Mientras Marruecos utilizaba a decenas de miles de personas como arma en un ataque de guerra híbrida contra territorio español, las aguas territoriales de Ceuta se convirtieron en el escenario de un enfrentamiento clandestino. Lejos de las cámaras de televisión y de los discursos oficiales, buques de guerra de la Marina Real de Marruecos ejecutaron una serie de incursiones deliberadas, reiteradas y hostiles en la franja de doce millas que delimita la soberanía marítima española. La maniobra no respondió a un despiste ni a una persecución accidental en caliente o a un hecho puntual. Formó parte de un pulso de alta intensidad coordinado desde Rabat para poner a prueba la capacidad de respuesta de las Fuerzas Armadas españolas.
Según ha publicado El País, para camuflar su presencia y obstaculizar la labor de monitorización del Estado Mayor de la Defensa, los buques marroquíes recurrieron a una táctica propia de los escenarios previos a un conflicto bélico: apagar el sistema AIS, la tecnología de identificación automática de posición, rumbo y velocidad. Aunque el uso del emisor no es estrictamente obligatorio para las unidades militares de combate, su desconexión voluntaria en un área de denso tráfico comercial como el Estrecho de Gibraltar representó una imprudencia extrema y un mensaje claro de desafío encubierto.
Roce en alta mar
La tensión escaló con rapidez en la superficie. Los buques marroquíes no solo navegaron como fantasmas electrónicos. Se negaron a responder a las reiteradas llamadas de la Armada española emitidas a través del canal 16 de VHF, la frecuencia internacional reservada de forma obligatoria para la seguridad, el auxilio y la coordinación en la mar. La callada por respuesta obligó a las tripulaciones españolas a abandonar la distancia de seguridad y ejecutar aproximaciones visuales para advertir de la violación del espacio marítimo e instar a la retirada inmediata.
Fue en una de esas arriesgadas maniobras de interceptación donde la crisis estuvo a punto de derivar en un accidente de consecuencias incalculables. La patrullera española Isla Pinto, una embarcación de apenas 20 metros de eslora y 40 toneladas enviada desde Melilla para reforzar la plaza, estuvo al borde de la colisión directa con un buque de guerra marroquí. Las arriesgadas maniobras de la nave del reino alauita y la elevada velocidad a la que se desarrollaba la persecución forzaron a la dotación española a realizar virajes al límite para evitar el abordaje en alta mar.
Para contener el desafío, la Armada desplegó de forma escalonada recursos de mayor porte. Al Buque de Acción Marítima Rayo se sumaron las fragatas Santa María y Navarra, enviadas desde la base naval de Rota. Sin embargo, la prudencia política condicionó el despliegue defensivo. Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Moncloa se emitieron órdenes estrictas para que los buques de guerra españoles permanecieran el menor tiempo posible atracados en el puerto de Ceuta. El temor era que Marruecos utilizara la presencia de unidades de combate como excusa para denunciar una escalada militar por parte de España.
Pesqueros comparsa
El grueso de la fuerza naval enviada por Rabat no se limitó a patrulleras ligeras. Según la información de El País, fuentes operativas confirmaron la incursión continuada de la fragata Tarik Ben Ziyad, un buque de combate de la clase Sigma de más de 2.000 toneladas de desplazamiento y 105 metros de longitud fabricado en los Países Bajos. Esta unidad realizó múltiples pasadas sobre la delimitación de las aguas de la ciudad autónoma, coordinándose en el tiempo con el flujo masivo de personas en la costa.
Paralelamente al despliegue de la flota gris, el estamento militar marroquí instrumentalizó la flota pesquera local. Varios barcos de pesca del país vecino irrumpieron de forma coordinada en el caladero de soberanía española. Al ser interceptados por las autoridades marítimas de nuestro país, los patrones de los barcos alegaron de forma inequívoca que sus propios mandos navales les habían autorizado expresamente a faenar en esas aguas. Revelaban así una estrategia calculada de ocupación pacífica por la vía de los hechos consumados.
No se trató de una incursión accidental ni de un exceso de celo en una persecución. Fue un ejercicio deliberado de negación de la soberanía marítima española llevado a cabo en el momento de mayor vulnerabilidad de la ciudad.
La gravedad de la situación forzó la intervención directa del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Trasladó una protesta urgente a su homólogo marroquí, Naser Burita. El jefe de la diplomacia alauita respondió con evasivas, alegando desconocer los hechos y sugiriendo reconducir el choque hacia los canales de comunicación estrictamente militares. Solo tras una dura conversación entre las cúpulas de los Estados Mayores de ambos países a finales de la primera semana de agosto, los buques marroquíes accedieron a apagar los motores y retirarse a sus bases.
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