La vieja promesa de la igualdad, tantas veces proclamada y tan lentamente cumplida, encuentra en la vida cotidiana de las madres uno de sus espacios más elocuentes, allí donde el tiempo propio se convierte en un lujo escaso y donde el cuidado, lejos de repartirse, sigue anclado en una lógica desigual que limita incluso lo más elemental: la posibilidad de atenderse a una misma.
Los datos no admiten demasiadas interpretaciones, pero sí exigen una lectura más profunda que la mera estadística, porque cuando el 99% de las madres identifica la falta de conciliación y corresponsabilidad como un obstáculo para su autocuidado no estamos ante una suma de dificultades individuales, sino ante una estructura persistente que sigue asignando a las mujeres la gestión casi exclusiva del tiempo y del cuidado, como si la igualdad hubiera quedado detenida en el plano declarativo.
La encuesta, elaborada por el Club de Malasmadres en colaboración con DKV y respaldada por más de 8.200 respuestas, dibuja un escenario donde el tiempo aparece como un territorio en disputa constante, atravesado por el cansancio, la sobrecarga y una suerte de renuncia silenciosa que se instala en la vida cotidiana de muchas mujeres. No se trata de falta de voluntad, como advierte Laura Baena, sino de una imposibilidad material que revela hasta qué punto el autocuidado sigue siendo, en la práctica, un privilegio condicionado.
Esa imposibilidad adopta formas concretas, casi reconocibles en cualquier conversación cotidiana: la sensación de que siempre hay algo más urgente, la postergación de lo propio en favor de lo inmediato, la dificultad para reservar un espacio que no esté atravesado por la culpa. Una culpa que no es espontánea, sino aprendida, construida sobre la idea de que el tiempo de las mujeres pertenece antes a los demás que a ellas mismas, y que se activa incluso cuando se intenta revertir esa lógica.
No resulta menor que más de ocho de cada diez madres reconozcan ese sentimiento al dedicar tiempo a su propio bienestar, ni que una parte significativa de esa culpa esté vinculada a la carga mental, esa dimensión invisible del trabajo doméstico que organiza, anticipa y sostiene el funcionamiento del hogar sin reconocimiento explícito. En ese ámbito, donde no hay horarios ni desconexión posible, el autocuidado se convierte en una interrupción más que en un derecho.
El estudio también apunta a una paradoja reveladora en la manera en que se concibe el cuidado personal, donde el ejercicio físico ocupa un lugar central mientras las revisiones médicas o la atención a la salud mental quedan relegadas a un segundo plano, lo que refleja una jerarquía del bienestar atravesada por inercias culturales que priorizan lo visible frente a lo esencial. No es solo una cuestión de hábitos, sino de cómo se construye socialmente la idea de cuidarse.
Las consecuencias de esta falta de tiempo propio no permanecen en el terreno abstracto, sino que se traducen en estados emocionales que afectan de manera directa a la calidad de vida de las mujeres: desbordamiento, irritabilidad, ansiedad o desmotivación aparecen con una frecuencia que deja de ser anecdótica para convertirse en un síntoma colectivo. El descanso insuficiente, que afecta a una mayoría significativa, completa un cuadro que no puede entenderse sin atender a las condiciones en las que se desarrolla la vida cotidiana.
A este escenario se suma la realidad de la llamada “generación sándwich”, mujeres que sostienen simultáneamente el cuidado de hijos y de personas mayores, lo que intensifica una carga ya de por sí elevada y reduce aún más los márgenes de autonomía personal. En estos casos, la sobrecarga no es una percepción, sino una experiencia concreta que condiciona el tiempo, la salud y la capacidad de decisión.
En este contexto, el autocuidado deja de ser una cuestión privada para adquirir una dimensión política en el sentido más amplio del término, porque interpela directamente al modo en que se organiza la sociedad, al reparto del tiempo y a la distribución de responsabilidades. No es una elección individual, sino un derecho condicionado por las estructuras que lo hacen posible o lo impiden, y en ese sentido, la falta de conciliación y corresponsabilidad aparece como uno de los déficits más persistentes del modelo actual.
La jornada “La Hora de Cuidarse”, en la que se presentaron estos datos, ha querido precisamente desplazar la mirada desde la responsabilidad individual hacia el contexto colectivo, reivindicando el autocuidado como un espacio legítimo que no debería estar atravesado por la culpa ni condicionado por la sobrecarga. Sin embargo, ese cambio de enfoque requiere algo más que discursos o iniciativas puntuales; exige una transformación profunda en la organización del tiempo y del trabajo.
Porque, en última instancia, lo que estos datos ponen de manifiesto es que la igualdad no se mide únicamente en derechos formales, sino en la capacidad real de disponer de tiempo propio, de decidir sobre él y de ejercer ese derecho sin tener que justificarlo constantemente. Y en ese terreno, todavía hoy, las mujeres siguen negociando consigo mismas lo que debería estar garantizado por la sociedad en su conjunto.