Estados Unidos ha decidido ampliar la presión sobre el estrecho de Ormuz y lanzar un aviso directo a Omán, uno de sus aliados tradicionales en el Golfo y uno de los países que durante años ha ejercido un papel discreto de mediador entre Washington y Teherán.
El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, advirtió este jueves de que su departamento actuará “agresivamente” contra cualquier actor que participe directa o indirectamente en un sistema de peajes para los buques que atraviesen el estrecho, una propuesta vinculada a Irán y a las negociaciones sobre la reapertura plena de una de las rutas energéticas más sensibles del planeta.
La amenaza tiene una dimensión política evidente. Ormuz no es solo un paso marítimo. Por allí transita una parte esencial del petróleo y del gas mundial, y cualquier alteración en sus condiciones de navegación tiene efectos inmediatos sobre los mercados, la inflación y la seguridad energética global. Por eso Washington rechaza que Irán pueda obtener capacidad de control económico o administrativo sobre el tráfico marítimo en la zona.
Pero el tono elegido por la Administración Trump vuelve a revelar una forma de hacer política exterior basada menos en la diplomacia paciente que en la intimidación pública, incluso contra países aliados.
La advertencia del Tesoro llega después de que medios y fuentes regionales apuntaran a conversaciones sobre un posible mecanismo de peajes en Ormuz, en el que Omán podría desempeñar algún papel junto a Irán. Reuters informó de que Washington ha advertido a Mascate de que no debe facilitar ningún sistema de cobro en el estrecho, ni de forma directa ni indirecta.
Otros medios han recogido además declaraciones atribuidas al entorno de Trump en las que el presidente estadounidense habría elevado la amenaza hasta términos abiertamente explosivos contra Omán, una retórica insólita hacia un socio que ha sido históricamente útil para mantener canales abiertos con Irán.
Una negociación bajo presión militar
El episodio se produce en un momento especialmente delicado. Estados Unidos e Irán mantienen conversaciones sobre el futuro de Ormuz y el cese de hostilidades, pero al mismo tiempo se acusan mutuamente de violar la tregua. En las últimas horas, la Guardia Revolucionaria iraní aseguró haber atacado una base estadounidense en respuesta a un bombardeo previo de Estados Unidos cerca de Bandar Abbas, frente al estrecho. Washington, por su parte, sostiene que actuó contra amenazas iraníes vinculadas a drones y a objetivos militares en la zona.
La situación refleja una contradicción cada vez más visible en la estrategia de Trump. Mientras su Administración habla de negociación y de estabilidad, mantiene una política de presión militar, sanciones y amenazas que estrecha los márgenes diplomáticos. El problema no es solo Irán. El problema es que Washington empieza a tratar incluso a sus aliados como piezas subordinadas dentro de una negociación diseñada desde la fuerza.
Omán queda ahora en una posición incómoda. Ha sido durante años un interlocutor útil precisamente porque no se comportaba como un actor estridente, sino como un puente. Amenazarlo con sanciones puede servir a Trump para exhibir dureza, pero también puede debilitar uno de los pocos canales regionales capaces de facilitar algún tipo de salida negociada.
En el fondo, la crisis de Ormuz vuelve a mostrar hasta qué punto la política exterior de Trump funciona a golpe de ultimátum. Primero se militariza el conflicto. Después se anuncia una posible negociación. Más tarde se amenaza a los mediadores si el resultado no encaja con los intereses de Washington. Y, entre tanto, el mundo sigue pendiente de un estrecho por el que pasan energía, comercio y una parte decisiva de la estabilidad económica internacional.