La Iglesia alerta contra el odio digital y evita mirar algunos de sus propios discursos

Los obispos advierten sobre la deshumanización en redes y el avance de la inteligencia artificial en un momento en el que también crece el debate sobre las viejas formas de exclusión moral construidas desde instituciones tradicionales

19 de Mayo de 2026
Actualizado a las 10:35h
Guardar
La Iglesia alerta contra el odio digital y evita mirar algunos de sus propios discursos

Hay algo profundamente paradójico en escuchar a la Iglesia española advertir sobre los discursos de odio, la deshumanización y la pérdida de verdad en el espacio público contemporáneo. No porque estén equivocados. Al contrario.

Resulta difícil discutir que vivimos una época donde el ruido digital ha empezado a devorar casi cualquier posibilidad de conversación serena. Los algoritmos premian la indignación. Las redes sociales convierten la agresividad en visibilidad. Los bots amplifican mentiras a velocidad industrial. Y la inteligencia artificial amenaza con llenar internet de voces sin rostro, sin responsabilidad y sin experiencia humana detrás. Todo eso es cierto.

El problema aparece cuando quienes llevan siglos hablando desde una autoridad moral prácticamente indiscutida denuncian ahora la violencia verbal del mundo contemporáneo sin detenerse demasiado en sus propias tradiciones discursivas.

Porque la Iglesia no es únicamente una institución espiritual. También ha sido históricamente una enorme fábrica de relatos sobre lo correcto y lo incorrecto, sobre quién merecía reconocimiento y quién debía vivir bajo sospecha moral. Y esa memoria no desaparece porque hoy el enemigo se llame algoritmo.

Las palabras pronunciadas por José Manuel Lorca durante los Premios ¡Bravo! contienen una preocupación legítima. Cuando habla de un mundo donde “lo impactante se pone por delante de lo importante” o de tecnologías donde desaparece “la presencia de lo humano”, está describiendo un problema real. La comunicación contemporánea se ha vuelto muchas veces frenética, emocionalmente tóxica y extraordinariamente superficial.

Pero precisamente por eso resulta inevitable preguntarse también quién habla, desde dónde habla y con qué autoridad histórica habla. Porque la Iglesia española llega a este debate cargando todavía con enormes silencios

Silencios sobre derechos sexuales. Sobre diversidad afectiva. Sobre el papel de las mujeres. Sobre décadas de condenas morales hacia personas que durante mucho tiempo solo encontraron desde determinados púlpitos culpa, exclusión o vergüenza. Y ahí aparece la contradicción de fondo.

No basta con denunciar el odio abstracto si al mismo tiempo cuesta tanto revisar críticamente ciertos discursos propios que durante décadas contribuyeron precisamente a señalar, estigmatizar o expulsar socialmente a muchos ciudadanos. Porque los discursos de odio no nacen únicamente en Twitter. A veces también se construyen lentamente desde estructuras de autoridad que convierten determinadas identidades en anomalías morales permanentes.

Y aun así sería un error despachar las palabras de los obispos únicamente desde la ironía o el rechazo automático. Entre otras cosas porque el diagnóstico sobre el deterioro del ecosistema comunicativo contiene elementos profundamente ciertos.

Vivimos rodeados de una tecnología diseñada para capturar atención, no para generar verdad. La conversación pública se ha convertido en un mercado de estímulos instantáneos donde la complejidad pierde siempre frente a la simplificación agresiva. Y la inteligencia artificial acelera todavía más ese proceso, porque amenaza con llenar el espacio público de contenido aparentemente humano producido sin experiencia humana real.

Eso explica que incluso instituciones tradicionalmente lentas, jerárquicas y desconectadas de la cultura digital perciban ya el vértigo del cambio. La cuestión es si la Iglesia está realmente preparada para participar en esa conversación desde otro lugar distinto al de la autoridad vertical. Porque el gran problema contemporáneo quizá no sea únicamente tecnológico. Quizá tenga que ver también con algo más profundo, la crisis de legitimidad de quienes durante mucho tiempo monopolizaron la capacidad de definir la verdad pública.

Hoy ya casi nadie acepta verdades indiscutibles simplemente porque procedan de una institución. Ni del Estado. Ni de los medios. Ni de la Iglesia. Y eso obliga a todas esas estructuras tradicionales a convivir en un espacio mucho más incómodo, horizontal y fragmentado.

Probablemente por eso el discurso eclesial insiste tanto últimamente en la idea de “lo humano”. Porque intuye que el gran miedo contemporáneo no es solo tecnológico. Es existencial. El miedo a que la velocidad, los algoritmos y la polarización terminen vaciando de sentido cualquier conversación colectiva. El problema es que para defender verdaderamente lo humano no basta con criticar los excesos digitales. También hace falta asumir plenamente la pluralidad humana real. Incluso aquella que durante demasiado tiempo fue observada desde ciertos púlpitos con distancia, paternalismo o condena.

Porque la credibilidad moral no se construye únicamente denunciando el odio de los demás. También exige revisar honestamente las heridas que uno mismo ayudó a dejar abiertas.

Lo + leído