Donald Trump ha convertido la diplomacia internacional en una mezcla de presión permanente, espectáculo político y negociación empresarial a escala global. Y la crisis con Irán vuelve a demostrarlo.
El presidente de Estados Unidos aseguró este domingo que las conversaciones con Teherán avanzan de forma “constructiva” hacia un posible acuerdo que permita rebajar la tensión en Oriente Próximo y avanzar hacia la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz. Pero al mismo tiempo dejó claro que Washington mantendrá intacta toda la presión militar y económica mientras las negociaciones continúan.
“El tiempo está de nuestra parte”, resumió Trump en un mensaje cuidadosamente calculado para transmitir fortaleza negociadora sin cerrar completamente la puerta al acuerdo. Ahí se mueve ahora toda la estrategia estadounidense.
La Casa Blanca intenta aparecer simultáneamente como garante de la estabilidad regional y como actor dispuesto a prolongar el bloqueo si Irán no acepta las condiciones impuestas por Washington, especialmente en materia nuclear.
El problema es que con Trump las negociaciones nunca terminan de separarse del lenguaje de la amenaza.
Mientras habla de conversaciones “profesionales y productivas”, mantiene el bloqueo sobre Ormuz y recuerda constantemente que Estados Unidos conserva toda su capacidad de presión militar. Ese equilibrio entre diálogo y coerción se ha convertido en la marca central de la política exterior trumpista y también en uno de sus principales factores de inestabilidad. Porque cada mensaje presidencial puede alterar mercados energéticos, tensiones militares y expectativas diplomáticas en cuestión de horas.
Trump insiste además en presentarse como el dirigente capaz de corregir los supuestos errores históricos de anteriores administraciones, especialmente del acuerdo nuclear firmado durante la presidencia de Barack Obama, al que vuelve a describir como una cesión inaceptable hacia Teherán. El mensaje político resulta evidente, cualquier pacto futuro deberá presentarse como una victoria total de Estados Unidos y una demostración personal de fuerza de Trump.
Mientras tanto, Irán sigue defendiendo que su programa nuclear tiene fines pacíficos y denuncia la presión estadounidense como un intento de limitar su soberanía regional.
Y en medio permanece Oriente Próximo, atrapado otra vez entre negociaciones inciertas, amenazas cruzadas y una tensión geopolítica que sigue condicionando buena parte de la economía mundial.