Trump recibe a Xi con todos los honores pero deja para más adelante las grandes disputas con China

La Casa Blanca exhibe la voluntad de cooperación entre las dos mayores potencias, aunque la cumbre apenas logra prolongar la tregua comercial y mantiene abiertas las diferencias sobre Taiwán, inteligencia artificial, tecnología y tierras raras

25 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 10:28h
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Trump y Xi aparcan la confrontación sin resolver sus grandes disputas

Donald Trump y Xi Jinping han convertido la Casa Blanca en el escenario de una distensión cuidadosamente escenificada entre Estados Unidos y China. Hubo ceremonia militar, revista de tropas, sobrevuelo, cena de Estado y abundantes declaraciones sobre cooperación, estabilidad y entendimiento. Hubo también una imagen que ambos gobiernos buscaban desde hacía meses, la de las dos principales potencias económicas tratando de administrar su rivalidad sin permitir que desemboque en una confrontación abierta.

Lo que hubo en mucha menor medida fueron acuerdos capaces de resolver los conflictos que han marcado la relación bilateral durante los últimos años.

El presidente estadounidense calificó de «estupenda» su reunión con Xi y volvió a exhibir la relación personal que asegura mantener con el dirigente chino. Xi utilizó un lenguaje menos exuberante y bastante más estratégico. China y Estados Unidos, sostuvo, tienen mucho que ganar de la cooperación y ambos perderían con una confrontación. La competencia entre los dos países, añadió, debe mantenerse dentro de unos límites que impidan que derive en un conflicto.

La declaración resume bastante bien el momento de las relaciones entre Washington y Pekín. Estados Unidos y China no han dejado de competir por el comercio, la tecnología, la inteligencia artificial, las materias primas críticas y la influencia internacional, pero parecen interesados en establecer mecanismos que permitan mantener esa competencia bajo control.

La visita de Estado de Xi, la primera de estas características a Washington en más de una década, sirve así para consolidar una relación menos explosiva que la que protagonizaron ambos países durante las sucesivas escaladas arancelarias, aunque está lejos de cerrar las disputas estructurales entre las dos potencias.

Una tregua que compra tiempo

El resultado económico más concreto de la reunión refleja precisamente esos límites. Estados Unidos y China han acordado prorrogar durante dos meses la tregua comercial que debía expirar en noviembre, según explicó el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent.

No es un acuerdo comercial definitivo ni resuelve las principales diferencias. Simplemente concede más tiempo a las dos partes para negociar sobre los asuntos que continúan pendientes.

Entre ellos figuran los aranceles, las compras chinas de productos estadounidenses, las restricciones tecnológicas y, especialmente, las tierras raras y minerales críticos, un terreno en el que Pekín conserva una formidable capacidad de presión sobre Washington.

China ocupa una posición dominante en el procesamiento de varios de estos materiales esenciales para fabricar desde vehículos eléctricos y dispositivos electrónicos hasta sistemas militares. Estados Unidos lleva años intentando reducir esa dependencia, pero construir cadenas alternativas de suministro exige inversiones y tiempo, dos elementos que convierten las tierras raras en una de las principales bazas negociadoras de Pekín.

La paradoja resulta especialmente incómoda para Trump. Su estrategia comercial ha estado basada desde su regreso a la Casa Blanca en utilizar los aranceles como instrumento de presión, pero China dispone de mecanismos propios para responder. La relación entre ambos países se parece cada vez menos a una negociación en la que una parte puede imponer unilateralmente sus condiciones y más a una disputa entre dos economías profundamente interdependientes que poseen capacidad para infligirse costes mutuamente.

Los acuerdos alcanzados durante la anterior reunión entre Trump y Xi, celebrada en Pekín en mayo, tampoco se han desarrollado completamente. Persisten diferencias sobre las compras agrícolas chinas, las inversiones y determinados compromisos comerciales, una circunstancia que explica que Washington haya optado por prolongar la negociación en lugar de presentar esta visita como el cierre definitivo del conflicto económico.

La inteligencia artificial entra en la relación estratégica

La inteligencia artificial ha adquirido además un protagonismo que hace apenas unos años estaba reservado fundamentalmente al comercio. Trump defiende que Estados Unidos debe mantener su ventaja tecnológica y ha apostado por reducir las restricciones internas que, en su opinión, puedan ralentizar el desarrollo estadounidense. Xi ha planteado una aproximación diferente en sus declaraciones públicas y ha defendido que las dos potencias tienen capacidad y responsabilidad para desarrollar y gestionar esta tecnología de manera que permanezca bajo control humano.

