroquia de Sant Vicenç de Sarrià, lo sintetizaba con una franqueza desarmante: «Vengo por el Papa, así de simple. Es la representación de Jesucristo en la Tierra y una figura referencial». No hay en esas palabras rastro de conflicto ni de ironía. Hay, simplemente, una adhesión que contrasta con el relato dominante sobre la secularización juvenil en Europa.

Esa tensión entre el júbilo colectivo y el dolor individual que el Papa se negó a espiritualizar es quizás la clave de lo que ocurrió en Montjuïc. León XIV no predicó a una masa uniforme de creyentes felices. Habló a personas concretas, con historias concretas de suicidio, maltrato y abandono, y les dijo que su sufrimiento era real, que Dios no lo quería, y que la sociedad entera tenía la obligación de actuar.

El peso político de nombrar lo que otros callan

Resulta significativo que, en un contexto europeo en el que el debate sobre la violencia de género sigue siendo terreno de disputa partidista, sea la voz del Papa la que pronuncie con claridad lo que muchos gobiernos siguen eludiendo con eufemismos. La mención explícita a los feminicidios en una celebración religiosa multitudinaria introduce la cuestión en un espacio que históricamente ha sido más reticente a asumir este lenguaje.

No es la primera vez que Francisco abrió ese camino, pero León XIV lo transita ahora con una determinación que merece ser leída en su contexto: una Iglesia que intenta recuperar credibilidad moral tras décadas de escándalos, y un mundo que mira con creciente alarma el aumento de las cifras de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en todo el planeta.

Nombrar los feminicidios ante 40.000 jóvenes en un estadio, afirmar que es una responsabilidad de todos y de todas, y hacerlo sin eufemismos ni rodeos teológicos: eso fue lo que hizo León XIV en Barcelona. Y eso, en el lenguaje de los hechos, no es un gesto menor.

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