la maquinaria discreta del Estado, esa que casi nunca aparece en los titulares, ha empezado a funcionar a pleno rendimiento. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha activado los primeros operativos para facilitar la salida de ciudadanos españoles atrapados en Oriente Próximo tras la rápida escalada militar que sacude la región desde finales de febrero. Un primer grupo de 175 personas ya vuela hacia Madrid desde Abu Dabi. Es sólo el inicio de una operación mucho más compleja, en distintos países del Golfo y alrededores hay decenas de miles de españoles, residentes o viajeros temporales, pendientes de cómo evoluciona una crisis que cada día suma nuevos frentes.
La diplomacia española se mueve con una regla conocida en este tipo de situaciones, actuar rápido y hablar poco. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, confirmó el comienzo de las evacuaciones tras el Consejo de Ministros, pero evitó detallar rutas o dispositivos. No es un gesto de opacidad política sino una precaución habitual en operaciones que dependen de corredores aéreos inestables, permisos diplomáticos cambiantes y un mapa militar que se mueve casi a diario.
Una operación logística bajo presión
El dispositivo combina vuelos comerciales, recursos diplomáticos y, cuando sea necesario, medios del Ministerio de Defensa. No existe un único plan porque la situación varía según el país. En algunos lugares las salidas pueden organizarse desde aeropuertos todavía operativos; en otros la evacuación depende de traslados por carretera hasta países vecinos.
El reto principal no está tanto en la logística como en el volumen potencial de afectados. Emiratos Árabes Unidos concentra una comunidad española particularmente numerosa: alrededor de 13.000 personas entre residentes, turistas y profesionales desplazados por trabajo. La cifra ilustra hasta qué punto la globalización ha cambiado la naturaleza de estas crisis. Hace décadas las evacuaciones consulares eran episodios excepcionales. Hoy forman parte del manual de la diplomacia.
En Irán la comunidad española es mucho más reducida, poco más de 150 personas, pero la complejidad del contexto político y militar convierte cualquier operación en un ejercicio delicado. El deterioro de la seguridad regional obliga a trabajar con escenarios que cambian casi cada hora.
Cuando la diplomacia funciona en modo crisis
Las embajadas españolas en la región han pasado en pocos días de la rutina administrativa a una actividad prácticamente permanente. El Ministerio de Exteriores ha decidido reforzar inmediatamente las delegaciones diplomáticas en Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Omán, mientras reorganiza su presencia en Bahréin para mejorar la coordinación consular.
En Madrid, la sala de crisis del ministerio trabaja sin interrupción. Este tipo de centros, poco visibles para el público, son los que coordinan listas de ciudadanos, rutas de salida, comunicación con familias y contactos con otros gobiernos. Su funcionamiento se parece más al de una sala de operaciones que al de una oficina administrativa.
La evacuación de ciudadanos en zonas de conflicto es una de las pocas políticas públicas donde el margen para la retórica desaparece. Lo que cuenta es la capacidad del Estado para localizar, proteger y trasladar a su gente en medio de un entorno muy inestable.
Entre los españoles que residen en Abu Dabi se encuentra también el rey emérito, instalado allí desde 2020. Exteriores ha evitado pronunciarse sobre su situación, remitiendo cualquier información a la Casa Real. En la práctica, su eventual regreso a España dependería de decisiones ajenas al operativo consular ordinario.
Mientras tanto, los diplomáticos españoles en la región siguen haciendo lo que suelen hacer en estas crisis: preparar escenarios. Algunos permitirán evacuaciones rápidas; otros exigirán paciencia. La única certeza, en este momento, es que el dispositivo no se cerrará hasta que el último ciudadano que quiera salir pueda hacerlo.