Pekín propone mantener conversaciones bilaterales sobre los riesgos y beneficios de la IA y establecer mecanismos que eviten su uso indebido. La propuesta no elimina la competencia tecnológica, que continúa siendo una de las principales áreas de rivalidad entre Washington y China, pero introduce una idea relevante en la relación bilateral. Las dos potencias comienzan a asumir que determinados riesgos derivados de la inteligencia artificial pueden exigir canales de comunicación incluso entre adversarios estratégicos.

Es una lógica que recuerda, con todas las diferencias necesarias, a los mecanismos creados durante la Guerra Fría para impedir que un incidente o un error de cálculo provocasen una escalada incontrolable.

Xi utilizó precisamente durante su visita una referencia histórica significativa al sostener que la denominada «trampa de Tucídides», la teoría según la cual el ascenso de una potencia emergente frente a otra dominante aumenta el riesgo de conflicto, puede evitarse.

No significa que Washington y Pekín hayan abandonado su pugna tecnológica. Estados Unidos mantiene restricciones relacionadas con tecnologías avanzadas y semiconductores, y China continúa desarrollando su propia industria con el objetivo de reducir la dependencia tecnológica exterior. La cooperación de la que hablan ambos gobiernos convivirá, por tanto, con una carrera por dominar uno de los sectores que probablemente determinarán buena parte del poder económico y militar de las próximas décadas.

Taiwán sigue marcando la línea roja

Existe además un asunto en el que el lenguaje diplomático encuentra rápidamente sus límites. Taiwán continúa siendo una de las principales líneas rojas de Pekín.

Trump evitó referirse públicamente a la isla en sus primeras declaraciones junto a Xi, pero el presidente chino sí trasladó durante las conversaciones la posición de su Gobierno. Pekín espera que Estados Unidos mantenga lo que China denomina su oposición a la «independencia de Taiwán» y gestione la cuestión con prudencia.

La formulación no introduce ninguna modificación esencial en la posición china. Pekín considera Taiwán parte de su territorio y no renuncia al uso de la fuerza para lograr la reunificación, aunque Estados Unidos mantiene desde hace décadas una política deliberadamente ambigua respecto a la respuesta que daría ante un eventual ataque chino.

La cuestión adquiere especial importancia porque la distensión económica entre Washington y Pekín no implica necesariamente una relajación de la rivalidad militar en el Indo-Pacífico. Las ventas estadounidenses de armamento a Taiwán, la actividad militar china alrededor de la isla y el despliegue estadounidense en la región continúan formando parte de una relación en la que cooperación y disuasión avanzan simultáneamente.

Precisamente por ello Xi ha defendido también que los ejércitos de ambos países mantengan un diálogo regular y mejoren los mecanismos de comunicación y prevención de crisis.

Mucha ceremonia para una relación que sigue sin resolverse

Trump reservó a Xi el tratamiento destinado a las grandes visitas de Estado. El presidente chino y su esposa, Peng Liyuan, fueron recibidos por Donald y Melania Trump antes de una ceremonia que incluyó honores militares y culminó con una cena de Estado a la que acudieron importantes empresarios estadounidenses.

La espectacularidad del recibimiento tiene también una dimensión política. Trump ha construido buena parte de su discurso económico alrededor de la necesidad de enfrentarse al poder comercial chino, pero simultáneamente cultiva una relación personal con Xi y presenta su capacidad negociadora como una herramienta para estabilizar las relaciones entre ambos países.

El resultado de Washington muestra, sin embargo, los límites de esa diplomacia personal.

No existe por el momento un gran pacto que resuelva las disputas comerciales, tampoco un acuerdo definitivo sobre tierras raras ni una aproximación sustancial sobre Taiwán. La tregua comercial se prolonga apenas dos meses y muchas de las cuestiones centrales regresarán inevitablemente a la mesa de negociación. Pero tampoco conviene reducir la cumbre a una sucesión de fotografías.

En una relación en la que una crisis comercial puede alterar cadenas de suministro mundiales y una escalada militar alrededor de Taiwán tendría consecuencias internacionales difíciles de calcular, mantener abiertos los canales de comunicación constituye en sí mismo una parte de la estrategia de ambas potencias.

Washington y Pekín parecen haber asumido que su rivalidad no desaparecerá. La cuestión que intentan resolver es cómo convivir con ella.

La Casa Blanca ha servido esta vez para establecer una pausa y prolongar una tregua, no para resolver la competición entre Estados Unidos y China. Bajo las ceremonias, los elogios personales y las apelaciones a la cooperación permanecen prácticamente intactas las grandes disputas que definirán su relación durante los próximos años.

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