La directora de la Guardia Civil culpa a Cerdán y al DAO de la guerra sucia contra la UCO

La comparecencia de la directora general de la Guardia Civil ante el juez Santiago Pedraz acentúa la brecha en la cúpula del instituto armado mientras las cloacas del PSOE amenazan con devorar la credibilidad del Estado

17 de Julio de 2026
Actualizado a las 14:24h
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La ofensiva judicial del PP amplía el foco sobre Interior en el caso Leire Díez

Cuando Mercedes González, la mujer que el Partido Socialista erigió en el símbolo de la renovación al frente de la Guardia Civil, pisó este viernes las dependencias de la Audiencia Nacional, no vestía el uniforme de la victoria ni la apostura de las grandes solemnidades institucionales. Llevaba consigo el pesadísimo fardo de una imputación formal y la incómoda certeza de que las explicaciones ensayadas durante días no bastaban para disipar las sombras de un escándalo que corroe la cúpula del Estado.

El motivo de su citación no era una simple formalidad administrativa, sino el avance de las pesquisas sobre el denominado caso cloacas, un intrincado laberinto de presuntas maniobras de guerra sucia destinadas a descarrilar las causas judiciales que asfixian al Ejecutivo. La investigación instruida por el magistrado Santiago Pedraz sitúa a la directora general en el ojo del huracán por la presunta comisión de un delito de obstrucción a la justicia y otro continuado de prevaricación administrativa. La comparecencia, aplazada el día anterior debido a la maratoniana y tensa declaración del director adjunto operativo, el teniente general Manuel Llamas, se convirtió en un ejercicio desesperado de control de daños donde la estrategia defensiva pasó por derivar responsabilidades hacia la cúpula militar del cuerpo y los despachos más influyentes de la calle Ferraz.

Las tres citas con la fontanera

El núcleo duro de la incriminación contra la alta funcionaria descansa sobre los minuciosos atestados de la Unidad Central Operativa, la elite de la policía judicial cuyos propios compañeros contemplan hoy con una mezcla de admiración profesional y pavor político. Los investigadores de la UCO sostienen que existió una secuencia de contactos presenciales entre la máxima responsable del instituto armado y Leire Díez, la exmilitante socialista señalada como la supuesta arquitecta de la trama orientada a desactivar las investigaciones que cercan al entorno del Gobierno. Los informes operativos registran con precisión quirúrgica tres fechas marcadas en rojo: el treinta de septiembre de dos mil veinticuatro, el veinte de diciembre del mismo año y el dos de abril de dos mil veinticinco.

Frente a la rotundidad de los datos técnicos recopilados por la unidad policial, la versión ofrecida por la imputada ante el juez instructor se adentró en el terreno de las matizaciones terminológicas y las amnesias selectivas. La directora general rehusó calificar las reuniones como encuentros de trabajo, prefiriendo denominarlos simples contactos informales, y redujo el cómputo total a solo dos citas. Según fuentes conocedoras del interrogatorio llevado a cabo en el juzgado central de instrucción, la máxima responsable del cuerpo relató que en aquel primer cara a cara la interlocutora se presentó bajo la cobertura de una periodista independiente. En un pasaje que roza el surrealismo político en medio de una causa de esta trascendencia, la compareciente admitió que aceptó el diálogo porque la autodenominada informadora acudió a felicitarla efusivamente por su nombramiento, refiriéndose a su designación al frente de la Benemérita como un auténtico regalo de la vida.

Sin embargo, el relato de la ingenuidad institucional comenzó a agrietarse conforme avanzaron las preguntas del juez y de las acusaciones sobre la segunda reunión. Fue en ese encuentro invernal cuando la operadora política puso sobre la mesa el nombre del comandante Rubén Villalba, un agente clave salpicado por la trama del caso Koldo. Los atestados de la policía judicial recogen la declaración del propio oficial imputado, quien reveló ante los investigadores que la fontanera del entorno socialista le habría ofrecido importantes contrapartidas judiciales y un jugoso acomodo como asesor directo de la propia directora a cambio de colaborar en una purga interna orientada a neutralizar a los mandos más incómodos de la institución. La imputada aseguró al magistrado que en cuanto se mentó al comandante decidió cortar en seco la conversación, proclamándose a sí misma como una víctima inocente de la trama y sugiriendo que, de haber sabido que la intermediaria actuaba supuestamente en nombre de Santos Cerdán, por entonces número tres del aparato del partido, la reacción habría sido radicalmente distinta.

La cacería de los investigadores

Lo que convierte este episodio en un auténtico drama de Estado no es solo la componenda de pasillo entre fontaneros políticos y mandos de la seguridad pública, sino la perturbadora coincidencia cronológica entre las reuniones clandestinas y el uso del aparato disciplinario interno contra los agentes dedicados a perseguir la corrupción. La documentación aportada por los investigadores del caso expone una sincronía casi matemática entre las citas de la directora general y la apertura de expedientes de información reservada dirigidos a amedrentar a los miembros de las unidades de elite que redactaban los informes más comprometedores para el poder político.

