Von der Leyen alerta del impacto energético mientras Bruselas sigue sin anticiparse a la crisis

La Comisión Europea plantea ajustes técnicos ante el encarecimiento de la energía, pero llega tarde a un problema estructural marcado por la dependencia exterior

17 de Marzo de 2026
Actualizado el 20 de marzo
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Von der Leyen alerta del impacto energético mientras Bruselas sigue sin anticiparse a la crisis

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha advertido a los líderes europeos de que el conflicto en Oriente Próximo puede agravar aún más la crisis energética. Su mensaje insiste en la necesidad de prepararse para un escenario más duro, pero también deja en evidencia una reacción que vuelve a ser más correctiva que preventiva ante una vulnerabilidad conocida desde hace años.

La carta de Ursula von der Leyen a los líderes europeos contiene un diagnóstico acertado, pero llega con el retraso habitual. Europa debe prepararse para más, advierte la presidenta de la Comisión. Más impacto económico, más presión sobre los precios de la energía, más incertidumbre. El problema es que ese “más” no es nuevo.

La dependencia energética del exterior lleva años condicionando la política europea. Cada crisis internacional, desde Ucrania hasta Oriente Próximo, ha puesto de manifiesto la misma debilidad. Y, sin embargo, la respuesta institucional sigue moviéndose entre ajustes técnicos y recomendaciones prudentes. Von der Leyen plantea una batería de medidas que apuntan en la dirección adecuada. Contratos eléctricos estables, revisión de la fiscalidad energética, refuerzo del mercado de emisiones, apoyo a la industria. Son propuestas conocidas.

La cuestión es otra. Por qué esas herramientas no se han activado con suficiente anticipación. La Comisión reconoce ahora que la electricidad puede estar gravada muy por encima del gas en algunos países, penalizando la electrificación. También admite que el encarecimiento de la energía ya está teniendo un impacto directo en la economía europea. Nada de eso es nuevo. Lo que cambia es la urgencia.

El dato es significativo. Desde el inicio del conflicto, la Unión Europea ha tenido que asumir miles de millones adicionales en importaciones de combustibles fósiles. Un coste que refleja la falta de autonomía energética. La Comisión lo presenta como una advertencia. En realidad, es la confirmación de un problema estructural no resuelto.

El discurso de Bruselas sigue atrapado en un equilibrio complejo. Por un lado, se insiste en acelerar la transición hacia energías limpias. Por otro, se pide evitar distorsiones en el mercado y no alterar las señales de inversión. Esa combinación ha generado un sistema rígido, poco adaptado a situaciones de crisis.

La prioridad de preservar el mercado interior ha terminado limitando la capacidad de reacción. Las medidas de emergencia se analizan caso por caso, se condicionan a múltiples requisitos y se aplican con cautela. El resultado es una respuesta lenta en un contexto que exige rapidez.

La propia Comisión reconoce otra contradicción. El sistema marginalista de fijación de precios funciona en condiciones normales, pero traslada el encarecimiento del gas al conjunto del mercado eléctrico cuando hay tensiones. Se admite el problema, pero no se aborda de forma estructural.

El impacto no se queda en los mercados. Afecta directamente a la industria y a los hogares. Von der Leyen plantea reforzar las ayudas a los sectores más intensivos en energía y facilitar instrumentos de compensación. Son medidas necesarias, pero insuficientes si no se acompañan de una estrategia más ambiciosa.

La volatilidad de los precios se ha convertido en un factor permanente, no en una excepción. Y eso exige algo más que mecanismos temporales. La Comisión también apunta a la necesidad de mejorar las redes eléctricas y evitar que parte de la energía generada no llegue a los consumidores. De nuevo, un diagnóstico compartido desde hace años. La diferencia es que ahora la presión externa obliga a actuar.

El mensaje de Von der Leyen busca anticipar un escenario de mayor tensión. Pero también evidencia una forma de gestionar las crisis basada en la reacción. Europa sabe dónde están sus debilidades. Dependencia energética, falta de infraestructuras, rigidez regulatoria. Lo ha comprobado en crisis sucesivas. Sin embargo, la respuesta sigue siendo incremental, más centrada en ajustar el sistema que en transformarlo. La advertencia es pertinente. El conflicto puede prolongarse y sus efectos intensificarse. Pero prepararse no debería significar solo mitigar daños, también debería implicar corregir las causas.Y ahí es donde la política europea vuelve a mostrar sus límites.

 

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