La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha confirmado que el Gobierno está preparando la evacuación y reubicación de los militares españoles desplegados en Irak, una medida que responde directamente al ajuste operativo de la OTAN tras el grave deterioro de la seguridad en la región. Esta decisión, tomada en plena jornada de demostración tecnológica BACSI en Albacete y bajo la mirada del rey Felipe VI, subraya la fragilidad de los equilibrios internacionales en un escenario marcado por la guerra en Irán y la constante amenaza de represalias cruzadas en suelo iraquí.
La presencia de las Fuerzas Armadas españolas en Irak se fundamenta tradicionalmente en dos pilares estratégicos que ahora se ven comprometidos por la violencia regional. El primero de ellos es la coalición internacional bajo la operación Inherent Resolve, destinada a la derrota definitiva del Dáesh, donde España aporta un grupo táctico de operaciones especiales compuesto por 71 militares altamente cualificados. El segundo pilar es la misión de asesoramiento de la Alianza Atlántica, la NATO Mission-Iraq (NMI), cuyo objetivo es el fortalecimiento de las instituciones de defensa locales. Sin embargo, la prioridad absoluta para la Alianza y para el Ejecutivo español ha pasado a ser la integridad física del personal, desplazando temporalmente las labores de adiestramiento y formación ante un riesgo que la portavoz de la OTAN, Allison Hart, ha calificado de primordial.
Este repliegue no es solo una cuestión logística, sino que encierra una carga simbólica y política de gran calado. Pedro Sánchez ha recuperado el histórico lema del "No a la guerra", lanzando un mensaje contundente sobre la autonomía de la política exterior española al afirmar que el país no será "cómplice" de escaladas bélicas por mero miedo a las represalias. Esta postura refleja una voluntad de coherencia con el derecho internacional, intentando desligar la lucha contra el terrorismo yihadista de los conflictos estatales que asolan la zona. La reubicación temporal de los efectivos, que ya se inició durante el último fin de semana, demuestra que el deterioro de la situación de seguridad ha alcanzado un punto de no retorno para la operatividad de las misiones tal y como se conocían hasta la fecha.
A pesar de la evacuación inminente, el horizonte temporal de la misión sigue formalmente trazado, ya que ambas operaciones han sido prorrogadas hasta el 31 de diciembre de 2026. Resulta paradójico que, en medio de esta crisis de seguridad, esté previsto que un militar español asuma el mando de la NMI a partir de mayo de este mismo año. Este hecho resalta la paradoja de la defensa moderna: la necesidad de mantener el liderazgo y el compromiso con la estabilidad de Irak mientras, simultáneamente, se vacían las bases por el fuego cruzado de potencias regionales. La evacuación pone de manifiesto que el sistema educativo profesional militar y la estructura de seguridad nacional iraquí, áreas donde España ha sido clave desde 2018, quedan ahora en un paréntesis de incertidumbre.
La salida de los militares españoles de sus emplazamientos habituales en Irak es un síntoma de un cambio de era en la gestión de crisis internacionales. El papel de España como aliado fiable se mantiene, pero bajo una nueva premisa de protección de fuerzas y realismo político. Mientras el Ejército del Aire y del Espacio avanza en su modernización tecnológica en territorio nacional, sus unidades en el extranjero enfrentan la cruda realidad de una guerra cercana que amenaza con absorber cualquier esfuerzo de paz. La seguridad de los soldados se ha convertido en el único baremo válido en una partida de ajedrez donde las fronteras de los conflictos ya no respetan los perímetros de las misiones internacionales de ayuda.