La directora de la Guardia Civil, imputada por prevaricación

El juez Santiago Pedraz cerca a la directora general y al número dos del instituto armado por presunta prevaricación en una maniobra urdida para desactivar las investigaciones que amenazan al Gobierno

02 de Julio de 2026
Actualizado a las 12:12h
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Mercedes González directora Guardia Civil
Mercedes González en una imagen de archivo

La frontera que separa la dirección política del Estado de la independencia operativa de sus cuerpos policiales de élite constituye un pilar sagrado e innegociable. Cuando esa línea se difumina o se quiebra deliberadamente bajo el peso de las urgencias de un Gobierno acorralado, las instituciones entran en una zona de penumbra constitucional. La decisión del magistrado de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, de imputar a la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, y al Director Adjunto Operativo (DAO), el teniente general Manuel Llamas, introduce al país en un escenario de crisis institucional sin precedentes modernos. Acusados de presuntos delitos de prevaricación y obstrucción a la justicia, los dos máximos responsables del instituto armado se encuentran hoy en el centro de un sumario que investiga un plan sistemático para descabezar y amordazar a la Unidad Central Operativa (UCO), el brazo de la ley que ha osado escrutar las entrañas del poder ejecutivo.

El estallido del denominado caso Leire ha dejado de ser un simple asunto de fontanería de partido para convertirse en una presunta trama de Estado de proporciones colosales. La investigación judicial, espoleada por una petición expresa de la Fiscalía Anticorrupción, sitúa a la exmilitante socialista Leire Díez como la presunta urdidora de una contraofensiva diseñada en la sombra. El objetivo no era otro que deponer el ímpetu de los investigadores de la UCO mediante presiones internas y la apertura de investigaciones artificiales encaminadas a desacreditar sus informes sobre la corrupción que cerca al entorno del palacio de la Moncloa. Con este movimiento, el juez Pedraz desactiva la estrategia de contención del Gobierno y sitúa el foco sobre la propia cúpula de un cuerpo cuya divisa histórica es el honor, pero que hoy se ve arrastrado a la arena del más crudo y descarnado asfixia política.

La coartada de ponerse de perfil

La gravedad de las pesquisas judiciales cobró un impulso irreversible tras las declaraciones en sede judicial de altos mandos de la judicatura y de la propia Guardia Civil. Entre los testimonios más demoledores destaca el del exjefe de la UCO, Rafael Yuste, quien ratificó ante el tribunal una directriz interna que expone las costuras del control político sobre la fuerza pública. Según el relato del coronel Yuste, el número dos del cuerpo, el teniente general Manuel Llamas, exigió de forma explícita a los investigadores de élite ponerse de perfil y abandonar cualquier atisbo de proactividad en aquellos procedimientos judiciales que tuvieran una evidente afectación política para el Ejecutivo. Aunque los mandos policiales deslizaron con cautela que no se sintieron formalmente intimidados, la revelación de una orden destinada a anestesiar las pesquisas contra el poder político constituye el núcleo duro sobre el que se levanta la imputación por obstrucción a la justicia.

Este intento de desactivación operativa coincide con los movimientos de Leire Díez para abrir una información reservada contra la propia unidad de élite. La trama gubernamental pretendía utilizar una vía reglamentaria interna para averiguar si la UCO era la responsable última de la filtración a la prensa de una serie de mensajes de mensajería instantánea intercambiados entre el exministro José Luis Ábalos y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La maniobra, lejos de buscar la transparencia, se perfila en la instrucción como un castigo ejemplarizante y un mecanismo de intimidación directo contra los agentes que custodiaban los secretos más comprometedores de la legislatura. Mientras la acusación popular liderada por el Partido Popular exigía extender el cerco penal al exdirector de la institución, Leonardo Marcos, la Fiscalía y el juez han preferido concentrar sus dardos en quienes ejecutaron materialmente el giro de timón en el organigrama policial.

El rastro digital borrado

En el centro del Laberinto procesal se encuentra la persistente sombra de la destrucción de pruebas tecnológicas, un patrón que se repite con alarmante regularidad en los entornos salpicados por esta investigación. La directora general, Mercedes González, compareció ante la comisión de control del Senado para negar de forma tajante y solemne cualquier participación en una conspiración contra la UCO o haber actuado bajo el influjo de la conseguidora Leire Díez. Sin embargo, los informes periciales de la propia Unidad Central Operativa desmienten los términos de ese desmentido institucional, documentando al menos tres encuentros discretos entre ambas mujeres celebrados entre finales de dos mil veinticuatro y la primavera de dos mil veinticinco.

La prueba de cargo más inquietante que manejan los analistas y los investigadores radica en el rastro digital que ambas intentaron borrar de sus terminales telefónicos privados. Los peritos informáticos de la Guardia Civil han detectado un intercambio de mensajes que coincide milimétricamente con el día posterior a la publicación en los medios de las comunicaciones secretas de la Moncloa. El análisis de los metadatos revela que, de manera simultánea al estallido del escándalo mediático, la directora general activó en la aplicación de mensajería una función de borrado automático de mensajes con una cadencia de veinticuatro horas, procediendo además a purgar por completo el historial de conversaciones previas.

Esta utilización de herramientas tecnológicas de ocultación por parte de la máxima autoridad civil del instituto armado dinamita la presunción de inocencia administrativa y refuerza la tesis judicial de que se pretendía encubrir una coordinación delictiva para golpear a la unidad policial más incómoda del Estado. El proceso penal que ahora se abre no solo juzga la conducta de dos altos funcionarios, sino la capacidad de resistencia del sistema democrático frente a la tentación autoritaria de someter la acción de los jueces y los investigadores al arbitrio y conveniencia de las necesidades de las siglas del Gobierno.

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