Antonio Garamendi ha decidido que este no es momento de “chulear” a Estados Unidos. Lo dice así, sin matices, con esa mezcla de suficiencia y paternalismo que tanto le gusta. Y uno no sabe si tomárselo como una recomendación económica o como una confesión involuntaria de hasta qué punto algunos llevan años instalados en una forma de pensar donde incomodar al poderoso es casi una imprudencia.
Hay frases que delatan más de lo que pretenden. Lo de no “chulear” a Estados Unidos es una de ellas. No es solo una ocurrencia desafortunada, ni un exceso verbal. Es, en realidad, toda una forma de entender el mundo, la de quien asume que hay que moverse con cuidado cuando se trata de ciertos actores, aunque esos actores, como Donald Trump, hayan dinamitado sin pudor las reglas más básicas del juego internacional.
Porque Trump no es precisamente un socio ejemplar en estos momentos. Ha erosionado el multilateralismo, ha tensionado alianzas, ha contribuido a un escenario de inestabilidad que ahora tiene consecuencias muy reales en la economía global. Pero aun así, para Garamendi, el problema no parece ser ese. El problema es que alguien pueda incomodarlo.
Y ahí empieza a dibujarse un discurso bastante reconocible. Sumiso hacia arriba, exigente hacia abajo. Prudente con el poder global, implacable con todo lo que tenga que ver con lo público, lo social o lo regulado.
Lo llamativo es la naturalidad con la que se presenta. Garamendi habla como si estuviera describiendo una evidencia, como si no hubiera alternativa posible. Como si lo razonable fuera, simplemente, aceptar el marco tal cual viene y adaptarse sin hacer demasiado ruido. Es una especie de realismo de despacho, bastante cómodo cuando uno no es quien paga las consecuencias.
Porque mientras pide no incomodar a Estados Unidos, no tiene ningún problema en cargar contra decisiones políticas internas, en cuestionar estrategias económicas o en deslizar que España va “aparte”, como si el debate político fuera una anomalía y no algo inherente a cualquier democracia. Todo muy ordenado y previsible.
Luego llega el repertorio habitual, que ya casi se podría recitar de memoria. El absentismo convertido en problema estructural, con cifras lanzadas con ligereza y una sospecha constante sobre los trabajadores, como si el mercado laboral español estuviera lleno de gente buscando cómo escaquearse. Una caricatura bastante burda, pero útil. Útil porque desplaza el foco. Porque evita hablar de otras cosas bastante más incómodas: de la calidad del empleo, de los salarios que no alcanzan, de sectores enteros sostenidos con condiciones precarias que nadie parece querer abordar en serio.
En el relato de Garamendi aparece esa idea repetida hasta el desgaste de que el problema es el Estado. Que recauda demasiado, que interviene demasiado, que pone trabas. Una visión simplificada hasta el extremo, pero eficaz si el objetivo es defender, sin fisuras, un modelo donde lo público siempre sobra y lo privado siempre acierta. Una fe casi ideológica en el mercado, aunque la realidad no siempre acompañe.
Y en medio de todo eso, la guerra. Porque Garamendi también menciona el conflicto, reconoce que “se están excediendo cosas”, desliza críticas, pero siempre con ese tono contenido, como de quien no quiere incomodar demasiado. Como si la gravedad de lo que está ocurriendo necesitara pasar por un filtro previo de conveniencia.
Y ese filtro lo cambia todo. Porque no es lo mismo analizar un conflicto que rodearlo de eufemismos. No es lo mismo señalar responsabilidades que diluirlas en frases ambiguas. Y ahí, de nuevo, el discurso se queda corto. Demasiado corto para la magnitud del momento. Lo que queda al final es una sensación bastante clara.
La de estar escuchando a alguien que habla desde una posición muy concreta, con intereses muy definidos y con una idea del mundo donde el poder económico marca los límites de lo decible. Todo lo demás, la política, lo social, incluso la propia democracia, aparece como un elemento secundario, casi molesto.
Y esa es, quizá, la parte más reveladora. Porque detrás de esa supuesta sensatez, de ese tono de moderación impostada, hay una visión profundamente conservadora, rígida y bastante poco dispuesta a cuestionar nada que venga de arriba. Lo de no “chulear” a Estados Unidos no es una anécdota. Es una forma de colocarse. Y en esa forma de colocarse, Garamendi deja bastante claro de qué lado está.