Ver cómo los hechos desmoronan la versión oficial de un Gobierno es terrible. No ocurre de golpe, con un gran estallido, sino más bien como ese goteo constante y molesto de un grifo a medianoche: un documento desclasificado por aquí, un registro de llamadas por allá... hasta que la inundación es total.
Durante semanas el gobierno de Pedro Sánchez vendió la misma milonga. Salían los ministros (salvo Margarita Robles) a los micrófonos, se ponían estupendos y nos decían que lo de Ceuta —aquellos más de 70.000 cruces en apenas 48 horas— había sido una tormenta impredecible. Un fenómeno de la naturaleza, casi. Algo imposible de frenar para los servicios de inteligencia. Pero miren por dónde... el Gobierno ni estaba ciego, ni estaba sordo. Prefirió, sencillamente, mirar para otro lado.
La alerta que nadie quiso leer
Un día antes de que la frontera saltara por los aires, en los despachos del Centro Nacional de Inteligencia la actividad era frenética. Los agentes del CNI llevaban horas rastreando la red. Y lo que veían en las pantallas de sus ordenadores ponía los pelos de punta.
Grupos de WhatsApp echando humo. Páginas de Facebook con nombres tan explícitos como "asalto a la valla de Ceuta" o "Hraga Ceuta", acumulando más de 180.000 seguidores. Los mensajes no podían ser más claros: aprovechar la Fiesta del Trono en Marruecos, el momento exacto en que la gendarmería del país vecino estaría distraída o con la guardia baja, para lanzarse al agua o a la verja.
¿Y qué hizo el CNI? Lo que le tocaba. Redactó notas de urgencia, levantó el teléfono y avisó a todo el mundo. Mandó la alerta a Rabat, sí, pero también la puso sobre la mesa de los mandos policiales y de los representantes del gobierno en la propia ciudad autónoma. Amenaza real, cuantificada y con hora fijada. Cero sorpresas.
Teléfonos sonando en el vacío
Pues bien, aquí es donde la historia se vuelve casi berlanguiana... si no fuera porque nos jugábamos la seguridad de todo un país.
Según se indica en los documentos desclasificados por el Gobierno, el 29 de julio, 24 horas antes del desastre, un agente del CNI en Ceuta contactó directamente con el jefe de gabinete del delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez Triano. Le mandó mensajes avisando de la gravedad de lo que se venía encima y pidiendo refuerzos urgentes. Poco después, mantuvieron una llamada telefónica de más de once minutos. Una conversación larga, de esas donde se habla de todo.
Sin embargo, la Delegación de Gobierno lanzó un comunicado oficial asegurando que a ellos nadie les había avisado de nada. Que no tenían ni un solo informe sobre la mesa. ¡Un desmentido en toda regla mientras el teléfono aún estaba caliente!
Y la cosa no acaba ahí. Mientras la masa se organizaba a la vista de cualquiera en internet, los analistas del CNI, según se indica en los documentos desclasificados, intentaron localizar a los mandos del Servicio de Información de la Guardia Civil. La respuesta al otro lado de la línea fueron disculpas y excusas. Que si el mando principal estaba fuera y que ya se encargaría otro cuando pudiera. Entre trámites burocráticos, ausencias por vacaciones y llamadas cruzadas, las horas pasaron y la frontera se quedó vendada.
Mirar a Rabat y taparse los ojos
Luego está el papel de Marruecos, claro. Esa eterna asignatura pendiente de la diplomacia española.
El CNI avisó formalmente a la inteligencia interior y exterior de Rabat. Les dijo con puntos y comas lo que se estaba preparando. Sin embargo, cuando la marea humana se lanzó al agua, la reacción marroquí fue el silencio más absoluto. Informes posteriores del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras no dudan en señalar la inacción, y en algunos momentos, la pasividad cómplice, de los agentes marroquíes en la orilla opuesta.
La pregunta que flota en el aire es inevitable y evidente: ¿Rabat no hizo nada porque no pudo o, en realidad, formaba parte de la estrategia de guerra híbrida?
Lo cierto es que, mientras tanto, en el gobierno de Pedro Sánchez saltaron las costuras. Ver a la ministra de Defensa, Margarita Robles, admitir en el Congreso que la alerta del CNI existió y fue real, mientras desde Interior se echaban balones fuera, dejó al descubierto una grieta monumental en el propio Gobierno.
La farsa de la sorpresa
Al final, cuando se unen todos los puntos, sobre todo cuando hay por medio documentos oficiales, el dibujo que queda es bastante desolador.
No hubo un fallo de la inteligencia española. El CNI hizo su trabajo: detectó el peligro, midió su impacto y avisó a quien tenía la responsabilidad de apretar el botón de emergencia. Lo que falló fue todo lo demás. El Gobierno prefirió guardar la alerta en un cajón para no alterar a Marruecos o, peor aún, por pura incapacidad organizativa.
Decía un viejo veterano del periodismo que las excusas en política duran lo que tarda en desclasificarse el primer papel. Hoy, con los registros sobre la mesa, la teoría de la "tragedia imprevisible" se ha evaporado por completo. Y nos deja ante una realidad mucho más dura: la de un gobierno que supo exactamente lo que iba a pasar y decidió cruzarse de brazos.
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