La ultraderecha avanza en Perú entre el miedo, el ruido y viejas recetas autoritarias

Los primeros resultados sitúan a opciones ultraconservadoras en cabeza en una elección fragmentada donde el discurso del orden vuelve a imponerse al debate de fondo

13 de Abril de 2026
Actualizado a las 10:53h
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La ultraderecha avanza en Perú entre el miedo, el ruido y viejas recetas autoritarias

Perú vuelve a asomarse a una segunda vuelta incómoda. No por inesperada, sino por repetida. Y, otra vez, con la derecha más dura marcando el paso. Fragmentación extrema, desconfianza institucional y un bloque conservador que avanza apoyado en un discurso sencillo: orden, mano dura y poco más.

Ahí aparecen nombres como Rafael López Aliaga o Keiko Fujimori. Diferentes estilos, sí, pero un mismo hilo conductor. Apelar al miedo, simplificar el problema y prometer soluciones expeditivas. El contexto ayuda. Inseguridad creciente, cansancio ciudadano, años de inestabilidad política. Todo eso alimenta el terreno perfecto para discursos que no necesitan demasiada profundidad. Cuando la frustración se dispara, el mensaje más duro suele encontrar más eco.

No es casualidad que el apellido Fujimori vuelva a estar en el centro. Tampoco lo es que se recupere sin complejos el lenguaje de los años noventa. “Orden”, “mano firme”, “control total”. Palabras que en Perú tienen memoria. Y no precisamente una memoria limpia.

Porque detrás de ese discurso hay un legado. El de un país que ya experimentó con recetas autoritarias, con recortes de derechos y con una justicia moldeada al poder. Y, aun así, parte del electorado vuelve a mirar hacia ahí. No tanto por convicción ideológica como por agotamiento. Por la sensación de que nada funciona.

En paralelo, figuras como López Aliaga elevan el tono hasta límites difíciles de ignorar. Propuestas que rozan lo extremo, declaraciones diseñadas para impactar más que para gobernar. Hablar de fusilar, de enviar a presos a la selva, de romper marcos internacionales… no es solo retórica. Es una forma de construir liderazgo a base de tensión. Un estilo que recuerda a otros lugares. Que conecta con esa política global que prefiere el golpe de efecto al matiz. Y que, en escenarios frágiles, encuentra terreno fértil.

Por si fuera poco, la jornada electoral ha llegado con problemas. Mesas que no se constituyen, votantes que no pueden ejercer su derecho, acusaciones rápidas de fraude sin pruebas sólidas. Se siembra la duda antes de que haya resultados definitivos. Se tensiona el sistema. Se empuja la idea de que todo está en cuestión. Aunque los observadores internacionales no hayan detectado irregularidades relevantes. Pero el daño no está en los hechos. Está en el relato.

La izquierda, fuera de foco

Mientras tanto, el espacio progresista aparece diluido. Fragmentado, sin una candidatura capaz de disputar el eje del debate. Eso deja el terreno libre para que la discusión gire en torno a seguridad, castigo y control. Sin apenas espacio para hablar de desigualdad, servicios públicos o modelo de país. Y cuando esos temas desaparecen, el resultado suele inclinarse siempre hacia el mismo lado.

Perú entra, de nuevo, en una segunda vuelta cargada de incertidumbre. Con opciones que representan más continuidad de problemas que soluciones reales. Porque el riesgo no es solo quién gane. El riesgo es que, una vez más, se normalice la idea de que los derechos, las garantías y el equilibrio institucional son secundarios frente a la promesa de orden.

 

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