Uno de los episodios más reveladores de esta cacería burocrática se produjo cuando la cúpula del cuerpo ordenó rastrear con lupa el trabajo de los especialistas asignados al expediente del hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez. La orden interna exigía averiguar qué agente concreto había tenido la osadía de incorporar a las actuaciones judiciales una serie de correos electrónicos cruzados entre la esposa del jefe del Ejecutivo, Begoña Gómez, y el mencionado músico. Aquella pesquisa interna, que concluyó con una reprimenda verbal dictada por el coronel jefe de la unidad contra el investigador responsable, constituyó un aviso para navegantes dentro del cuerpo: la línea que separaba la función judicial de la conveniencia política se había vuelto peligrosamente fina.

Interrogada sobre esta dinámica de fiscalización hacia los suyos, la máxima responsable política del instituto armado optó por replegarse hacia la figura del DAO de la Guardia Civil, el teniente general Manuel Llamas. La compareciente alegó ante el instructor que el único expediente disciplinario que ella ordenó incoar en todo su mandato fue precisamente el que le solicitó de forma expresa el propio director adjunto operativo. La justificación ofrecida ante el juzgado no estuvo exenta de un cinismo burocrático desconcertante: según su testimonio, el alto mando militar le pidió que rubricara el expediente sobre una supuesta filtración a los medios de comunicación porque quedaba feo y resultaba institucionalmente estrambótico que fuera el propio teniente general quien firmara una investigación que afectaba a su propia persona.

La fractura irreparable en la Guardia Civil

Las ramificaciones de la declaración prestada en la Audiencia Nacional van mucho más allá del futuro procesal de sus protagonistas; han abierto en canal un cisma sin precedentes en el seno de la Guardia Civil. La estrategia de la cúpula política y del puesto de mando operativo, basada en descalificar los atestados de sus propios subordinados de la policía judicial para salvar el pellejo judicial, ha provocado un incendio de proporciones dantescas en las casas cuartel de todo el país. La visión de un DAO arremetiendo sin piedad contra los profesionales de la investigación criminal y negándose en redondo a dimitir, incluso ante la perspectiva inminente de un procesamiento formal, ha destrozado la fina urdimbre de lealtad y jerarquía que sostiene a la institución militar.

El choque de trenes entre la dirección civil, respaldada por la jerarquía operativa salpicada, y los mandos territoriales de la policía judicial dibuja un escenario de descomposición institucional donde la verdad objetiva se ha convertido en una pieza cobrada por la política. Las acusaciones cruzadas, los desmentidos públicos a los generales que denunciaron presiones insoportables para suavizar los informes y la sensación de que se ha utilizado el régimen disciplinario como una guillotina de uso partidista han hundido la moral de una unidad acostumbrada a operar en los márgenes de la excelencia profesional y el anonimato.

Los observadores más lúcidos de la vida pública española contemplan este espectáculo con una mezcla de vértigo y estupor. La utilización de las estructuras del Estado de Derecho para edificar cortafuegos defensivos en torno a las causas judiciales que amenazan al Gobierno no es una novedad en la historia reciente, pero la torpeza de los métodos y la desfachatez con la que los implicados se señalan mutuamente en el estrado judicial revelan una degradación acelerada del sentido de Estado. Al derivar las culpas hacia la figura de Santos Cerdán y los mandos del escalafón militar, la responsable política de la corporación no solo no ha logrado limpiar su imagen, sino que ha dibujado el retrato de un sistema de poder donde la responsabilidad se evapora en cuanto el agua de la justicia empieza a hacer agua por el cuello de los implicados.

Horizonte penal

El juez Santiago Pedraz se enfrenta ahora a la ingente tarea de discernir hasta dónde llega la simple impericia burocrática y dónde empieza la conducta criminal destinada a torcer el brazo de la justicia. La imputación por prevaricación administrativa y obstrucción a la justicia no es un mero adorno procesal; exige acreditar que las resoluciones adoptadas desde el despacho de la dirección general tenían como objetivo a sabiendas entorpecer el trabajo de los tribunales y proteger a una red de fontanería política empeñada en neutralizar causas molestas.

Las contradicciones flagrantes entre los testimonios de los altos mandos, el contenido de las comunicaciones interceptadas y el rigor de los atestados suscritos por los investigadores auguran semanas de alta tensión procesal en la Audiencia Nacional. La estrategia de echar balones fuera y parapetarse tras la figura de intermediarios, mandos intermedios o referentes del partido amenaza con volverse en contra de sus propios ejecutores si las acusaciones logran armar el rompecabezas de las voluntades de la trama.

En las dependencias judiciales de la calle Prim, el desfile de imputados continuará mientras la opinión pública asiste al lento e inexorable derrumbe del relato oficial. Mercedes González, la política destinada a pacificar la Benemérita y proyectar una imagen de pulcritud institucional, ha terminado convertida en el rostro visible de una crisis que amenaza con devorar las capas más profundas del departamento de Interior. Cuando la política desciende al barro de las cañerías del Estado para salvar la piel de sus dirigentes, la primera víctima nunca es el adversario, sino la fe de los ciudadanos en las reglas del juego democrático. Y en ese naufragio moral, las explicaciones prestadas ante el juez no son más que el triste eco de un poder que se ahoga en sus propias contradicciones.

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