La verdad empieza en la pantalla de un teléfono, a oscuras, a tiro de piedra de una valla de espino. Y lo que pasó a finales de este último julio en Ceuta... en fin, de todo tuvo menos de casualidad.
Mover a más de 80.000 personas en un par de días desde los rincones más alejados de Marruecos hasta la playa de Fnideq no es un chasquido de dedos. No es un simple grupo de chavales organizándose por un grupo de WhatsApp. Eso exige billetes, muchos autobuses, bocadillos para el camino y gente sobre el terreno coordinando el tráfico. Alguien movió los hilos y la magistrada María Tardón, desde su despacho de la Audiencia Nacional, se ha propuesto averiguar exactamente quién pagó la fiesta porque aquí las fronteras no solo se cruzan nadando, se diseñan antes en una mesa de despacho.
Un informe de la Policía que cayó como un auténtico jarro de agua fría en el Ministerio del Interior fue el que levantó las alfombras. Y la marejada política fue fina. Resulta que en los vídeos examinados fotograma a fotograma no solo se veía a desesperados tirándose al mar. Aparecían tipos de paisano dando órdenes. Y, junto a ellos, agentes de la gendarmería marroquí, de uniforme impecable, guiando a la marea humana directo hacia las aguas españolas. Casi acompañándolos de la mano.
La jueza cree que no fue un acto casual. Ni de lejos. Por eso ha ordenado una auténtica cacería tecnológica. Nada de carpetas acumulando polvo. Le ha pedido, en un auto al que Diario Sabemos ha tenido acceso, al CNI, a la Policía Científica y a las agencias internacionales que pasen los rostros de esos "guías" por programas de reconocimiento facial. Quiere nombres, apellidos, su rango militar y hasta qué uniforme vestían esa noche. Quiere saber quién daba las órdenes detrás del megáfono.
Pero claro, para mover a un ejército de desheredados hace falta dinero. Mucho dinero.
Y ahí es donde entran la UCO y la UDEF. Los agentes están siguiendo la pista del efectivo, buscando el rastro de la hawala, ese sistema ancestral de bancas en la sombra donde el dinero vuela de mano en mano sin dejar huella bancaria. Alguien financió los transportes, la comida y la logística. Y cuando sigues el rastro del dinero, casi siempre llegas al mismo sitio.
En medio de todo esto, la tragedia humana. Un centenar de personas dejaron su último aliento en esas aguas frías. La Audiencia Nacional quiere determinar ahora si alguien, desde la orilla, empujó conscientemente a esa gente a una muerte casi segura.
Satélites, drones, llamadas pinchadas y declaraciones que prometen hacer temblar los cimientos diplomáticos entre Madrid y Rabat. La investigación ha dejado de ser un simple expediente de inmigración para convertirse en una historia de espías, dinero negro y geopolítica de la dura. De esa que se cobra vidas en la arena. Y todo ello sin apuntar a Marruecos, pero señalando claramente al régimen del sátrapa Mohamed VI.
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